Sin enmienda

Fábula de la rana, el escorpión y la huelga general

Las fábulas son una fuente inagotable de enseñanzas. Siente uno predilección por la de la rana y el escorpión, cuya principal moraleja no es que nuestra naturaleza nos domina sino esa invitación a aceptar sin aspavientos que los demás hagan lo que les corresponde, aunque ello pueda reportarles ulteriores perjuicios. La otra gran lección del cuento para el escorpión es que antes de cruzar el río a lomos de una rana haría bien en recibir cursillos de natación en una piscina pública, si es que los recortes presupuestarios no lo han hecho ya imposible.

A los que aprendieron esto de niños sólo les asombra lo inesperado. Motivo de perplejidad sería, para entendernos, que un perro maullara, que un gobierno de derechas socializase los medios de producción o que los sindicatos exigieran alborozados el despido libre. Saber de antemano que esas cosas no suelen ocurrir hace que la vida resulte más previsible, previene los infartos y evita que pongamos a cazar ratones a un pastor alemán.

La regla admite excepciones porque hay comportamientos que, sin estar predeterminados, apenas nos sorprenden. ¿Alguien se ha extrañado de que haya empresas que se rifen a los familiares de quienes mandan o de que el paro siempre les pase de largo a estas preparadísimas criaturas? Ahora bien, ¿estaba en los genes del marido de Sáenz de Santamaría que sería requerido para un cargazo en Telefónica? En resumen, hay cosas que se aceptan como normales aun siendo escandalosas y otras que escandalizan cuando deberían asumirse como lo más normal del mundo.

Establecida esta premisa, podremos contemplar desde otra perspectiva la huelga general, cuya convocatoria hay quien se ha empeñado en deslegitimar con toda suerte de razones. Se dice, por ejemplo, que no evitará que la reforma laboral se aplique, que causará un perjuicio que el país no puede permitirse o que responde únicamente al interés de la casta sindical por conservar sus privilegios. Los más atrevidos niegan incluso el derecho mismo a la huelga, al tiempo que auguran un fracaso que sólo podría ser disimulado si los piquetes se ponen muy brutos a la hora de informar del paro a los despistados.

El inalienable derecho al pataleo

Supongamos primero que los sindicatos son entes puros, cuya misión histórica es defender los derechos de los trabajadores. ¿Cuál debería haber sido su reacción ante una legislación que arrasa con lo anterior, concede todo el poder a las empresas y deja inermes a los empleados ante cualquiera de sus decisiones, por arbitrarias que parezcan? Consideremos ahora que los sindicalistas son unos canallas y unos vividores que sólo velan por sus intereses. ¿No era igual de previsible la convocatoria de huelga aunque sólo fuera para evitar que su papel en la negociación colectiva quede reducido a la insignificancia y sus afiliados pudieran plantearse emplear su cuota en algo más rentable, tal que un club de ganchillo? Aceptemos, por tanto, que la huelga era previsible e inevitable, hasta el punto de que el propio Gobierno, que es más listo que una rana, contaba con ella cuando diseñó su reforma.

Pero pongámonos ahora en la piel de los afectados. ¿Han de aceptar sin rechistar una norma que permite recortar sus sueldos con un simple preaviso, que elimina la categorías profesionales, que autoriza los despidos por absentismo de los que pillen dos veces la gripe en un mes, que instaura las regulaciones de empleo con despido barato ante la simple previsión de pérdidas o que establece el despido libre durante un año para los nuevos contratos indefinidos? ¿Vamos a prohibirles incluso el inalienable derecho al pataleo?

Es verdad que el país no está para huelgas, pero no porque la situación económica lo desaconseje sino porque se ha instalado en nuestra sociedad un miedo que va más allá de perder el puesto de trabajo o de que el banco se quede con la casa. Aterra abandonar la clase media con un billete sólo de ida, ahora que teníamos puesto el adosado de capricho. De ahí que muchos hayan asumido el discurso de quienes jamás tendrán que preocuparse por el paro y hasta se les ve asentir cuando tipos con sueldos de 10 millones de euros al año les cacarean que han vivido por encima de sus posibilidades.

Ante un clima semejante, con la presión de esos otros piquetes, los empresariales, que no rompen cristales porque les basta con mostrar a los indecisos la puerta de la calle, en medio de toda suerte de visiones apocalípticas sobre el futuro y en plena campaña de desprestigio de las organizaciones sindicales, ¿cómo medir el éxito o el fracaso de la huelga de hoy? Extraiga cada cual su propia moraleja.


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