Sin enmienda

Botella, la esposa presidencial que llegó a alcaldesa

En esto, como en todo, es legítimo creer la versión oficial y la de esa prensa de cámara que asegura que Ana Botella Serrano, abnegada madre de familia y amante esposa de José María Aznar, es una política de raza, una mujer que sintió la llamada del servicio a la ciudadanía antes que el estadista con el que compartía cuarto de baño, y que su incursión en los asuntos públicos se habría producido de una forma o de otra porque llevaba en la sangre una vocación innata de entrega a los demás.

La otra versión, que no es la de Sánchez Dragó, reduce a la esposa de Aznar a una señora de su casa, acostumbrada a hacer sus compras en las tiendas de marca de la estilosa calle de Serrano, y en la que los expertos en márketing vieron el atractivo que le faltaba a su santo, que ya por aquel entonces era bastante sieso. Guarda uno el recuerdo de las palabras de una periodista, que luego sería su asesora y confidente, en las que relataba cómo había descrito a su marido su primera incursión en Villaverde, un humilde barrio de Madrid en el que Botella descubrió que los pobres existían fuera de las novelas de Dickens: “Jose, no te lo vas a creer, pero hay otro mundo a veinte minutos de aquí”.

La esposa del entonces presidente del Gobierno había tenido ya tiempo para cambiar las cortinas de Moncloa por otras de Gaston y Daniela, y jugaba a usurpar a la Reina el papel de primera dama para monumental enfado de la Zarzuela. Con el apoyo de un grupo de asesores ubicados en la Moncloa y pagados por los contribuyentes, ensayó sus primeras apariciones públicas en solitario, sus primeras entrevistas en las televisiones amigas en las que comenzó a desgranar algunas de sus frases más célebres, como aquella en la que culpaba del vertido del Prestige no a la estulticia de las autoridades ni a la avaricia del armador sino al propio barco, que debía de ser un malvado paquebote.

Se iniciaba poco después la carrera sucesoria, en la que el ambicioso Ruiz-Gallardón estaba decidido a competir y para la que creyó que su mejor baza sería incluir a Botella en su candidatura a las municipales. A la concejala, acostumbrada a la vida en El Viso –otra zona elitista de la capital- hubo que trasladarle su despacho en Asuntos Sociales a un edificio de siete plantas del glamuroso barrio de Salamanca previo desembolso de 7.000 millones de pesetas de la época, porque una cosa era trabajar por los pobres y otra muy distinta verles con frecuencia.

“Quiero dedicarme a las políticas de carácter social porque son la expresión más ajustada de una vocación de servicio a los demás”, proclamó con aplomo. Paralelamente se conoció que su vena solidaria le empujaba a colaborar en organizaciones católicas como Horizontes Abiertos o Mensajeros de la Paz, lo que contribuyó a aumentar la confusión de la concejala, incapaz de diferenciar los servicios sociales del auxilio social que tan bien encarnaban esas emperifolladas señoras que cada año, abrigadas con pieles, colocaban banderitas en las solapas de los viandantes en la fiesta del Domund.

No viene al caso mencionar aquí sus decisivas aportaciones sobre la homosexualidad, reducida a una suma imposible de peras y manzanas, o a la violencia de género, que las mujeres soportarían mejor si siguieron el ejemplo de sacrificio que encarnaba la Cenicienta. Lo trascendente es que desde 2003 estaba escrito que Botella terminaría siendo alcaldesa de Madrid, no por su méritos políticos ni por su prosodia, sino para complacer a su esposo y satisfacer el capricho de la dama.

En la medida en la que la victoria del PP en las generales era tan predecible a principios de este año como que Gallardón incumpliría su promesa de seguir al frente del Consistorio para colmar su ansia de ser ministro, la proclamación de Botella como alcaldesa de Madrid constituye una gigantesca burla a los electores y a una ciudad que vive en una zarzuela desde que Álvarez del Manzano sembró sus calles de esculturas en hierro fundido de La Violetera. El siguiente e inevitable paso era que la gobernase la Virgen de la Paloma.


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