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El Oviedo es nuestro

La primera muerte del Real Oviedo sobrevino el 1 de agosto de 2003. Lo apuñalaron unos propietarios inútiles, golfos y sin escrúpulos, lo remataron unos futbolistas tan usureros  como falsos y pretendió enterrarlo en caliente un alcalde despilfarrador y caciquil. Vetusta, que aún dormía la siesta, callaba sin derramar siquiera una lágrima por una institución que entonces cumplía 77 años como inigualable embajadora de la ciudad.

La afición, golpeada una y otra vez durante los 24 meses anteriores, yacía noqueada en su asombro. No es fácil reaccionar durante una caída libre y sin red desde la élite de Primera (2001) hasta el abismo de Tercera (2003). La velocidad del descenso arrebató el pulso a los seguidores azules, resignados a la defunción del club y a vivir de recuerdos. Pero cuando quisieron robarles hasta eso, la memoria, prendió la llama. Gabino de Lorenzo, entonces alcalde, nombró a un modesto y tradicional club de la ciudad, el Astur, heredero por decreto de la gloria carbayona. Pretendió despojar al cadáver del nombre, trasplantarle incluso el color azul al engendro y edificar el “próspero futuro” –decía- del nuevo Oviedo ACF sobre la tumba del Real Oviedo. Y, claro, la afición cerró el grifo del llanto, apretó los puños y decidió resucitar para siempre el sentimiento oviedista y su razón de ser:  su Oviedín del alma.

Ese es el origen de todo. De lo que vino después y de lo que aún está por llegar. Los más veteranos doblaron con rabia el orgullo de las grandes tardes en el viejo Tartiere y lo guardan a buen recaudo en el baúl de los recuerdos a la espera de tiempos mejores. Los más jóvenes, bautizados al oviedismo en el peor momento de la historia del club, inyectaron su entusiasmo innato y contagiaron al resto. Sin un asomo de altivez, pero con la dignidad de siempre, la camiseta azul y el escudo de la Cruz de los Ángeles llenaron barrizales, tiritaron y sudaron en campos recónditos sin flaquear jamás.

La segunda muerte del Real Oviedo hizo una excepción, quizás conmovida por esa heroica marea azul, y avisó de su llegada: el 17 de noviembre de 2012. Había que recaudar 1,9 millones de euros o adiós. Otra vez. Otro puñetazo en un estómago ya amoratado. Otro ultimátum. Pero cuando se va a cumplir una década de idas y venidas entre Tercera y Segunda B, lo de menos es el dinero. Aunque no se encuentre ni debajo de las piedras. Fueron quince días de entrega total. De llamadas, de boca a boca, de mensajes, de ruegos… Dos semanas de amor a contrarreloj a unos colores como no se recuerda en la historia del fútbol mundial.  

El oviedismo se puso en marcha de nuevo, si es que alguna vez estuvo parado. Esta vez hacia las oficinas del club o del banco a entregar un puñado de euros. Cada uno lo que ha podido o querido. Pero hacía falta un empujón extra. Y apareció Sid Lowe, corresponsal del diario inglés The Guardian, que revolucionó el mundo anglosajón a través de Twitter. Miles de ciudadanos extranjeros de decenas de países de los cinco continentes comprando acciones y, sobre todo, convirtiendo al Oviedo en un club universal. El agradecimiento eterno es para Sid, pero el mérito, una vez más, es de la afición azul de la que él, cómo no, forma parte. Del ambiente del viejo Tartiere que enamoró a aquel joven estudiante británico de Erasmus que aterrizó en 1996 en la capital de Asturias. Y del goteo constante de personas de toda edad y condición que, desafiando al frío y la lluvia, hicieron cola durante horas en el Nuevo Carlos Tartiere para, en muchos casos, comprar una acción simbólica a cambio de 10,75 euros sisados a una necesidad o un capricho.

Para cuando llegó el poderoso Carlos Slim con sus dos millones de euros al contado, el Oviedo había salido de la UVI y estaba en planta. Los aficionados, unidos, le habían hecho una transfusión casi idéntica, 1,9 millones, a la aportada de un plumazo por el magnate mexicano. Por supuesto, se brindó con tequila por la llegada de un empresario que abre de par en par el horizonte azul, pero el propio Slim sabe que ni siquiera él tiene dinero bastante para comprar un sentimiento tan bravo y arraigado. Y precisamente por ese enorme activo pasional ha elegido invertir en un club que, siendo histórico, milita en Segunda B aun teniendo varios pretendientes de Primera.

Regateada la segunda muerte y cuando el colosal estruendo de estos días inolvidables se apague, los que seguirán tirando del carro cada semana son los 11.000 socios y los incontables emigrantes que hacen patria oviedista a muchos kilómetros de la capital asturiana. Ahí continuarán los jóvenes de poderosa e incansable savia azul que gritan de pie su pasión desde los fondos del Nuevo Tartiere. Ahí están siempre, sentados en las tribunas laterales, los veteranos cuyas retinas vieron jugar a Real Madrid, Barcelona y demás élite del fútbol español antes de cumplir diez años de condena (de momento) acostumbrando la vista a la visita de modestos como el Titánico, el Arteixo o La Muela; siempre, antes y ahora, dando el mismo cariño sereno a los suyos. Y ahí permanecerán las células silentes de oviedistas desperdigados por toda España –y ahora por el mundo- que merced a Internet sufren al instante desde la distancia y pintan de azul cada estadio perdido al que viaja el Oviedo.

"Haciendo cola detrás de los románticos, siempre hay algún tiburón", profetizó Jorge Valdano días antes de que se cerrara el plazo de ampliación de capital. Lo que el siempre lúcido argentino no sospechaba es que no hay tiburón, por grande y feroz que sea, capaz de desafiar a la hoy poderosa y crecida marea oviedista. El club ha tenido y tendrá muchos propietarios, pero los únicos dueños del Real Oviedo serán por siempre y para siempre sus aficionados. Sí, el Oviedo es nuestro.                                


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