Sin enmienda

En Bankia no hay culpables; son cosas que pasan

No se trata de ser Islandia, que allí siempre fue mejor el bacalao, pero pretender resolver el reflotamiento de Bankia con un quítame allá ese Rato no parece muy presentable. No es que no apreciemos el gesto de la renuncia, los desvelos del Ejecutivo por acelerar la reforma financiera o, por supuesto, la extraordinaria disposición de ese millonario apellidado Goirigolzarri para hacerse cargo del tinglado con una raquítica remuneración de 600.000 euros al año. Lo que ocurre es que no es suficiente.

El jubilado al que le empiezan a cobrar los frenadoles, el funcionario con el sueldo congelado, el profesor interino no renovado, los millones de parados, los dependientes desatendidos, el científico sin laboratorio o  los contribuyentes esquilmados tienen todo el derecho del mundo a conocer cómo se ha llegado a esta situación, quienes son los responsables y qué actuaciones se piensan emprender contra quienes han provocado un desaguisado colosal, en el que entre ayudas directas pasadas, futuras y avales del Estado hay comprometidos más de 40.000 millones de euros de dinero público. Y todo ello, como es costumbre, sin que nadie haya padecido una miserable arruga en el terno de Armani.

Se da la circunstancia de que, en esta ocasión, resulta difícil endilgar el muerto a Zapatero, y eso que el cementerio privado del expresidente aguanta cualquier fiambre. Bankia es un producto made in PP, como lo era Cajamadrid, su nave nodriza, cuyos males arrancan desde que Aznar hizo presidente a su compañero de pupitre Miguel Blesa porque los populares odian ser intervencionistas, odiaban más aún la politización de las cajas y lo de colocar a los amigos para que se hagan ricos es que les repugna.

Al pobre Miguel le tomó ojeriza Esperanza Aguirre por eso de que se levantaba tres millones al año y ella sólo 100.000 euros, y se lo llevó por delante pese a que el estadista del bigote trató de impedir que su protegido probara las amargas hieles del paro obrero. Con las mismas se fue a ver a Rajoy, entonces en la oposición, para decirle que Don Rodrigo se dejaba querer, pero no porque lo de presidir la cuarta entidad del país fuera una bicoca sino para hacerles un favor, que eso es un arte que los de apellido tan ilustre aprenden con sus ayas.

“¿Y con Ignacio qué hago ahora?”

Como el gallego se demoró en la respuesta, Aguirre trató de colocar a su vicepresidente Ignacio González, cuya amplia experiencia en el sector bancario era sobradamente conocida en su casa a la hora del desayuno. Pero finalmente Rajoy despertó de la siesta y movió los labios: su elegido era Rato. “¿Y con Ignacio qué hago ahora?”, le preguntó la lideresa. “Búscale alguna empresa de la comunidad”, le aconsejó el líder, sabedor de que al sector público empresarial han de ir siempre los mejores.

Tenemos por tanto a un primer responsable de que Rato terminara a los mandos de Cajamadrid, que no es otro que el actual presidente del Gobierno, aunque para encontrar a quien diseñó eso de las fusiones en frío y autorizó la concentración de Cajamadrid y Bancaja para dar lugar a la mayor bomba de relojería jamás creada, o sea Bankia, basta con mirar al Banco de España, donde debería encontrarse todavía, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, que ha ejercido de gobernador siempre que su apostolado a favor de la reforma laboral y la moderación salarial se lo permitía.

El supervisor bancario era chiripitifláutico, supercalifragilístico y, según se nos decía, el artífice de que la banca española fuera la más solvente de la Vía Láctea, pero, claro, no podía estar en todo, y hay que entender que se le pasaran los agujeros en la Caja de Castilla-La Mancha, en la del Mediterráneo o en el Banco de Valencia, o que no se percatara de que los riesgos inmobiliarios contraídos por Cajamadrid y Bancaja eran incompatibles con cualquier manual de prudencia bancaria.

La propia Comisión Europea en diciembre de 2010 ya advirtió que si el Banco de España hubiera aumentado en su día las obligaciones de capital para aquellas operaciones en las que bancos y cajas concedieron hipotecas por el 120% del valor de las viviendas ahora estaríamos hablando de otra cosa. Varias veces he citado un trabajo publicado por la entidad en 2006, que viene a aclarar esta desidia. Se titulabaEl precio de la vivienda en España: ¿es robusta la evidencia de sobrevaloración? y concluía con lo siguiente: “La evidencia disponible no sustenta la hipótesis de que el auge reciente del mercado se deba a comportamientos especulativos generalizados”. ¿Cómo iba a pinchar la burbuja quién era incapaz de vislumbrarla?

No esperen, por supuesto, que algún juez o fiscal se interese por el caso Bankia, porque éstas son cosas que pasan y no hay culpables. No cuenten con que alguien cante la palinodia, o que Rato, sin ir más lejos, devuelva al menos la parte variable – la que se cobra por objetivos- de los 2,3 millones de euros al año que se embolsaba antes de que llegara De Guindos con las rebajas. ¿Qué objetivos habrá cumplido este hombre? Lo previsible es que después de la intervención –hablar de nacionalización produce sarpullido- con miles de millones de dinero público y de efectuado su saneamiento, sea colocada a precio de saldo a algún buen amigo de la causa.

¿Aprovechar, ya que tiramos de chequera, para convertir a Bankia en un banco público con el que empezar a facilitar el acceso al crédito de ciudadanos y empresas? Ni locos. Aquí somos muy liberales y sólo socializamos las pérdidas. Y, por supuesto, esto no es Islandia. Que conste.


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