Sin enmienda

El atropello a YPF se puede llevar por delante a Brufau

Siempre y cuando no sea preciso alistarse en la Armada para defender a cañonazos a Repsol en su conflicto con Argentina, está uno dispuesto a proclamar que la expropiación de YPF es inadmisible, arbitraria e injusta. ¿Un expolio? Pues también, porque es posible asumir que un país declare de interés público sus recursos naturales y los nacionalice, pero cuesta más trabajo entender que sólo se incaute de las acciones que un compañía posee de una empresa en particular. Sirva por tanto la presente para expresar a Antonio Brufau, presidente de Repsol, mis condolencias por la incautación y para ponerme, si procede, a los pies de su señora.

Para comprender el desenlace bastan unos pequeños apuntes. Aun a costa de una elevada inflación, la economía argentina ha venido creciendo en la última década a ritmos anuales cercanos al 8% del PIB, gracias a una política muy proteccionista que obligaba, por ejemplo, a que cada dólar importado se compensara con la compra de productos locales y exportaciones. El crecimiento tuvo su correlato en el aumento de la demanda energética, vinculada casi en exclusiva a los hidrocarburos, cuyas explotaciones, ya fuera por la madurez de sus cuencas, la escasez de inversiones o ambas cosas a la vez, no sólo se demostraron insuficientes para el autoabastecimiento sino que incluso fueron incapaces de mantener sus niveles de producción.

Al estar subsidiados los precios del combustible, a medida que aumentaban las importaciones de petróleo y gas y su precio de mercado lo hacía también el desequilibrio de las cuentas públicas y disminuían las reservas en dólares. La balanza energética en 2001 cerró por primera con un déficit cercano a los 3.500 millones de dólares y, para remate, los ciudadanos empezaron a notar problemas en el suministro de carburante, lo cual en un país que lleva viendo pozos petrolíferos desde hace un siglo es casi un pecado mortal.

Las dos opciones de KirchnerAsí pues, la desconsolada viuda que dirige los destinos de Argentina sólo tenía dos alternativas. O reconocía el error de haber estimulado la demanda, eliminaba los subsidios y se exponía a una escalada insoportable de la inflación e, incluso a revueltas populares, o se envolvía en la bandera nacional, identificaba al supuesto enemigo exterior, en este caso el viejo colonizador español que, no habiendo tenido bastante con la plata de la conquista, iba ahora a por el petróleo, y protagonizaba la gesta patriótica de recuperarlo a mayor gloria de la Argentina y de su difunto esposo, en vista de que con las Malvinas sigue sin haber manera.

Sólo un marciano ignoraría cómo se las gastan los políticos de esas benditas tierras y de ahí que el estupor de Brufau y del Gobierno de Rajoy por la expropiación resulte sorprendente. Ni siquiera era necesario que Repsol se justificase argumentando que desde 1999 las inversiones de YPF (20.000 millones de euros) han superado a su beneficio neto (16.513 millones); o que a diferencia de otras compañías ha mantenido la producción de gasolinas; o que su plantilla se ha duplicado en los último diez años; o que los precios de su gasolina súper y su gasóleo son, respectivamente, un 18%  y un 21% inferiores a los de la competencia. Aquello es Argentina y de sus gobernantes cabe esperar cualquier cosa, especialmente lo peor.

Aquello es Argentina y de sus gobernantes cabe esperar cualquier cosa, especialmente lo peor. 

Conocí a Brufau hará un par de años, en medio de otra disputa que, por aquel entonces, le enfrentaba al que era su principal accionista, Sacyr Vallehermoso, por un quítame allá un dividendo. No parecía un ingenuo. Estaba el de Repsol en la cuerda floja –“si me tengo que ir me voy”- porque su intención de rebajar un 20% la remuneración a los accionistas en un año en el que los beneficios había caído un 40% chocaba no sólo con las pretensiones de la constructora, sino también con los de su principal valedor, la Caixa, que le había sentado a los mandos de la petrolera con menos del 10% del capital, y le perdonó la vida en aquel trance.

En ese encuentro dio una clase magistral sobre cómo había que gestionar un empresa como la suya. Según dijo, ni era bueno que este tipo de compañías tuviera una deuda importante ni era conveniente que la tuviera “quien comprara acciones de este negocio”, en referencia a Del Rivero, señor del ladrillo, que se endeudó tanto para entrar en Repsol que por entonces andaba tieso y tiempo después fue fileteado como una mojama por sus propios socios. En su opinión, el éxito sólo era posible con un fuerte nivel de inversiones, al que había que supeditar todo lo demás, incluido el dividendo. La caja de la compañía era, por tanto, sagrada.

