Sin enmienda

¿Subir impuestos por el déficit? No, sólo cobrarlos

Fuera un plante real o una ficción dramatizada, el anuncio de Rajoy de que España se daría un respiro en la reducción del déficit ha sido muy celebrado, y no sólo porque los llamados a la horca agradecen que se les afloje levemente el nudo de la soga sino también por una cuestión de orgullo nacional, que nos hace suponer que el país no estaba tan intervenido por Bruselas como se pensaba y que aún puede elegir el tempo de su propio suicidio. Quiere uno intuir además cierta inteligencia en la maniobra, coincidente con la nueva barra libre de liquidez del BCE a la banca, lo que debería permitir parar el golpe del aumento de la prima de riesgo que ya está experimentando la deuda pública española.

Concretado el campo de juego para 2012 –objetivo de déficit del 5,8%, contracción del PIB del 1,7% y aumento del desempleo en 600.000 personas-  lo que se ventila ahora es conocer dónde se aplicará la tijera para recortar los cerca de 38.000 millones necesarios, incluyendo en esta cantidad los 8.500 millones de matute que, a juicio del ministro De Guindos, la recesión de 2012 lleva en su mochila. Descontados los 15.000 millones ya embalsados en diciembre por los ingresos derivados del incremento del IRPF y del IBI (6.200 millones) y la no disposición de gasto (8.900 millones), restaría un ajuste de otros 23.000 millones, de los que 15.000 corresponderían a unas comunidades autónomas que este martes aceptaban el sacrificio como corderos yendo al matadero.

Sin Presupuestos del Estado hasta finales de este mes, por eso de no perjudicar las expectativas electorales del PP en Andalucía y Asturias, el deporte nacional en estas semanas consiste en aventurar dónde caerá el hacha, sin más pistas que los descartes del propio Ejecutivo. Según han avanzado varios de sus responsables, no se subirá el IVA ni el impuesto de Sociedades ni las cotizaciones sociales, no habrá más rebajas en el sueldo de los funcionarios ni se tocará el seguro de desempleo y, por supuesto, no se pondrán en venta las joyas de la corona, tal que los aeropuertos rentables o el Organismo Nacional de Loterías. Habrá que tomar todo ello con las debidas cautelas, porque en eso de cambiar de criterio –“no subiré los impuestos”, “no abarataré el despido”- el presidente exhibe una rapidez que haría palidecer de envidia al mismísimo Usain Bolt.

Aparentemente, se pretende actuar únicamente sobre el gasto, pero no parece que el milagro se consiga sólo con la pretendida reconversión del sector público, por mucho que la reforma laboral lo haya puesto todo más fácil y Hacienda se empeñe en que los territorios cumplan su compromiso de adelgazar esa estructura de 4.000 entes y empresas públicas. Ni comenzando apresuradamente esa dieta de la alcachofa ni reduciendo aún más el nivel de la inversión pública hasta situarla en vías de extinción se estaría cerca del objetivo de déficit sin acometer mayores sacrificios.

En consecuencia, y pese al balón de oxígeno que supondrá la financiación a largo plazo de su deuda con los proveedores, toda hace temer que las autonomías se verán obligadas a aplicar no ya el bisturí sino el serrucho a la Educación y a la Sanidad, además de hacer pasar por caja a los contribuyentes para que paguen de nuevo por lo que ya financian con sus impuestos. Por lo visto, somos unos vivales, y nos hemos acostumbrado a enfermar y a recibir formación por encima de nuestras posibilidades.

Los desatinos fiscales

Es en este punto cuando se pone de manifiesto los disparates fiscales en los que siguen incurriendo las comunidades, para las que siempre fue más fácil gastar que recaudar. No es razonable que se meta la piqueta al Estado del Bienestar mientras se renuncia deliberadamente a ingresos como los derivados de impuestos como el del Patrimonio o el de Sucesiones y Donaciones, transferidos y bonificados en algunos territorios prácticamente en su integridad. Haciendo la cuenta de la vieja, una gestión adecuada de estos tributos serviría para enjugar casi la mitad del esfuerzo que ahora se les pide.

Se dirá que las autonomías también han tratado de allegar recursos creando nuevos hechos imposibles, y es verdad. Antes de que a la Generalitat catalana le diera por gravar todo lo que se mueve o tose, ya habían aparecido impuestos propios sobre depósitos bancarios, premios del bingo, medioambientales, tributos a grandes superficies o a tierras infrautilizadas y aprovechamientos cinegéticos. ¿Que cuánto les supone? Pues una cifra ridícula en torno al 1% del conjunto de sus ingresos.

Del disparate general no ha escapado la Administración Central, que en la etapa de Zapatero llegó al paroxismo. Un ejemplo es el Impuesto de Sociedades, que el PP se empeña en no modificar, y que ha pasado de recaudar cerca de 45.000 millones en 2007 a poco más de 16.000 en 2010. La magnitud de esta caída es muy superior a la disminución de los beneficios empresariales a consecuencia de la crisis y, por tanto, ha de explicarse por otras razones.

Entre ellas están los cambios normativos que han permitido a las grandes empresas, que deberían tributar sus beneficios al 30%, hacerlo por debajo del 10%, cuando ese mismo tipo efectivo estaba en 2006 cerca del 20%. A ello se añade un diseño perverso que, como han denunciado recientemente los inspectores de Hacienda, fomenta que las compañías se endeuden aquí, donde es más rentable deducir los gastos financieros, para crear empleo fuera al estar muy bonificada este tipo de inversiones, y cuyos retornos ya no tributan en España. Es a lo que se llama vulgarmente hacer un pan como unas hostias.

Recuperar la cordura en materia fiscal y combatir seriamente el fraude ahorraría bastantes sacrificios a la espera de que se desentrañe el otro gran enigma: ¿Cómo se va a incentivar la creación de empleo, de la que todo el mundo habla como único remedio para salir del marasmo, si aquí, por no gastar, se han prohibido hasta las bromas? Al final va a resultar que el éxito de Rajoy depende de que, primero Sarkozy en Francia, y luego la austera Merkel en Alemania pierdan las elecciones para que los socialistas relajen la disciplina del convento. Cumpla yo y tiren ellos, y nunca mejor dicho.


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