Sin enmienda

La culpa de todo es de los haraganes griegos

A instancias de su Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios, el Parlamento europeo celebró el 14 de abridle 2010 un debate con insignes economistas para buscar una explicación a cómo Atenas pudo hacer una 13/14 a Eurostat y falsificar sus estadísticas con la impagable colaboración de Goldman Sachs. En ese curso acelerado de trampas al solitario participó como ponente uno de los directivos del banco que gobierna el mundo, Gerald Carrigan, que sabía de lo que hablaba porque él mismo tuvo mucho que ver en la operación con la que Grecia obtuvo en 2001 miles de millones de financiación que evitó contabilizar como deuda soberana, ya que las transacciones se presentaron como intercambios monetarios en vez de cómo préstamos.

A Carrigan, un tipo más salado que la mujer de Lot, le preguntó el eurodiputado austríaco Hans-Peter Martin si su entidad volvería a realizar la operación griega y su respuesta debió de dejar atónita a la Cámara: “Goldman Sachs probablemente lo haría otra vez, pero de otra manera”. La conservadora británica Kay Swinburne insistió en el tema y le pidió que explicara de quien había sido la responsabilidad de que Atenas utilizara aquellos productos financieros. ¿La culpa era del comprador o del vendedor?, vino a interrogarle. “De ambos”, contestó Carrigan con gran desparpajo.

Es extraño que en los cuatro años que llevamos de crisis ninguno de los grandes estudiosos de las conspiraciones planetarias, desde Pedro J. Ramírez, que acaba de descubrir un puñado de ellas en la Revolución Francesa, al viceramírez García Abadillo, pasando por Luis del Pino y sus peones negros del 11-M, se hayan sentido atraídos por esa coincidencia asombrosa que sitúa invariablemente a Goldman o a uno de sus ex ejecutivos en el lugar donde se han producido todos los crímenes.

Sorprende, en efecto, que la Administración Bush, donde un ex Goldman como Henry Paulson ejercía de secretario del Tesoro, dejara quebrar a Lehman Brothers y precipitara la crisis financiera que todavía arrastramos, y que, en cambio, corriera a salvar a AIG, donde la exposición de Goldman Sachs era elevada. De los 90.000 millones de dólares de dinero público usado en el rescate de la aseguradora, el banco recibió 12.900 millones por garantías y coberturas diversas.

Es una maldita casualidad que descubrieran a Goldman aconsejando comprar y vender a la vez un mismo derivado financiero según quien fuera el cliente, en el mayor escándalo conocido asociado a las hipotecas subprime, o que eludiera las investigaciones sobre el caso aceptando el pago de una ridícula multa de 550 millones de dólares. Como lo es también que en la actualidad siga controlando junto a JP Morgan, Citibank y Bank of America el mercado mundial de derivados o que su nombre siempre esté detrás de cualquier gran operación especulativa, ya sea con deuda soberana o con alimentos. A la especulación por cierto, se refirió el ya citado Carrigan en Estrasburgo para decir que la gente tiene que arriesgarse y que sería inimaginable que los mercados funcionaran sin especulación. Eso sí, de la buena: “A la mala especulación se la reconoce cuando se la ve”. Lamentablemente, no dio más datos para que los mortales pudiéramos distinguirlas.

Tan casualidad como que Paulson trabajara antes en Goldman es que el actual presidente del BCE, Mario Draghi, tuviera allí su despacho durante un tiempo; o que el ex presidente de la Reserva Federal de Nueva York, Steve Freidman, también hubiera estado en su nómina; o que el actual jefe de la oficina de la deuda griega, Petros Christodoulou fuera un ex Goldman; o que ex comisarios europeos como Peter Sutherland o Mario Monti estén o hayan estado en el banco; o que el economista jefe del BCE, Otmar Itsing, acabara siendo su empleado; o que el presidente de la quebrada MF Global, dedicada mayormente a especular con deuda griega sea Jon Corzine, ex gobernador de Nueva Jersey y, ¡oh casualidad!, ex jefe de Goldman.

Tras conocer estas azarísticas coincidencias, y puestos a buscar culpables de los males que nos azotan es normal que, sin dudarlo, señalemos a esos haraganes griegos que, además de mentirosos, se resisten a aceptar que les recorten el sueldo y las pensiones mientras su Gobierno pone a la venta el Partenón en trocitos sobre una base de metacrilato con la leyenda “recuerdo de Perícles”. ¿Un referéndum para que decidan si aceptan nuestra desinteresada ayuda? Así se les corte el yogur.


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