Sin enmienda

¿Falla la comunicación del PP o es que se le entiende todo?

Existe la convicción en el PP de que su repentino desgaste en las encuestas no se debe a que el Gobierno haya subido los impuestos cuando prometió que no lo haría, a que la reforma laboral haya dejado inermes a los asalariados frente a las empresas, a que el desempleo prosiga imparable su avance o a que las supuestas líneas rojas de la Sanidad y la Educación se hayan traspasado a más velocidad que Usain Bolt cruza la meta en los 100 metros. Al parecer, el deterioro en la intención de voto de los populares no tiene nada que ver con que a los funcionarios se les haya congelado el sueldo o con el temor al despido que ha invadido a miles de empleados del sector público y de sus empresas. Ni siquiera con la brutal subida de las tasas universitarias, del transporte o de la luz, con la prevista masificación de las aulas o con hacer pagar hasta ocho euros en medicinas a los abuelos más humildes, que, al fin y al cabo, son cuatro cafés que se evitan ellos y su tensión arterial.

Cospedal en el punto de mira

Si el PP retrocede en los sondeos y en el aprecio de la ciudadanía es, en opinión de algunos de sus dirigentes, porque no se ha sabido explicar la dimensión histórica de sus medidas, o lo que es lo mismo, porque se comunica mal, algo de lo que se responsabiliza sotto voce a la secretaria general y presidenta de Castilla-La Mancha. Ya sea por esa supuesta rivalidad con la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, que ambas niegan, porque varios dinosaurios del partido vieron injusto que les llegara el meteorito y le responsabilizan de su armagedón, o, incluso, por la insatisfacción con su cargo de alguna joven promesa -llámese Esteban o, si se prefiere, González Pons-, son muchos quienes tienen a Cospedal en el punto de mira.

Puestos a considerar que el fallo es la comunicación, sería bastante más lógico buscar culpables en el propio Gobierno, salvo que se estime que Cospedal es la artífice de los periódicos desencuentros entre De Guindos o Montoro, se quiera ver su mano en la huida de Rajoy por el garaje del Senado para no explicar por qué los mercados siguen sin apreciar el arsenal de confianza que inspira, o se presuma que redactó de su puño y letra ese comunicado, digno del mejor manual de marketing político, con el que el Ejecutivo anunciaba sin más explicaciones un recorte adicional de 10.000 millones en Sanidad y Educación. Cuesta creer que esta formidable innovación, que evita recortar por decreto para hacerlo por nota de prensa, le sea atribuible.

Cursos a la dirigencia

En cualquier caso, la idea de que la comunicación del PP debe mejorar ha cuajado como una tortilla, y de ahí que Cospedal se reúna este jueves en Génova con los presidentes provinciales del partido para impartirles el master definitivo que les habilitará para explicar correctamente y a los cuatro vientos los Presupuestos del Estado y las reformas del Ejecutivo. La primera lección será muy breve: el Gobierno no recorta, ajusta; el presidente no improvisa como Zapatero sino que sabe exactamente lo que hay que hacer en cada momento; y si, a veces, hace cosas que no le gustan es por culpa de la herencia recibida. Nadie ha de tener dudas sobre lo siguiente: todo lo que hace el Gobierno es para crear empleo aunque genere más paro. Los tiempos –eso debe de quedar muy clarito- son difíciles y no se actúa por capricho ni cuando se amnistía a los defraudadores en vez de perseguirles para meterles en la cárcel.

Con estos conceptos básicos y el reparto masivo de octavillas a cargo de diputados y senadores que ha propuesto Carlos Floriano, ese genio extremeño ascendido a vicesecretario general, el PP se propone convertirse en la correa de transmisión del Gobierno y actuar de enlace con una sociedad doliente que anhela confirmar que todo se hace por su bien, porque todo lo que escuece sana.

Cómo sería de necesario mejorar la comunicación, que una gran parte de ese periodismo independiente -al que la TDT ya se le ha quedado pequeña- llevaba tiempo golpeando en ese clavo. La satisfacción de estos profesionales del argumentario ha sido completa con la entrada de elefante en cacharrería que se ha improvisado para controlar RTVE y poder designar sin consenso a su presidente. ¿Qué mejor instrumento de comunicación que la televisión pública para trasladar a los ciudadanos lo que conviene al país? ¿Quiénes mejor para hacerlo que algunos de estos destajistas de la tertulia, capaces de escuchar el sentir popular en el eco de sus propias voces?

Está el PP obligado a pensar que el desgaste que experimenta es cuestión de errores de pedagogía, de su incapacidad para expresar que los rigores de hoy son la prosperidad del mañana, ese día en el que volverá a manar leche y miel de las fuentes públicas. Lo contrario sería asumir que el creciente rechazo se alimenta de certezas y que los ciudadanos, lejos de no comprender lo que se hace, empiezan a entenderlo todo perfectamente.


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