Res Pública

El rescate de Europa

La presencia del Secretario del Tesoro de Estados Unidos en la última reunión del Euro Grupo en Polonia, precedida por la expresión de preocupación del Presidente americano sobre Europa, ha estimulado, en mi opinión, un conjunto de iniciativas que indican dos cosas: la toma de conciencia de los dirigentes europeos sobre la magnitud de los problemas de la Euro zona y la internacionalización de los mismos, para buscar el concurso de la comunidad internacional en su resolución. Sería, desde luego, lo mejor para despejar las incertidumbres y las amenazas, que acechan a nuestros países.

En distintas ocasiones y foros me he referido a las negativas consecuencias de la huída hacia adelante emprendida por la Unión Europea desde el Tratado de Maastricht de 1992. Pero la constitución posterior de la Unión Monetaria, nacida con los fórceps de la contabilidad creativa y de la ingeniería financiera, para crear el euro y ejecutar las políticas expansivas del crédito, representó, en mi opinión, la sublimación de un despropósito: las consecuencias de ello las están padeciendo la propia Unión Monetaria y todo el proyecto de construcción europea que, a los ojos de millones de europeos, se percibe como un problema para mantener los principios y los equilibrios políticos y sociales, que estaban en el frontispicio de los Tratados de Roma de 1957. Porque aquellos principios se han diluido en beneficio de los del capitalismo financiero, de origen anglosajón, convertido hoy en la ideología dominante en una Europa, cuyas potencias centrales habían sido modelo de capitalismo industrial, mucho más creativo y, sobre todo, más positivo para enriquecer el tejido productivo de los países que lo practican. La llamada crisis de la deuda soberana es, a mi juicio, la certificación del fracaso y ojala no se convierta en la puntilla del europeismo.

La falta de memoria histórica, comprensible entre la gente corriente, es mala compañera de los gobernantes y de los grupos dirigentes. Así lo estamos comprobando con motivo de la depresión económica que asola a algunos países de la Unión, entre ellos el nuestro, a causa de unas políticas crediticias y monetarias erróneas, que han estimulado el consumo y la especulación, tentaciones ambas en las que resulta fácil caer cuando el ambiente es propicio, sobre todo cuando se viene de la escasez, aunque eso no exima de la responsabilidad contraída: las familias y las empresas de los países afectados ya están purgando sus propias culpas financieras, el que las tenga, y también las de otros que, como mínimo, son coautores del drama. Precisamente éstos últimos, y me refiero en este caso a las autoridades y gobiernos de la Unión Monetaria, no solo no han asumido sus responsabilidades, sino que han planteado soluciones poco realistas además de injustas, que tienen poco recorrido, como se ve en el caso de Grecia, y que son el germen de convulsiones graves, como mínimo, en toda la Europa de la periferia.

Casi nadie parece recordar el Tratado de Versalles de 1919, que selló la paz después de la Primera Guerra Mundial, y que determinó que Alemania asumiría todas las responsabilidades por causar la guerra: además de perder territorio, Alemania tuvo que hacer frente a ingentes indemnizaciones que la empobrecieron y humillaron y que, a la postre, arruinaron la República parlamentaria de Weimar y dieron paso al nacionalsocialismo. El después es conocido; por eso, quienes hoy predican el empobrecimiento y la humillación de los países de forma inmisericorde están confesando su impotencia y, lo que es peor, su desvarío.

Creo que hay sobradas razones para afirmar que la Unión Monetaria ha tratado de taponar de forma alocada y poco práctica los errores acumulados durante los diez años del euro, eludiendo reconocer las pérdidas que ello ha ocasionado a todo su sistema financiero, con el Banco Central Europeo a la cabeza de las mismas. Por eso resultaban chocantes y vanidosas las pruebas de stress de unas entidades crediticias europeas inundadas de deuda soberana. ¿Quién se acuerda ya de las mismas? Sólo han servido para alimentar la especulación y para aumentar la indignación de los contribuyentes. También, para despertar todas las alarmas internacionales, expresadas por los portavoces estadounidenses.

Por ello, me pareció una falta de sentido afirmar, después de la reunión del Euro Grupo en Polonia, que el Secretario del Tesoro americano poco menos que había sido ninguneado. Nada más lejos de la realidad: a partir de su visita, los dirigentes europeos, Merkel y Sarkozy, han empezado a reconocer los problemas y han asumido el compromiso de buscar soluciones a los mismos, llegando a afirmar que, si es necesario, se reformarán los tratados europeos. La displicencia ha dado paso al realismo y a la humildad.

Parece que la próxima reunión del G 20 podría servir para establecer las pautas de salida al agujero europeo, concordando las reglas contables y financieras para evitar una quiebra de incalculables consecuencias para todos. Porque está claro que las normas y exigencias actuales, junto con las inspiradas por la Autoridad Bancaria Europea, no parece que vayan a resolver nada. Se requieren nuevas propuestas para permitir el funcionamiento de las finanzas públicas y privadas con el fin de salir del atolladero y alumbrar un tiempo de moderación y de realismo político, cuya ausencia nos ha puesto al borde del abismo.


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