Sin enmienda

Cursos CEOE de pastor de renos en Laponia

Tras el calvario que supuso para la CEOE la etapa de Gerardo Díaz Ferrán, un visionario que quiso compensar lo de no ser impagable siendo absolutamente incobrable, las tornas han cambiado radicalmente en la patronal, y donde antes había llanto y crujir de dientes ahora hay una amplia y nacarada sonrisa profiden. Tal es la complacencia que ha supuesto la “equilibrada” reforma laboral decretada por el Gobierno que hasta su presidente, Joan Rosell, ha de esforzarse en público para disimular tanto alborozo. Y, en efecto, hay que reconocer que es de risa que muchos de los que se oponían a retirar las estatuas ecuestres de Franco de las plazas públicas se hayan convertido en los más firmes defensores de esta reforma para acabar, según argumentan, con los vestigios franquistas de la legislación laboral. Vivir para ver.

Reina, en definitiva, la alegría entre los empresarios, que por fin podrán despedir entre barato y gratis, recortar a discreción los sueldos y hacer barquitos de papel con los convenios colectivos para verlos luego naufragar en el madrileño estanque del Retiro, donde servirán de alimento a esas carpas insaciables que lo habitan.

Para que la victoria sea completa, la CEOE se ha apresurado a redoblar sus ataques contra los dos últimos bastiones enemigos, el derecho de huelga y el subsidio de desempleo, que han recibido las primeras andanadas de sus baterías con la esperanza de que, si no es el Gobierno, sea AngelaMerkel quien escuche sus cañonazos y sugiera a Rajoyambas reformas para volver a felicitarle con alemana efusividad.

Restringir el derecho de huelga es, desde la óptica de la CEOE, una consecuencia lógica de la reforma, no vaya a ser que, ofuscados, a los afectados por los ERE o las rebajas de sueldo les dé por poner pie en pared y dejen allí sus huellas. Sin embargo, salvo que se quiera circunscribir los paros a los domingos, que son días en los que uno no sabe bien qué hacer después del aperitivo, o encarcelar preventivamente a los piquetes informativos, no se acierta a intuir por dónde puede ir la propuesta de la patronal. Es verdad que no existe una regulación legal de los servicios públicos esenciales –como tampoco la hay en Alemania, Francia o Reino Unido-, pero son las distintas administraciones las que fijan los mínimos, en numerosas ocasiones abusivos, tal y como se han encargado de sentenciar los tribunales años después de que los conflictos tuvieran lugar.

Esos parados tan holgazanes

Lo que sí ha quedado claro en cambio es su idea sobre los parados, esa gente ociosa a la que recibir unas prestaciones de desempleo les incrementa la molicie de manera descomunal. De exponer la pretensión de dejar de pagar a quienes rechacen una oferta de empleo aunque sea en Laponia cuidando renos se ha encargado su responsable de Economía,José Luis Feito, un tipo tan diplomático que hasta fue embajador en la OCDE.

Feito no es de los que pierden el tiempo en hacer unas veces de Jeckyll y otras de Hyde. Hace de malo todo el rato. Si hay que salir a pedir recortes de sueldos, que las abuelas se paguen el gelocatil de su bolsillo o a proclamar en plan patriota que la situación de Italia es mucho mejor que la española, ahí está este economista cuya especialidad son los salarios. De hecho tiene tres, incluyendo el que le paga el lobby de las autopistas para que entre col y col pida peajes en las autovías. El pluriempleado presidente del Instituto de Estudios Económicos es el mejor ejemplo para tanto holgazán que vive del INEM.

Haría bien el Gobierno en aceptar las justificadísimas demandas de la CEOE para sacarnos de la crisis. Este empresariado, siempre reacio a beneficiarse del favor político o de hacer negocios a costa del Estado, siempre comedido en sus márgenes de beneficio, incapaz de ceder a las tentación del dinero fácil y la especulación, celoso en el cumplimiento de sus obligaciones tributarias, infatigable en la generación de riqueza y puestos de trabajo, volcado en la formación continua de sus empleados y enfermizamente austero en el plano personal, merece reconocimiento y recompensa. Su felicidad es la nuestra.


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