Rumbo norte

Asesorar o gestionar

Parece lo mismo pero no lo es. No se puede hacer referencia a la actividad de asesoramiento como una actividad de gestión ni, a la inversa, considerar que la gestión es una actividad de asesoramiento. Existe una línea clara de demarcación que las diferencia.

La labor de asesoramiento requiere definir dos tablas de datos: los clientes y los activos financieros. Los clientes tienen nombre, dirección y número de identificación fiscal y definen un perfil de riesgo en el momento en que detallan sus deseos, sus circunstancias y los objetivos que persiguen con su inversión. Los activos financieros tienen, por su parte, nombre, dirección y número de identificación fiscal y delimitan en su configuración un par de riesgo y rentabilidad esperado.

Tomando los datos del cliente, el asesor sólo debe encontrar un activo o una combinación de activos que maximice la función objetivo definido en el mandato de asesoramiento, sujeto a las restricciones de acceso y de asunción de riesgo. La recomendación dada y el seguimiento regular de los efectos de sus recomendaciones tienen que explicarse y argumentarse con detalle con el objetivo de ofrecer información suficiente para que el cliente pueda tomar una decisión fundada. En este punto termina la labor de asesor y por tanto hasta este nivel llega su responsabilidad sujeta a responsabilidad civil profesional. El cliente puede o no seguir la recomendación y, por ello, puede o no pedir la ejecución de la orden a su intermediario e incluso a su gestor carteras.

El asesoramiento sitúa al cliente, persona física o persona jurídica, en el centro del servicio, siendo necesario argumentar y fundamentar cada paso para que finalmente el cliente tome una decisión adecuada. Por el contrario, la actividad de gestión toma la política de inversión como meta a cumplir sin que tenga que dar más explicaciones que las definidas en las obligaciones de comunicación regular. Una vez asignado el riesgo y la política de inversión, el gestor tramita y, en definitiva, gestiona la cartera, sin tener que explicar cada paso o cada movimiento ejecutado en el tiempo.

El asesoramiento en materia de inversión bien desarrollado exige más disciplina de análisis y estudio y mayor capacidad pedagógica para transmitir información suficiente que fundamente la toma de decisiones. La tramitación y ejecución final de la recomendación dependerá siempre del inversor que recibe esa información.


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