Res Pública

El vía crucis de los españoles

Hace un año, una mayoría de españoles decidió dar el dominio absoluto de las Cortes al Partido Popular para sustituir al PSOE con la esperanza de cambiar el estado de cosas de España. Las expectativas eran muchas, no exentas del mesianismo que nos caracteriza como pueblo acostumbrado al personalismo del poder. En este caso, el presunto Mesías era el Sr. Rajoy, investido jefe del Gobierno. Como parece, la redención se retrasa y eso sería lógico, dado el poco tiempo transcurrido; pero lo que sucede, en mi opinión, no es que se retrase, es que esa redención, hablando en términos coloquiales, no se va a producir porque, aun dando la apariencia de mayor seriedad que el frívolo gobierno anterior, el gobierno insiste en mantener las políticas disparatadas que están poniendo a muchos países europeos, y al nuestro también, en ebullición social y política. Aunque sea reiterativo, conviene advertir que el camino seguido es equivocado, tal como resulta de un repaso sumario de tres aspectos significados: deuda, crédito y ordenación del Estado.

El castigo de Sísifo de la deuda y del crédito

Será difícil tropezarse con algún español que no sea sensible al problema de la deuda. A pesar de los eufemismos y de las mistificaciones ha calado la idea de que las deudas contraídas por España, tanto públicas como privadas, en la década de la locura trascienden lo normal y nos colocan en la excepcionalidad: su volumen y su coste convierten en inasumible el objetivo de cumplir los compromisos en tiempo y forma. Si a ello sumamos que nuestra actividad económica es y será decreciente a medio plazo y que las locomotoras europeas van al ralentí, parece poco o nada realista transmitir que lo conseguiremos. De momento, las deudas siguen creciendo y su coste no baja. Un año más de penurias para familias y empresas sin resultados tangibles. La piedra de Sísifo. Esa es la evidencia.

¡Claro que en esta materia no se podían esperar milagros! Nadie creo que los esperara, pero si era razonable esperar un análisis detallado y realista del problema de la deuda española, repito pública y privada, para buscar una salida concordada con los acreedores. Y eso no se ha hecho, antes al contrario, se ha sacralizado constitucionalmente el pago de aquella, sin haber obtenido garantías de un tratamiento especial para el ingente volumen de las deudas presentes. En vez de plantear con crudeza a la Unión Monetaria o al FMI el verdadero estado de la cuestión se ha optado por asumir un objetivo imposible con grave daño para todos, incluidos los propios acreedores. Y en parte se ha optado por eso no por ignorancia, sino por rehuir la elaboración y presentación de un plan nacional de saneamiento político y económico, que podría hacer peligrar los privilegios de las oligarquías españolas. Esa ventana sigue cerrada, pero la fuerza y el dramatismo de los hechos obligará a abrirla, y mejor que lo fuera no con la defenestración de Praga, sino con un poco de orden y concierto. Con templanza democrática.

Del crédito, me refiero a su falta y a la situación del sistema crediticio, qué se puede decir que no se haya dicho: el sistema en su conjunto sigue volcado en atender la lluvia de medidas legales y reglamentarias para buscar la piedra filosofal de cómo endosar el agujero creado por la expansióncrediticia alimentada y estimulada por esos acreedores ahora tan exigentes y preocupados por sus créditos. Por supuesto, no son los únicos responsables: un problema de ese calibre necesita muchos cooperadores, públicos y privados, para crearse. Desde mi punto de vista, su resolución está ligada directamente con la cuestión de la deuda española y, si llega el día en que haya que afrontar su reestructuración, empezará a salirse de él. Hasta que llegue ese momento y se restaure la confianza perdida, se seguirá hablando del banco malo, de la Troika, del MOU. En fin, hablar por no callar y dándole más hilo a la cometa del masoquismo. Vuelo corto de apariencia tecnocrática, salpicado de anglicismos.

Estado sin fuelle y en manos extranjeras

España todavía tiene un Estado, aunque débil, y sobre él recae la responsabilidad de contribuir a la mejora del país que necesita ser rescatado de la incuria de sus clases dirigentes, eso sí, esperando la ocasión en que una parte de las mismas, por instinto de conservación, se decida a colaborar en el proyecto de mejora nacional. Pero, en todo caso, correspondería al gobierno, éste u otro, capitanear tal rescate, el verdadero, no el financiero que, por no ser, no es ni pan para hoy y sí hambre para mañana. Véanse Grecia y Portugal, los dos siguen cayendo: el primero prevé este año una reducción de su PIB cercana al 8% y el segundo al 3,5%, con las consecuencias sociales que ello tiene.

El gobierno no tiene intención de convertir al Estado en el instrumento de la recuperación nacional, se limita a utilizarlo para seguir succionando recursos de la sociedad, especialmente de sus clases medias, cada vez más escuálidas, sin caer en la cuenta de que el empobrecimiento generalizado y la desertización de la iniciativa privada harán más difícil, si cabe, la puesta en marcha de la maquinaria económica. Y en lo político, se irán fortaleciendo propuestas e iniciativas peligrosas para el porvenir de la democracia en España. El auge de los movimientos separatistas es un ejemplo, y habrá más. No consta interés alguno por parte del poder público en pro de su saneamiento para acompañar los modestos esfuerzos privados encaminados a la regeneración política y económica. Nada hay más allá de proclamas desvaídas sobre los llamados emprendedores y otras relativas a mejoras limitadas en el uso de los recursos públicos. A mi juicio, un gran vacío.

Meses grises, los transcurridos, con escasa esperanza y abundantes decepciones. Políticas pedestres, en su mayoría dictadas por burócratas lejanos, y muchos señuelos para distraer a un país aturdido y temeroso, que ya no espera nada del poder y que carece de instrumentos para defenderse de los atropellos. El globo de hace un año se desinfló pronto y parece agotado el aíre para inflar uno nuevo. No sabemos cuánto restará de éste largo Vía Crucis. Ojalá sea poco.


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