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Fútbol sala, modelo para el deporte y para España

En tiempos de escasez y zozobra, el fútbol sala ha exhibido su consistencia y seriedad durante los cuatro intensos días que ha durado la reciente Copa de España celebrada en Alcalá de Henares. Con sus problemas y lunares, este deporte es un microcosmos donde la gestión económica y deportiva suelen regirse por el criterio de la racionalidad. En la cancha y fuera de ella cada uno sabe a qué juega y no suele embarcarse en aventuras arriesgadas o sin sentido.

El fútbol sala español es el mejor del mundo porque en nuestro país se ha ido creando una cultura de este deporte tan erudita como desconocida para el gran público. Para ilustrar esto nada como sentarse en la grada de cualquier pabellón y poner la antena. No es extraño captar conversaciones entre personas –la mayoría jóvenes- que, además de aficionados apasionados, son estudiosos teóricos. Disfrutan del juego y, a la vez, escrutan movimientos, tácticas, aclarados y demás conceptos aprendidos en cursos y, sobre todo, en largas y didácticas sesiones de entrenamiento.

España exporta desde hace años los mejores teóricos de fútbol sala del mundo, pero tanta pizarra amenazaba con matar de aburrimiento un deporte espectacular. La última hornada de entrenadores se ha empeñado en corregir ese peligroso encorsetamiento apelando al talento de los jugadores y dándoles libertad de acción.

Por supuesto, en el fútbol sala también hay ricos y pobres. Pero esa cultura y profundo conocimiento del deporte antes mencionados rebajan la desigualdad. Y luego está el compromiso general. El de tipos como, por ejemplo, los miembros de la plantilla del Barcelona, que lo han ganado todo pero siempre quieren más. Y el de los integrantes del CajaSegovia o el Santiago, que cobran lo justo y tarde sin por ello guardarse una gota de esfuerzo, sudor ni talento.

Habiendo conquistado todos los títulos posibles para España, el fútbol sala siempre se ha sentido desatendido, incluso ninguneado, pero hasta eso ha sabido transformarlo en positivo. Se ha acostumbrado a buscarse la vida con escasas o cero ayudas, y ahora tiene más cintura que otros para sortear la voraz crisis.

Salvo raras excepciones (pasadas y futuras), en el fútbol sala español no hay violencia en las gradas, no se calientan los partidos ni se habla de los árbitros. Y si, cosa rara, esto último sucede, casos de los entrenadores del Inter y ElPozo en la reciente Copa, son sus propios clubes los que rápidamente salen al escenario para desautorizar las manifestaciones o actitudes negativas de sus técnicos. Lo nunca visto.

No es, ni mucho menos, una arcadia feliz, pero el fútbol sala español es un modelo ejemplar de lo que significa vivir o sobrevivir con lo que tienes y, además, alcanzar el éxito y ser la envidia del mundo. Nada baladí en los tiempos que corren.


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