Res Pública

¿Es seguro continuar en el euro?

Creo que es la pregunta obligada después de comprobar la experiencia de más de una década de moneda única y de Eurozona: ya sabemos cuál es el origen de gran parte de los problemas que vivimos, también constatamos que todos los mitos e iconografía construidos alrededor de la Unión Monetaria han caído hasta llegar a la sublimación con el asunto chipriota que ha supuesto la pérdida de la confianza en el sistema bancario. Todo aquello que se pensaba que no sucedería, sucede, y los arreglos o soluciones que se anuncian, no llegan. El discurso imperante es el de más madera y resignación durante la espera, mientras los dirigentes se dedican a experimentar políticas depresivas, abusando de la paciencia y de la confianza de sus ciudadanos.

La imagen de la mayoría de los gobiernos es de abdicación de responsabilidades y de menesterosidad ante el dominio de unos pocos que van consolidando una suerte de neocolonialismo, cuya expresión plástica son las llamadas políticas de rescate y el desmantelamiento de la democracia y el bienestar en los países víctimas de ellas. Esos Estados carecen de voto y tienen poca voz para defender sus intereses, al tiempo que van comprobando que su destino fatal es el de la mera supervivencia en la pobreza social y económica, porque las llaves de su futuro están en otras manos. Por eso, después de la decepción, conviene cavilar para buscar salidas, sabiendo que la Eurozona ya es sinónimo de miseria y autoritarismo, también de incompetencia, y que fuera de ella no está el paraíso sino el esfuerzo y el sacrificio para buscar la libertad y el bienestar perdidos.

El euro, un proyecto fallido e insolidario

Cuando se fraguaron la Unión Monetaria y el Euro, se ignoró adrede algo que era consustancial con el proyecto europeo desde su inicio en 1957: cualquier unificación política o económica solo es viable bajo premisas de homogeneidad en ambos aspectos; en caso contrario, las dificultades, que son múltiples en circunstancias normales, se convierten en impedimentos determinantes si sobrevienen crisis parciales o sistémicas. Se argumentó que la unificación monetaria sería capaz de vencer los obstáculos inherentes a la creación de la moneda única, sin haber logrado previamente la unidad política entre los países que la abrazaron. Poner el carro antes que los bueyes no era problema y quienes expresaban sus discrepancias estaban en la luna o, simplemente, pretendían boicotear el gran reto del siglo XXI.

Sólo los ingleses y los escandinavos se retrajeron. Ahora podemos afirmar que sabiamente. Los demás llevamos trece años de euro, la primera mitad de alocada expansión crediticia apadrinada por el Banco Central Europeo y el resto, hasta el presente, desórdenes mil, sobre todo en el Sur de Europa, que han dado al traste con los principios de solidaridad y de bienestar sobre los que se sustentaba el proyecto. Porque, no hay que engañarse, los rescates que se venden como acciones solidarias, no lo son; simplemente son intentos bastante toscos y hasta crueles para que los coautores de la expansión crediticia recuperen sus créditos, tomados, eso también es cierto, por países irresponsables. A cada uno lo suyo, pero la superación de los males exige, a mi juicio, planes y políticas que no están en el guion de los mandamases de la Eurozona.

Lo primero que cabe preguntarse es quién manda o gobierna en la Eurozona. Teóricamente son los países y gobiernos que la integran, en la práctica no es así: hay un núcleo central  que decide y el resto obedece. En principio, no sería esa la objeción principal, si no fuera porque las decisiones no se adoptan bajo el principio de la solidaridad, se adoptan con la premisa de la dominación, que es algo muy distinto. Este principio se ha adueñado de las instituciones europeas y, conforme avanza el tiempo y crecen los problemas, se va consolidando en perjuicio de los débiles que arriesgaron casi todo a una carta equivocada. El otro día, resultaba patético ver al presidente de la República Francesa y a nuestro jefe de gobierno implorar cambios en las políticas de la Eurozona. Ellos y sus países están con el agua al cuello, pero sólo se lamentan o imploran, sin ir más allá. Su imagen me recordaba a dos presidentes de diputación provincial intercambiando sus cuitas. Mientras se mantengan en los cauces reglamentarios del asentimiento no cosecharán más que disgustos para sus naciones.

Un plan nacional para recuperar la esperanza

La tentación de aguantar por si aparece la luz es muy poderosa. De hecho, es el discurso oficial desde que empezaron los problemas, pero éstos, lejos de amainar, aumentan, deshaciendo todas las esperanzas y cábalas acerca de su pronta solución: los semestres siguientes dan paso al año siguiente y así sucesivamente ¿hasta cuándo? Ahora el gobierno español tiene que enmendar de nuevo sus previsiones y ahondar en la desolación, mientras los intereses de la deuda se van comiendo los sacrificios del país. Intereses cuya suma representa todo el gasto en sanidad y educación. Una espiral insoportable se mire como se mire. Si eso no se arregla o reestructura dentro de la Eurozona ¿para qué nos sirve ésta? Un dilema terrible para un país con un Estado acéfalo y arruinado institucionalmente, pero con 47 millones de habitantes que demandan proyectos de salida y no camelos, aunque aquellos supongan sacrificios. Lo que se rechaza es que los sacrificios sean vanos como, desgraciadamente, viene sucediendo.

Creo que se ha agotado el tiempo de los discursos vacuos y de las promesas infundadas. Se ventila ser colonia, a las órdenes del afrikáner de turno, o aspirar a la independencia, con todo el dolor que supondrá conseguirla. Necesitamos emplearnos en serio en debates y propuestas para recuperar la esperanza en nuestras capacidades y todo el tejido español y su inteligencia deberían ponerse al servicio de ese objetivo. Y entre los debates inaplazables está el de la soberanía monetaria; por supuesto hay otros muchos, demasiados por causa de tanta incuria acumulada, pero éstos no tendrán oportunidad de verse enfrentados, si no disponemos de un proyecto nacional, integral y estratégico, que nos permita conocer qué país queremos para los próximos años, después de superar la pesadilla de las malas políticas propias y ajenas.


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