Sin enmienda

Bailando con la más fea: un tango con Merkel

Decía Discépolo que el tango es un pensamiento triste que se baila, pero no de cualquier manera. Los entendidos valoran mucho la alineación corporal, el carisma, la conexión de la pareja y el manejo escénico. En el tango de salón se previene especialmente contra la tentación de levantar las piernas más allá de la línea de las rodillas, lo que traducido al mundo real viene a significar que no es aconsejable sacar los pies fuera del tiesto. Si algo hay importante es que la pareja, una vez conformada, no puede separarse, no debe romper su abrazo hasta que calle el bandoneón y se extinga la última de sus notas.

Con estas mismas reglas se bailaba en Europa hasta que las elecciones en Francia cambiaron la partitura y las parejas. La nueva melodía nos ha deparado a Rajoy tomando del talle a Angela Merkel, que se había quedado para vestir santos en medio de la pista silbando la vieja canción de la austeridad. La alemana es una compañía muy complicada porque disfruta pisando callos sin aceptar que nadie le imponga el ritmo, y, reconozcámoslo, el gallego no es Filiberti, ni el Flaco Alfredo, ni siquiera el Pibe Palermo ni tiene su juego de piernas. La ejecución de este minué requiere de mucho arte y filigrana, y es humano dudar de la pericia de quien hasta el momento sólo se aventuraba con la muñeira.

Postura hierática

Desde que llegó a la Moncloa cual esfinge de mirada distante, Rajoy ha tratado de adoptar una postura hierática, de hombre imperturbable que quizás espere favores pero que nunca los pide. De puertas para fuera va de sobrado, en la actitud de quien si se cayera en el autobús no sería por el volantazo del conductor sino porque ha decidido tirarse al suelo en ese preciso instante. No es que se le imponga reducir el déficit; es que nadie hay en el mundo más partidario de hacerlo, y a toda prisa además. Nunca reconocerá actuar obligado sino por convencimiento. Boca abajo en la parrilla, pedirá como San Lorenzo que le den la vuelta, no se le fuera a quedar la espalda poco hecha.

No existe alumno más aplicado. Si desde Bruselas se le insinúa que los ajustes presupuestarios son insuficientes, no tarda en aprobar recortes adicionales en Sanidad y Educación; si se le aconseja auditar al sistema financiero y tranquilizar a los mercados, contrata, para escarnio del Banco de España a dos consultoras, una de ellas alemana y propiedad de un asesor de Merkel, para que no se diga. No implora reuniones sino que acepta invitaciones, ya sea para pasear en barco con la canciller alemana y disfrutar del skyline de Chicago, para ver las nuevas cortinas que Hollande ha puesto en el Elíseo o para reunirse con ambos y con Monti y hablar del crecimiento austero, que viene a ser lo soplar y sorber la sopa a un mismo tiempo en versión estadista.

Las cuentas de la vieja

Adereza sus escasas intervenciones públicas con unas lecciones de economía de andar por casa, un tanto primitivistas. Pues claro que sin déficit hay más recursos porque no se acumula deuda, cuya financiación es cara y difícil de conseguir en estos tiempos. Pero es que si la economía no crece, estrangulada por los ajustes, se destruye empleo y no se generan ingresos, lo que obliga a más recortes y aboca a un círculo vicioso que no hay país que los soporte. ¿Estará equivocada la OCDE cuando augura que con tanta consolidación fiscal no saldremos de la recesión antes de dos años?

Rajoy quiere aparentar ante sus socios que España nunca será un problema y que la intervención jamás será necesaria porque no hay tecnócratas más diligentes que los de su propio Gobierno. La única reclamación firme que se le ha escuchado ha sido la de este lunes, envalentonado tras sus encuentros con Obama y comprobar que el presidente de EEUU no era capaz de entender por qué el BCE se cruza de brazos mientras se suceden los ataques a la deuda soberana. A eso se ha limitado su única exigencia, a que se garantice que los vencimientos puedan ser financiados de manera razonable. De los eurobonos, de cuya creación tendría que ser abanderado, apenas habla, ya sea por no molestar a Berlín, que los tiene aborrecidos, porque no los ve, o porque los ve demasiado lejos.

Este hombre es que es muy suyo. No le gustó que Monti dijera que el principal problema de Italia era España, lo que abortó una entente más que razonable en Bruselas. Hollande era otro candidato al baile, pero cualquiera se fía de un socialista que además da por hecho que la banca española está en la UVI y precisa urgentemente fondos europeos. Sólo quedaba Merkel, del salón en el ángulo oscuro, rumiando la pérdida para la causa del rigor de su pequeño Napoleón. Así que cuando es un clamor que Europa ha de relajar su disciplina y evitar de paso que a los griegos se les corte el yogur, Rajoy se ha echado en los brazos de la institutriz más severa al norte del Danubio para hacerle carantoñas.

Quiere uno pensar que esta sumisión a Alemania forma parte de una estrategia para que doña Angela se apiade de nosotros y abra esa mano que nos atenaza el gaznate. Lo contrario sería incomprensible. No podría entenderse que el presidente de un país obligado a realizar el mayor ajuste fiscal de la historia no reclamara más flexibilidad a cada instante, o que, camino de los seis millones de parados, declinara ponerse a la cabeza de quienes piden una especie de plan Marshall financiado por el Banco Europeo de Inversiones. De momento ahí le tenemos, acomodado a la cintura de la alemana y haciendo el ocho por la pista. Nosotros seguimos revolcados en el merengue y muy manoseados.


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