Sin enmienda

Otro Maquiavelo vive en La Moncloa

A diferencia de los socialistas, que improvisaban más que algunas amas de casa a fin de mes, el Gobierno del PP funciona como un reloj suizo en lo que a coordinación se refiere. Todo, incluso las aparentes disputas entre Cristóbal Montoro y Luis de Guindos, está predeterminado y responde a un plan pergeñado por Rajoy, que es tan previsible como astuto. En ese contexto hay que situar el último conato entre ambos ministros a cuenta del cumplimiento del objetivo de déficit para 2012, que si para Montoro era tan imposible como meter una nube en un botella, De Guindos lo juzgaba irrenunciable. No se trata, por tanto, de la típica pelea de los dos gallitos del corral económico sino de una sofisticada escenificación del clásico juego del poli malo y el poli bueno, con el que se pretende que Angela Merkel confiese que no es un ogro y abandone su habitual intransigencia.

Aunque la genialidad suele confundir a los simples mortales, parece ser que la  estrategia descrita busca enterrar la cifra del 4,4% a la que estamos comprometidos y que su muerte parezca un accidente, o lo que es lo mismo, que no sea el Gobierno quien tire la toalla, por eso de que las agencias de calificación tienen un pronto muy malo, sino que, a la vista de las previsiones que nos auguran una recesión de caballo, sea Bruselas la que tenga piedad, acepte aflojarnos el nudo de la corbata y nos conceda un año de moratoria para acercarnos al 3% de déficit previsto en el programa de estabilidad. El mensaje sería inequívoco: España cumpliría sobradamente, pese a que ningún país a lo largo de la historia ha rebajado en un año cuatro puntos de déficit, pero Europa no tiene prisa.

Como Rajoy improvisa menos que el guionista del Correcaminos y sabía antes de llegar a la Moncloa que 2011 cerraría con un déficit del 8%, hay que suponer que el plan no es nuevo, y que si afeó en campaña a Rubalcaba que pretendiera renegociar con la UE los acuerdos pactados -exactamente lo mismo que él quiere hacer ahora- fue únicamente para no dar pistas al enemigo, es decir, a los mercados.

La duda ofende

Dada la meticulosidad presidencial y la proverbial certidumbre que inspira, sería un insulto pensar que no se han tenido en cuenta eventuales contratiempos, tal que la Comisión Europea dijera que verdes las han segado, como ha hecho esta semana, por cierto, el comisario de Asuntos Económicos y Monetarios, Olli Rehn. Jugando al despiste, la respuesta de De Guindos no se hizo esperar: “El objetivo de déficit del Gobierno en estos momentos es el 4,4% del PIB y no hay ninguna modificación al respecto”.

Es obvio que Rajoy contaba con ello y hasta con el informe del FMI en el que se anticipa que el déficit de España no bajará del 6% antes de 2014, y en el que se destaca además que ni Francia ni el Reino Unido alcanzarán la meta del 3% a finales del próximo año. ¿Contaba también el presidente con que estos dos país pudieran sumarse a la causa de reclamar una mayor relajación en el calendario de consolidación fiscal? La duda ofende.

Si no supiéramos que todo está perfectamente calculado por una mente prodigiosa, pensaríamos que se está actuando a la desesperada para evitar hacer “algo parecido a Portugal”, como desde Lisboa sugirió el martes el propio Rajoy cuando se le preguntó por sus medidas para alcanzar el 4,4% de déficit. Si no estuviéramos seguros de la infalibilidad de la maniobra, tendríamos que echarnos a temblar ante la posibilidad de que, por una cuestión de prestigio, el Gobierno se viera obligado embarcar al país, en plena recesión, en el ajuste más brutal al que se ha enfrentado. Semejante carrera contra el déficit no haría sino hundir más la economía ya que en virtud del teorema de la sopa caliente, según el cual no es posible sorber y soplar al mismo tiempo, es inverosímil recortar con una mano e impulsar el crecimiento con la otra, especialmente cuando el sector privado está en coma porque el oxígeno financiero no le llega al cerebro.

Si no tuviéramos la certeza de que asistimos a la representación de un plan que firmaría el propio Maquiavelo podríamos temernos un futuro a la griega: una espiral de recortes que aminorarían los ingresos fiscales y a su vez exigirían nuevos recortes, sin contar con el más que previsible encarecimiento de los tipos de interés de la deuda pública. Nada de eso ha de inquietarnos, afortunadamente, sabiendo como sabemos que Rajoy no improvisa nunca y tiene todo bajo control.


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