Res Pública

La resaca del terror

La decisión del Tribunal de Estrasburgo ha añadido agitación a la complicada política española y sumado agravios a la lista de los que viene cosechando el Gobierno desde su llegada, pronto hará dos años. Las realidades, tozudas y atormentadas, van explotando las burbujas de la propaganda oficial para demostrar que los problemas requieren atención y proyectos para resolverlos, y que ni el transcurso del tiempo ni la apelación a decisiones o compromisos de otros son eficaces. Algo así ha ocurrido con la controvertida sentencia sobre un asunto tan sensible y tan utilizado como arma arrojadiza en la contienda política por parte de quienes tienen ahora la responsabilidad del gobierno de la nación. Con independencia de los contenidos del procedimiento y de la validez de las tesis de los tribunales y autoridades españoles, parece traslucirse de lo sucedido un esfuerzo perfectamente descriptible en pro de la causa. Las razones de ello son un arcano, más allá de ilustrarnos, una vez más, sobre la fragilidad del guión de la política española y ese ir a salto de mata que caracteriza su proceder. En cualquier caso, nos encontramos ante la resaca del  terror, muy dolorosa para las víctimas del mismo y muy comprometida para los responsables públicos que han llegado a alardear de sus éxitos en la materia. No digamos, para los que han cabalgado de forma impúdica sobre las víctimas. Hagámonos a la idea de que a esta resaca le queda recorrido en la medida en que los causantes del terror vayan obteniendo sus objetivos.

El poder de las armas y del dinero en la historia  

Siempre he creído que la violencia que ha azotado a los españoles durante cuatro décadas ha sido un fenómeno que prueba la afirmación de la importancia de las armas y del dinero, en éste caso de las primeras, bien para conseguir determinados objetivos políticos o bien para llegar al poder. El caso de la España de finales del siglo XX y principios del siglo XXI será sin duda objeto de estudio de politólogos e historiadores para confirmar cómo determinadas formas de violencia, amparadas doctrinal y políticamente, pueden influir en la evolución de un Estado moderno, especialmente si se trata de un Estado débil e incapaz de suscitar la adhesión de los que proclaman tener un proyecto estatal distinto, caso de las minorías nacionalistas entre las que se incluyen las de los partidarios de la violencia. En ese contexto de debilidad y de dejación, todas esas minorías han avanzado ostensiblemente en sus propósitos. A cuenta de lo que comentamos hoy, sólo un repaso al mapa político vasco actual, comparado con el de años atrás, es suficiente para confirmarlo. Hablar, pues, de victorias no deja de ser una licencia más de las que abundan en la política patria. Que no tendría mayor importancia, si no fuera por el escarnio que supone para las víctimas como acabamos de comprobar.

Toda la trayectoria del fenómeno del terror ha estado jalonada de hitos terribles que parecían conducir a un final más o menos pactado que es el que finalmente se ha impuesto. Una suerte de determinismo histórico, nutrido por el devenir de las políticas gubernamentales. Cada gobierno lo intentó a su manera y al gobierno precedente al actual le cupo el logro del acuerdo que, se supone, no lo fraguó en solitario. De hecho, las piezas del tal acuerdo van encajando sin que realmente exista interés en alterar sustancialmente los fundamentos del mismo, teniendo en cuenta que la desaparición del terror actúa como bálsamo en el conjunto de la sociedad, acuciada ahora por problemas duros e inesperados, productos de la crisis española. Pero la obstinación en no querer reconocer la realidad y la insistencia en manejar mensajes taimados provocan la indignación de los que más han perdido y que comprueban hasta qué punto han sido utilizados en contiendas ajenas a su dolor y a sus intereses.

La dignidad de las víctimas y la tristeza de la nación

La libertad de los asesinos supone para las víctimas revivir lo que llama el escritor Maurice Druon “la peor especie de muertos: los que se han inhumado en el fondo de uno mismo”. Por eso no deja de causar admiración su contención y su prudencia para con aquellos que las han utilizado. Es la enseñanza positiva que los restantes españoles debemos extraer de su comportamiento para completar el mosaico del juicio de las décadas del terror.

Estamos ante una historia inacabada, pero cuyo final se va conformando en una dirección determinada que se deduce de los acontecimientos de los años recientes. Lo que comentamos hoy es un eslabón más. Desconozco cuáles serán los siguientes. Ante ello, quedará la incógnita sobre qué hubiera sucedido con otras políticas nacionales. Los analistas e historiadores dirán, pero creo que sí se puede afirmar que con las que se han practicado parecían inevitables éste u otro cuadro análogo: el Estado gravemente amenazado en su integridad y la democracia con las alas cortadas para fortalecerlo. Unos españoles y sus familias, víctimas humanas de la violencia, y toda la nación obligada a asumir las consecuencias de los errores de quienes no se cansan de repetir que han ganado para todos nosotros el trofeo de la victoria.


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