Sin enmienda

¿Dónde colocar ahora al yernísimo en el Museo de Cera?

El futuro de Urdangarín no lo ha escrito el juez Castro en uno de sus autos ni siquiera su suegro, que únicamente garabatea su firma en las leyes cuando libra el pendolista. La biografía del duque se escribe en el Museo de Cera, donde su escultura hace meses que fue despojada del chaqué y alejada de la Familia Real para ser devuelta al rincón de los deportistas con un atuendo de jersey de ochos y pantalón de pana que sugiere que era invierno cuando abrió sus cuentas en Suiza. Previendo una condena y antes de que los responsables del Museo se hubiesen visto obligados a trasladar su imagen a la galería del crimen junto a otros bandoleros famosos, el yernísimo ha decidido negociar con la Fiscalía un apaño que le evite el trance de hacer sombra al Pernales, que era mucho más bajito.

Pretende Urdangarín reconocerse autor de varios de los delitos que se le imputan y devolver junto a su socio 3,5 millones de euros a cambio de que la condena que les corresponda no implique su ingreso en prisión, un trago por el que no quiere hacer pasar a la Infanta, que lleva fatal eso del vis-à-vis carcelario. El hombre que en febrero llegó a los juzgados dispuesto a lavar su “honor” lo que trata de salvar ahora es el final de su espalda, ante la avalancha de pruebas que acreditarían que en eso de distraer dinero público y colocarlo en paraísos fiscales no tenía rival en la pista.

Entre el Urdangarín que iba a aclararlo todo y a demostrar su rectitud y el que reconoce que es un delincuente y se ofrece a devolver parte del botín han mediado unos correos electrónicos aportados al juez por su socio Diego Torres, quien, viendo de lejos la celada del duque para hacerle cargar con el muerto, dio jaque al Rey y a la Infanta con un solo movimiento. Los emails, fechados en 2007, probarían que el jefe del Estado no sólo no urgió a su yerno a desvincularse de sus actividades un año antes –como se filtró desde Zarzuela- sino que habría actuado de conseguidor en alguno de sus negocios, y que la infanta Cristina llegó a jugar un papel similar.

Con su maniobra, por tanto, el de Palma trata de hacerse un favor a sí mismo pero también al monarca, que no se sabe si ha pedido perdón por sus devaneos de caza o por los otros, pero que, en cualquier caso, no está para muchos trotes. El peligro no es tanto que se le disloque la cadera sino que se le descoyunte la corona, que es una prótesis mucho más delicada.

¿Mantendrá la mansión de Pedralbes?

De consumarse, el pacto con la fiscalía anticorrupción sería poco digerible para una opinión pública que ni creería que se devuelve todo lo malversado -aun cuando la cifra fuera muy superior a los 1,7 millones que ofrece Urdangarín-, ni comprendería por qué se permite eludir el trullo a quien bien pudiera ser merecedor de 16 años de cárcel. Más inconcebible sería que después de pasar por caja el matrimonio conservara su mansión de Pedralbes y sus cinco pisos en Mallorca, un patrimonio adquirido entre 2003 y 2007 en la época dorada de los contratos del Instituto Noos con los gobiernos de Camps y Mata, y cuya valoración superaba en su día los 7 millones de euros. ¿Ayudaría la Casa Real a costear la componenda? Y de ser así, ¿no volvería a beneficiarse Iñaki del dinero de los contribuyentes? Por otro lado, ¿sería normal que un señor con antecedentes penales mantuviera su cargo de consejero en una multinacional como Telefónica?

El Museo de Cera se enfrenta a un dilema. ¿Ha de mantener al doble de Urdangarín entre los deportistas, por eso de que algunos tienen fama de ser auténticos atletas a la hora de escapar de Hacienda y estaría entre colegas, o debería hacerle un hueco al lado de Houdini porque es un mago haciendo desaparecer el dinero de los demás? No querría uno verle correr la misma suerte que Marichalar, almacenado primero y fundido después para hacer velas aromáticas. O tempora, o mores!


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