Sin enmienda

La agujerología ha celebrado su octavo aniversario

Se confiaba que con la llegada al poder del PP, la agujerología, esa moderna disciplina científica que consiste en forrarse a costa de los 191 muertos del 11-M, tendría las horas contadas, toda vez que lo que ahora importa no es la búsqueda de esa imaginaria verdad tan lucrativa, ni otros asuntos otrora capitales como la rendición del Estado ante ETA, la entrega de Navarra a los separatistas vascos, la ruptura de España a la altura del Ebro o la defensa de la familia, convenientemente protegida por Gallardón y su futura ley sobre el aborto. El gran objetivo nacional es la lucha contra el déficit, enemigo inconmensurable ante el que palidecen todos menos Luis de Guindos, quien a poco que le dé el sol no es que se ponga moreno sino que se barniza.

Parecía, por tanto, que este octavo aniversario del atentado no habría grandes novedades surgidas de ese singular periodismo de investigación, el mismo que había descubierto que alguien habría fabricado las pruebas incriminatorias contra los islamistas, especialmente una mochila cargada con varios kilos de Goma 2 colocada mágicamente en la comisaría de Vallecas; o que otra mano negra habría colocado un cartucho de esa misma dinamita en la furgoneta que transportó a los terroristas hasta los trenes; o que nuevamente alguien no identificado habría manipulado un Skoda Fabia para que fuera encontrado algún tiempo después por los investigadores; o que alguien estaría ocultando que lo que estalló en los trenes era titadine, el explosivo habitual de ETA; o que alguno de esos conjurados habría suicidado por las bravas a los suicidas de Leganés; o que esta trama de desconocidos habría ordenado destruir los restos de los vagones para borrar todas las pistas.

Inesperadamente, y a cuento de esto último, la historia daba este año un giro inesperado al descubrir las huestes de Jiménez Losantos, uno de los agujerólogos más eminentes, que los restos de uno de aquellos vagones permanecían en un almacén, lo que demostraría palpablemente que su afirmación recurrente de que los trenes habían sido hechos desparecer era uno más de sus bulos. “No tengo dudas –decía el año pasado Pedro J. Ramírez, el agujerólogo en jefe- de que existió una trama policial bien para colocar pruebas falsas, bien para manipular lo encontrado”. ¿Serán estos hierros retorcidos una nueva prueba falsa arteramente dispuesta para confundir a estos sabuesos periodistas en su noble tarea de desentrañar la verdad del 11-M?

A Torres Dulce le encantan las películas

El pretendido hallazgo no cayó en saco roto porque el fiscal general del Estado ya no es Conde-Pumpido sino Torres Dulce, un hombre que además de profesor de Derecho es crítico de cine y le encantan las películas. Debió de ser esa pasión por el séptimo arte el que le llevó a anunciar la apertura de diligencias para esclarecer si se habían ocultado a la acción de la Justicia, pese a que ni constituía novedad alguna la existencia de los restos y a que el Tribunal Supremo ya se pronunció sobre este extremo, autorizando a Renfe a hacer lo que creyera oportuno con ellos al haber sido sometidos a sobradas pericias. Advertido del ridículo espantoso en el que estaba incurriendo, y recriminado por Pilar Manjón, que sigue atesorando toda la dignidad que a los agujerólogos le falta, Torres Duce reculó este mismo lunes, negando que pretendiera reabrir el sumario del 11-M y aludiendo a lo incontestable de la sentencia judicial.

Saben perfectamente estos inmorales vendedores de periódico y showmans de la radio que las grandes mentiras siempre han necesitado de detalles menores para ser creídas, y a eso siguen dedicados. Con esta estrategia, cuyo gran mérito ha sido el de difundir que el dinitrotolueno y el ftalato de dibutilo existen no sólo como trabalenguas, se han llenado los bolsillos y, lo que es peor, han conseguido dividir a la sociedad ante el que debería ser uno de sus hitos como nación, un descomunal revés al que el país hizo frente y salió fortalecido, mostrando al mundo que un Estado de Derecho puede perseguir, atrapar y condenar a los culpables sin Guantánamos ni ahogamientos simulados.

Nada de eso parece importar a algunos políticos que vienen jaleando a estos Woodward y Bernstein de pacotilla, primero para limpiar la imagen de su líder bajito y luego para favorecer sus propios intereses. Se ha llegado así a la indecencia de trasladar este año la conmemoración oficial de los atentados, con la excusa de que UGT y CCOO se manifestaban ese día contra la reforma laboral. Puede que los sindicatos no hayan estado acertados, aunque nadie se rasgó las vestiduras porque esa misma mañana el Atlético de Madrid jugara en el Calderón su partido de liga o porque el Ayuntamiento organizara ese mismo día la carrera de los 100 kilómetros pedestres Villa de Madrid. Decía la alcaldesa Botella que era “triste” que los sindicatos se manifestaran el 11-M porque había muchos días al año. Eso sí, para la ultramaratón no existían más fechas disponibles.

Los agujerólogos han dividido a la sociedad y a las propias víctimas, a las que se ha utilizado para amplificar las mentiras. “Estaríamos encantados de que hubiera sido ETA, que el explosivo fuera titadine, porque así podríamos pertenecer a cualquier gobierno vasco, sin que se nos denomine politizados o se diga que hemos vendido a nuestros muertos”, afirmaba Pilar Manjón en el acto de homenaje que celebró el domingo. Habríamos perdido, eso sí, a toda una generación de fabuladores que aún viven con desahogo de su cuento chino.


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