Sin enmienda

Acabemos con el 15-M y sigamos jugando a las siete y media

La casualidad ha querido que uno de los períodos más negros de la crisis haya coincidido con el primer aniversario del 15-M, ese movimiento en el que Esperanza Aguirre sólo veía a un hatajo de camorristas que, manipulados hábilmente por líderes perroflautas, ocultaban bajo las tiendas de campaña y sus exigencias de más democracia su verdadero leiv motiv: dar un golpe de Estado. Siempre vigilante tras los visillos de su despacho con vistas a la Puerta del Sol de Madrid, Aguirre no tardó en llegar a esa inquietante conclusión, y de ahí que propusiera crear su propia Policía para hacerles frente, porque para defender al Estado de los golpistas no hay recortes presupuestarios que valgan.

A estas alturas está más que confirmado que los indignados son peligrosísimos, porque no hay nada más subversivo que mostrar la faz de un sistema que auxilia a los bancos con el amor de una madre y niega hasta los puentes a quienes no pueden pagar sus hipotecas y son expulsados de sus casas. Es sedicioso denunciar esa Justicia implacable con los rateros del Carrefour y comprensiva con una plutocracia cleptómana, que ha hecho de las cuentas numeradas en Suiza una tradición familiar. Es revolucionario a más no poder sacar la tarjeta roja a los corruptos, exigir una ley electoral en la que todos los votos valgan lo mismo, denunciar los privilegios de la clase política, pedir una auténtica separación de poderes o reclamar que los ciudadanos sean consultados sobre las decisiones más importantes.

Con el perroflautismo hay que acabar cuanto antes, no vaya a ser que los damnificados por la crisis terminen dándose cuenta de que son mayoría, que de lo que está pasando hay responsables que siguen paseándose en sus Mercedes de cristales tintados, bebiendo a morro Château Lafitte del 64 y dando doctrina sobre lo que hay que hacer, mientras los tribunales que tendrían que actuar esperan instrucciones del presidente del Supremo, Carlos Dívar, para el que lo realmente injusto es que Puerto Banús quede tan lejos.

Esta ola de indignación es un cáncer, y sus secuelas, impredecibles. ¿Qué ocurriría si la gente dejara de resignarse al paro, a la pobreza y a la inevitabilidad de los sacrificios? ¿Qué terribles consecuencias acarrearía que los ciudadanos mostraran que la política sí les interesa pero detestan a sus mal llamados representantes? ¿Qué conmoción no habría de producirse si se desvelara que la mayoría de los medios de comunicación siempre dicen al día siguiente lo que les mandan?

El tribunal popular

La última locura del 15-M es crear un Tribunal de Justicia popular para investigar los desmanes de inmobiliarias, bancos y cajas y pedir a los culpables que devuelvan lo robado. ¡Qué disparate! La verdadera Justicia ya debe estar trabajando en ello. Sin ir más lejos, ha de haber no menos de un centenar de jueces y fiscales abriendo diligencias sobre lo sucedido en Bankia, investigando el timo de las estampitas de su salida a Bolsa, escudriñando la responsabilidad de Rato, de Blesa, de quienes les nombraron, de los políticos que forzaron la fusión de Cajamadrid y Bancaja para tapar sus excesos, de la CNMV y del gobernador del Banco de España que consintió todo.

Otra cosa no será, pero lo que es la Justicia funciona como un reloj suizo. Lo que ocurre es que, por mucho que se empeñen estos indignados papanatas, hay cosas que no son legalmente perseguibles. ¿Cómo va a ser delito que los bancos y cajas hayan falseado durante años sus balances sobrevalorando su cartera inmobiliaria? ¿Acaso está tipificada en el Código Penal la falsedad en documento público? ¿En qué cabeza cabe que el engaño masivo de las participaciones preferentes de la banca merezca siquiera la arruga de una toga?

Desengáñense los que atisban en el movimiento alguna virtud, como quienes defienden que si no asistimos en España al resurgir de la extrema derecha es porque el 15-M ha canalizado el descontento, y opinan que esos que llaman antisistema son, precisamente, sus máximos defensores, ya que persiguen reformarlo en vez de derribarlo. No se lo crean. Nada cabe esperar nada de quienes cantar las verdades del barquero, sin articularse en una fuerza política tan contaminable como las demás. ¿Qué es eso de limitarse a protestar y a mostrar las vergüenzas de todos los poderes del Estado? ¿Qué sabrán estos piojosos de lo duro que resulta ser un padre de la patria?

Desconfíen de quienes se movilizan por twitter y no son convocados como Dios manda por las autoridades competentes. Hagan como la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, que ha comenzado a sugerir que una mano negra financia al 15- M, y hay que reconocer que de oscuras tramas de financiación en el PP saben un rato. Acabemos cuanto antes con este problema de orden público para seguir dándole sin interrupciones a las siete y media, ese juego tan divertido en el que siempre gana la banca.


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