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Salva Ballesta cumple la Constitución; el Celta, no

La escasa cultura democrática es el origen de todos los males de España. Se nos llena la boca de buenas palabras, sacamos pecho como los más tolerantes del mundo y luego nos dedicamos a apuñalar por la espalda a quienes consideramos enemigos simplemente por pensar de distinta forma a la nuestra. A la última víctima, Salva Ballesta, esa mentira social de la ‘feliz convivencia’ mil veces repetida para autoconvencernos le ha costado un puesto de trabajo. Casi nada en los tiempos que corrren.

No estoy de acuerdo con la mayoría de las bravuconadas que han salido de la boca del exdelantero aragonés ahora metido a entrenador. Para presumir de español y lucir la bandera con orgullo no hace falta ser el más gallo rojigualda del corral. Ahora bien, si alguien considera que algunas de sus palabras o frases son hirientes, insultantes o algo más grave –como no pocos aseguran-, su obligación es acudir a un juzgado y denunciar a Salva. ¿Alguien lo ha hecho? No, sería absurdo intentar cercenar la libertad de expresión del señor Ballesta.

Lo que se lleva en este país es protestar en la barra del bar, insultar a troche y moche, colgar etiquetas a mansalva y luego, si se puede, pasar facturas ideológicas incluso en ámbitos que no deberían ser contaminados por la política ni por nada que la roce.

Por la presión de un grupo minoritario y radical de aficionados del Celta, de nombre Celtarras, que tildan a Salva de “fascista”, el presidente del club vigués ha vetado su contratación como ayudante del nuevo entrenador, Abel Resino. Y este, sin ponerse siquiera colorado, ha tragado dejando tirado al que era, se supone, su mano derecha. Nunca mejor dicho.

En un país normal, socialmente moderno y de verdad democrático, el presidente celtiña, de apellido Mouriño, hubiera contratado sin más a Abel y a su equipo técnico. Y en el mismo momento de la firma del contrato, de cara y con naturalidad, habrían comentado la tensa situación que se barruntaba y seguramente hubieran acordado con Salva un pacto tácito de discreción. Sin censura ni imposiciones, simplemente aferrados a la cordura y a lo único por lo que se les había llamado: para trabajar con el objetivo de intentar mantener al equipo gallego en Primera.

Si alguna declaración o acción de Salva ha tenido visos de anticonstitucional, denúnciese. Si no es así, debátase, incluso recrimínesele con dureza en el mismo plano dialéctico, pero no es intolerable emprender la senda de la discriminación por cuestiones ideológicas como ha hecho el Celta. Es un camino muy peligroso que casi siempre conduce al abismo.      

*Constitución Española:

Sección 1.ª De los derechos fundamentales y de las libertades públicas

Artículo 16. 1 Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley.


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