Sin enmienda

Carta a los defraudadores y elogio de su patriotismo

Estimados defraudadores:

Dicen los árabes que a los perros que tienen dinero se les llama señores perros, pero este título se os queda pequeño ahora que nuestra salvación está en vuestras manos. Más que señores, sois señorías y más aún. El tratamiento de reverendísimos sería escaso y el de  ilustrísimos seguiría sin haceros justicia. Una posibilidad es proclamaros eminencias excelentísimas, aunque estamos abiertos a aceptar cualquier otro título ceremonial que incluya epítetos tales como misericordiosos, augustos, magnánimos, dignísimos, venerables o sublimes. Sabed en cualquier caso que os procesamos ferviente admiración y rendida pleitesía, y que gozáis de nuestra consideración más distinguida.

Urge reconocer que estabais en lo cierto, y que bien habríamos hecho los demás en besar por donde pisabais camino de Suiza, Barbados o de la isla de Man. Todos nuestros males de hoy arrancan de nuestra absurda solidaridad de ayer. Tributando lo que nos correspondía, ya fuera por convencimiento propio o por temor a Rita, que es el nombre con el que Borrell bautizó a ese Gran Hermano de Hacienda que todo lo veía menos vuestra ingeniería contable, construimos una prosperidad ficticia, origen del despilfarro y de la corrupción ¿Habrían podido erigirse esos aeropuertos sin aviones y esas estaciones del AVE sin pasajeros que tanto maldecimos con un fraude fiscal generalizado? ¿Habrían existido esos escándalos de la Gürtel o de los ERE con las arcas públicas repletas de telarañas? Fuisteis los únicos que no arrojasteis polvos a estos lodos tan pegajosos.

Permitidme que os llame visionarios. Ni os engañaron con el cuento chino –y de Adam Smith- de que una fiscalidad justa es la viga maestra sobre la que se edifica la riqueza de las naciones, ni os convencieron de las bondades de redistribuir dicha riqueza, gruesa mentira que ya difundió el marqués de Condorcet, inspector general de la Moneda de Luis XVI, cuando sostenía que al Tesoro siempre le resultaría más barato mejorar la condición de los pobres para que compren grano que bajar el precio del grano para que lo compren los pobres. Siempre tuvisteis claro que los pobres no interesan a nadie, y su progreso, como estamos viendo, es muy pernicioso, porque es gente que no tiene sentido de la medida y enseguida se pone a vivir por encima de sus posibilidades para desgracia colectiva. Ellos son las cigarras y vosotros las hormigas, ahorradores tenaces, magníficos encaladores de capitales que siempre hallan cuando buscan, sea bajo el colchón o en las cuentas numeradas de los paraísos fiscales.

Los asalariados son muy envidiosos

Eludiendo pagos a Hacienda, habéis fomentado activamente la austeridad de las cuentas del Estado y, en ese sentido, representáis lo mejor del liberalismo. Se nos viene a la cabeza el ejemplo de ese gran liberal riojano, perpetuo director de periódico, felizmente intervenido en una clínica privada de un implante de cadera que ha pagado de su bolsillo para dejar de parecerse al conde de Romanones. Con muchos más como él, otro gallo cantaría a las maltrechas finanzas de la Seguridad Social. ¿Debemos seguir sufragando la rótula postiza de un abuelo de 80 años que no le va a sacar partido? ¿Hasta cuándo tendremos que financiar esas guarderías públicas que, si algo consiguen, es que las mujeres puedan trabajar fuera del hogar y se dispare la cifra de desempleados? Nadie podrá acusaros jamás de haber alimentado este leviatán en el que se ha convertido el Estado del Bienestar, al que Rajoy por nuestro bien quiere someter a la dieta de la alcachofa.

Como vuestro patriotismo está sobradamente acreditado, no ha de extrañaros que, con el debido respeto y en nombre del Gobierno, os supliquemos que no nos abandonéis en nuestra alocada carrera contra el déficit y procedáis a blanquear, 10% mediante, parte de vuestro bien escondido patrimonio. Nos conformaríamos con que repatriaseis unos 25.000 millones de euros con la discreción acostumbrada. A este inmenso favor lo llaman amnistía esos envidiosos asalariados de 20.000 euros al año que tributan al 25%, y hasta hay quien dice que es inconstitucional. No se lo toméis en cuenta porque respiran por la herida.

Siempre habéis estado ahí cuando ha hecho falta, como atestiguarían Boyer si pudiera y Solchaga si quisiera. El país necesita otra vez de vuestro sacrificio para salir adelante en estos momentos de zozobra. Estamos convencidos de que no nos defraudaréis.


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