Res Pública

Un vistazo a Eurolandia

Dice Durao Barroso, presidente saliente de la Comisión Europea, que no habrá recesión en la zona euro; y tiene razón, porque, de facto, estamos instalados en ella desde que la economía real recibió el sartenazo de la crisis financiera tiempo ha. No es un problema de estadísticas y de décimas de PIB arriba o abajo, el asunto es de mayor enjundia y consiste en contemplar cómo se ha ido deteriorando la economía de los diferentes países y cómo la deuda pública ha ido creciendo para suplir la falta de recursos provenientes de la producción de bienes y servicios.

En realidad, se están recogiendo los frutos amargos de un modelo instaurado a principios de los años 90, incapaz de enfrentarse, con posibilidades de éxito, a la conjunción de dos factores perversos para el desarrollo económico y la estabilidad social: la preeminencia casi absoluta del mercado financiero y la desertización industrial. Si además de eso los Estados y sus gobiernos se empeñan en recurrir a la deuda para rehuir la ordenación de sus modelos productivos y la administración rigurosa de sus recursos, llegamos ineluctablemente a la situación en que estamos, llámese parálisis, estancamiento, recesión o como se quiera expresar. Y, desgraciadamente, no se sale de ello con las políticas conocidas.

El mito de las locomotoras europeas

Para no llamarse engaño acerca de la capacidad de arrastre de las locomotoras europeas, Alemania, Francia y la propia Italia, conviene recordar que en los tiempos gloriosos de la expansión crediticia su crecimiento no superaba el 2%, como por otra parte es lógico en economías desarrolladas y estructuralmente consolidadas, que no era el caso de otros países como el nuestro, que crecían casi dos puntos más que los anteriores, aunque lamentablemente lo hicieron de forma especulativa y desordenada. Por eso, en el mejor de los escenarios, esas locomotoras volverían a la velocidad de crucero tradicional, absolutamente insuficiente para sacar del pozo de la penuria a los que ni cambian sus modelos productivos ni ordenan su estructura y gestión públicas. La frontera entre países estables, los de la vieja mitteleuropa, y naciones en ebullición de la periferia del sur va alumbrando una zona euro agrietada que camina a trompicones sin saber qué será de ella en el medio plazo

Las convulsiones monetarias de la primavera de 2012 parecieron zanjadas con las palabras de Draghi, gobernador del BCE, en pro del euro

Las convulsiones monetarias de la primavera de 2012 parecieron zanjadas con las palabras de Draghi, gobernador del BCE, en pro del euro. Dicho compromiso verbal fue la excusa que necesitaba el mercado financiero, los mercados en la jerga de moda, para cesar en sus ataques a la moneda única, vista la escasez de alternativas en otras regiones económicas del mundo, iniciándose una tregua financiera después de atesorar suculentos beneficios con el trading de la deuda pública de los Estados de la eurozona. Tregua que no ha sido aprovechada para ordenar las deudas y, sobre todo, para diseñar políticas diferentes que acabaran con la marea destructiva que, como elefante en cacharrería, ha venido destruyendo todo aquello que había convertido a la Europa comunitaria en ejemplo de estabilidad y buen gobierno.

Se ha perdido el tiempo y se ha seguido insistiendo en los errores, creando, de propina, una crisis geopolítica en el Este, la ruptura violenta de Ucrania, que se cierne como una amenaza a la estabilidad del continente. De momento, parece que nos va a suponer cargar con la factura del gas ucraniano que hay que pagar a Rusia, antes de que ésta decida cortar las llaves del suministro. Es un botón de muestra al que hay que añadir la irritación de las opiniones públicas, manifestada en las elecciones europeas del pasado mes de mayo. Esto parece que no se ha tomado en serio, si bien el Banco Central Europeo va lanzando mensajes de inquietud, porque sus abundantes suministros de liquidez no fructifican adecuadamente en la economía real. Esas inyecciones de liquidez, al contrario que las realizadas por la FED americana, sólo han servido para incubar una burbuja de activos financieros, fundamentalmente bursátiles, de la que nos viene ilustrando con rigor Juan Laborda, por lo que no voy a repetir sus argumentos.

Los mercados financieros huelen sangre

Con un cuadro así, no es extraño que los tiburones financieros, siempre al acecho, huelan sangre y se apresten a romper la tregua. Los tropiezos de las Bolsas de días pasados son la constatación de ello, porque lamentablemente la imagen de eurolandia continúa siendo frágil y contradictoria. Tiene la apariencia de una región económica transformada en estatua de sal que, ante el menor aguacero, se puede diluir en medio de disturbios políticos y sociales. Y antes de que eso ocurra los gestores financieros intentarán rebañar lo que puedan, sin caer en la cuenta de que el agotamiento del filón continental amenaza sus negocios futuros. Pero la codicia y la condición humana son las que son.

Lo único claro es la perseverancia en el empobrecimiento y el aumento de la desigualdad que resulta fácil predecir adónde nos conducirán

Por más que se intenta buscar explicaciones racionales a lo que sucede, no hay manera de conseguirlas: seguimos oyendo la retahíla de lugares comunes, normalmente de carácter financiero o de exaltación de los recortes sociales, bajo el eufemismo de las reformas estructurales, con la ausencia llamativa de planes de inversión y de protección de lo que va quedando de los sectores productivos europeos. Lo único claro es la perseverancia en el empobrecimiento y el aumento de la desigualdad que resulta fácil predecir adónde nos conducirán, porque no hace falta recurrir a los augures para afirmar que los que dirigen eurolandia trabajan con ahínco para arruinarla, a pesar de sus protestas constantes de fe en ella. Lo malo es que no serán ellos los que paguen, seremos nosotros, los ciudadanos contribuyentes.


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