Sin enmienda

Por fin sabemos qué hacer con esos parados tan gandules

Las conferencias sectoriales de empleo son altamente provechosas. Llevamos celebradas 52 y los resultados no pueden ser más espectaculares, a tenor del censo del INEM, que ya supera holgadamente en habitantes a las ciudades de Madrid y Barcelona juntas. La que ha reunido esta semana a las ministra del ramo, Fátima Báñez, y a sus homólogos en las autonomías, ha encontrado además la fórmula alquímica que permitirá a los parados que cobran prestaciones sacudirse las telarañas de las axilas y engrasar sus articulaciones, anquilosadas por la inactividad: emplearles en labores sociales por amor al arte y a la comunidad a la que tanto deben.

Algo parecido había sido avanzado por la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, para rentabilizar aquellas instalaciones municipales que han de permanecer cerradas porque no hay dinero para pagar a quienes en otro tiempo las atendían, y que podrían ser puestas en servicio con voluntarios, gente que ha hecho de la filantropía y de la generosa entrega a los demás el motor de su existencia. La idea, contemplada en la reforma laboral del Gobierno, se ha perfeccionado eliminando la voluntariedad, que siempre es caprichosa, o mejor dicho, convirtiendo dicha voluntariedad en forzosa para los perceptores del subsidio de desempleo.

No se conoce aún a qué actividades sociales se dedicarán las legiones de parados, toda vez que no hay ningún proyecto en marcha para levantar otro Valle de los Caídos y que la construcción de carreteras a pico y pala cayó en desuso y provocaría la airada protesta de Florentino Pérez en nombre del honrado gremio de constructores. ¿Que si existe el riesgo de que los organismos públicos despidan ahora que pueden a sus empleados y les sustituyan por parados altamente cualificados? En absoluto. Se trata, según afirman los responsables de Empleo de sumar y no de sustituir, así que el peligro está conjurado.

En cualquier caso, será interesante comprobar cuáles son los sectores que, a juicio de las distintas administraciones, son susceptibles de emplear gratis et amore a los parados. ¿Cuidarán ancianos o jardines, limpiarán las calles, repartirán folletos turísticos, atenderán comedores de Cáritas y aprovecharán para tomarse un potaje, regularán el tráfico a la salida de los colegios, darán clase de español a los inmigrantes, serán monitores de gimnasia o profesores de educación física, ejercerán de bibliotecarios, borrarán grafitis, darán conferencias en la universidad sobre la lacra del desempleo, atenderán el teléfono, echarán sal por las calles los días de nevada, apagarán incendios, sacarán con sidol brillo a la plata del Palacio Real y a las monedas de Nuestra Señora de las Mercedes o harán de público en los concursos de la tele? ¿Cuántas horas al día necesitarán para aportar a la sociedad “su valor añadido"?

¿Caridad o seguro de desempleo?

Siendo la iniciativa más admirable que el pelazo de Aznar, objeto incluso de los piropos del espionaje privado, ignora un presupuesto básico, y es que los parados que cobran una prestación contributiva no la reciben por su cara bonita sino porque cotizaron para ello mientras trabajaban. Es decir, que nada se les regala sino que se les indemniza según lo acordado. Imponerles un servicio social a cambio es como obligar a los tomadores de un seguro de coche a pintar los semáforos del barrio en pago a los arreglos de chapa y pintura de su vehículo.

Movilizar a los desempleados sin otra contraprestación que el subsidio es, hay que reconocerlo, una interesante medida de choque contra el déficit público. Pero podría tener un resultado aún más espectacular si se externaliza el servicio y se permite a las empresas gestionar sus ocupaciones, de forma que un ex trabajador de la Seat pueda desempeñar su trabajo social en la misma cadena de producción de la que fue despedido. Ganaríamos esa competitividad que tanto necesitamos para salir de la crisis.


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