De lo dicho, nada

Aquello debía ser pura teoría porque en su periplo posterior hizo todo lo contrario de lo que predicaba. Primero con Sacyr, que se desembarazó de Del Rivero después de que Brufau tirara de la chequera de la petrolera y se quedará con un 10% de autocartera por 2.572 millones. Y después dando entrada en YPF a los Eskenazi -complaciendo así a la viuda que entonces no lo era y a su marido Néstor- los cuales tomaron un 15% de las acciones con un préstamo de la propia petrolera, pagadero vía dividendos, lo que obligaba a distribuir el 90% de los beneficios.

El de Molleroussa parecía muy familiarizado con la dirigencia latinoamericana. Del boliviano Evo Morales, que ya antes había nacionalizado los hidrocarburos y si no es por la entonces titular de Exteriores, Trinidad Jiménez, habría metido en la cárcel a varios de sus ejecutivos, dijo que había terminado adoptando a Repsol como su embajador ante el mundo; de la brasileña Dilma Rousseff recordó que había sido ministra de Energía y mucho antes guerrillera –“¿quién no ha sido joven?”- mientras se deshacía en elogios: “está más preparada que Lula”. Alabó la profesionalidad de los peruanos y lo democrático de sus gobiernos; y elogió a Chávez –no podemos tener con él mejor relación”-, para el que la petrolera se disponía a acometer un proyecto en la franja del Orinoco. De los Kirchner, curiosamente, no dijo nada.

Todo entraba dentro de la lógica porque está muy bien eso de apelar a la seguridad jurídica, pero el petróleo no se extrae en Suiza ni en Alemania, donde los contratos van a misa y rezan el credo, y la obligación del primer ejecutivo de una petrolera es lidiar con Obiang, con Ben Ali o con Cristina Fernández, ser su confesor si es preciso, porque eso es precisamente lo que esperan sus accionistas, que por fuerza han de considerar la salida de Argentina por la puerta de servicio como un atropello, sí, pero también como un fracaso clamoroso. Sería el segundo gran patinazo de Brufau si se considera como tal el haber embarcado a Gas Natural –cuando ejercía en la gasista de principal ejecutivo-, en una OPA sobre Endesa, que acabó con la eléctrica en manos de los italianos de Enel.

Responder con una pedrada a una bomba atómica

Lo ocurrido con YPF es un mazazo para Repsol, que debió haberse anticipado a la expropiación, bien para evitarla, bien para propiciar una salida ordenada de Argentina, ya que, según ha reconocido el propio Brufau, interesados no faltaban. Cualquier cosa antes que verse obligado a litigar con el clon de Evita Perón en los tribunales internacionales, por mucho que Rajoy prometa medidas contundentes contra Argentina que nadie acierta a intuir, descartada la invasión por el Río de la Plata. Poner trabas a sus exportaciones de soja, biodiesel o de langostinos –Rodolfo Langostino, ultracongelado, nos caía simpático - es como responder con una pedrada a una bomba atómica, sin que quepa esperar mucho de los supuestos aliados españoles salvo palmaditas en la espalda. España es hoy un país muy debilitado, con otras empresas con intereses en la zona expuestas al fuego graneado del kirchnerismo. ¿Que doña Cristina sólo ha ganado tiempo y que pronto se descubrirá que la nacionalización empeora las cosas? Bien, y eso, ¿a quién le importa ya?

Tan mal lo ha debido de ver Brufau que le ha faltado tiempo para ajustarse el salvavidas e intentar tranquilizar a sus accionistas con la promesa de que Repsol mantendrá el dividendo. De momento la incertidumbre es total porque la empresa vuelve prácticamente a sus orígenes, a lo que era antes de que Alfonso Cortina comprara YPF por 13.500 millones, una petrolera sin apenas petróleo, y eso después de haber anunciado el hallazgo del siglo en el yacimiento argentino de Vaca Muerta.

A Repsol –y sobre todo a Brufau- les queda mantener el tipo. La compañía ha de diseñar un futuro sin Argentina y sin saber aún cuál será el justiprecio que la viuda está dispuesta a abonar –nada que ver con los 10.500 millones que pretende el catalán- y con años por delante para tratar de recuperar judicialmente lo que ahora se les despoja. ¿Se puede diseñar en esas condiciones un plan de futuro atractivo para los inversores? ¿Cuánto tiempo tardarán las agencias de calificación –Fitch ya ha puesto su rating en perspectiva negativa- en poner en solfa su capacidad crediticia? ¿Tendrá Repsol que poner en almoneda todo o parte de su posición mayoritaria en Gas Natural para salir del atolladero? Y lo más importante para Brufau, que tan bien cae a los periodistas porque es un estupendo anunciante: ¿seguirá la Caixa confiando en él para que continúe en la presidencia? Renuevo mis condolencias al afectado. 


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