Res Pública

El referéndum y la República

En el plazo de dos semanas la caldera política española ha entrado en ebullición, sin que parezca que las calenturas desatadas vayan a remitir a corto plazo. Las causas vienen de atrás, pero la renuncia del Rey ha quitado el tapón de la botella y sembrado el caos en el seno del régimen político, mientras en los extramuros se excitan los deseos de cambio. Ante el descrédito de los símbolos partidarios, las banderas republicanas aparecen por las calles y plazas de España como alternativas simbólicas de un porvenir distinto. Junto a ellas, la petición de un referéndum para que se opine sobre la continuidad de la monarquía y, en su caso, se abra un período constituyente en nuestro país. Todo ello es consecuencia del agudo proceso de descomposición del entramado institucional y del sentimiento de orfandad que se ha instalado en gran parte del establishment, que viene optando por ignorar la realidad y por desdeñar el alcance de lo que ocurrió el 25 de mayo pasado. Es una mala cosa persistir en los errores, pensando que los meses venideros serán propicios al statu quo y que las corrientes profundas que circulan por la sociedad española se terminarán disolviendo. En mi opinión, sería más realista intentar aprehender los mensajes de un pueblo muy castigado, para encauzar los deseos de cambio y que éste no se convierta en patrimonio de unos pocos que, desde la izquierda, aspiran a ser los únicos interlocutores del mismo.

Los problemas trascienden lo jurídico y lo legal

De poco vale volver sobre las causas de que España se encuentre inmersa en una crisis nacional de la envergadura de la actual, porque son de sobra conocidas y los historiadores harán uso de ellas cuando analicen las últimas décadas españolas. Lo urgente ahora es tomar conciencia de los problemas y proponer soluciones para atajarlos o, como mínimo, para atenuarlos, sabiendo que los milagros no existen y que los viejos mitos no valen para enfrentar el futuro. De ahí que me llame la atención la falta de iniciativas provenientes de la derecha democrática y del centroizquierda, más allá de proclamar las bondades del orden constituido y dar la apariencia de que no pasa nada. El colmo de esa actitud ha sido la declaración del Fiscal General del Estado al afirmar que lo que no está en la Constitución no existe. Realmente, creo que esa afirmación ha sido producto de la deformación profesional, transformando la vieja expresión judicial de que lo que no está en los autos no está en la realidad. En todo caso, una simplificación inapropiada por parte de una persona a la que consideraba por sus intervenciones sensatas en programas inolvidables de cine, ya desaparecidos. De todas formas, un mal día lo tiene cualquiera.

Si las cosas que suceden o que puedan suceder no traspasaran el ámbito de lo jurídico, podríamos estar tranquilos. Puede que eso sea lo que piensan los titulares del Poder y de quienes lo sostienen, pero no estamos ante un problema jurídico o de simple legalidad; en lo que estamos es en el desmoronamiento de un modelo político y económico que no ha sabido o no ha querido transformar a España en un país libre, solidario y civilizado, a pesar de haber contado con recursos ingentes y con el apoyo inestimable del pueblo español. Y ese pueblo español, de forma pacífica, ha ido advirtiendo de los errores y lo acaba de reiterar en las pasadas elecciones europeas. En ese contexto ha surgido la petición del referéndum sobre la Monarquía. No creo en los referéndum o plebiscitos, pero comprendo que en las circunstancias presentes algunos consideren el referéndum el instrumento adecuado para cumplir la legalidad y avalar los cambios sobre los que opinar y trabajar en los meses próximos. Al fin y al cabo, es lo que hizo el Rey Juan Carlos I con su referéndum sobre la Reforma Política de diciembre de 1976. Nada nuevo bajo el sol.

Todos deben caber en la República integradora y nacional

Lo que me parece que hay que dilucidar es si la petición de referéndum y el debate de la República van a quedar sólo en manos de quienes han tomado la iniciativa en la izquierda aglutinada en torno al Partido Comunista o, por el contrario, tales iniciativas se pueden enriquecer con las aportaciones provenientes del resto del espectro político español, para construir la alternativa nacional, democrática e integradora al sistema de la monarquía. Creo que el debate debería ir por ahí, y no convertirlo en una exhibición de sectarismos y nostalgias que sólo pueden conducir a la esterilidad, si no a cosas peores. Todo el mundo, monárquicos o republicanos, tiene que hacer valer sus opiniones y propuestas. En el caso de la República la más consecuente sería convertirla en el objetivo de expresión constitucional de los viejos valores de libertad, igualdad y fraternidad, compartidos por los que desde la derecha a la izquierda pretendan que España cierre su agitada evolución política y se sume al conjunto de las grandes repúblicas del continente: Francia, Italia, Alemania o Austria, por citar ejemplos significativos.

Los latiguillos frecuentes entre demócratas y organizaciones políticas diciendo que son republicanos pero…, deberían dejar paso a concreciones sobre qué clase de República está en sus mentes o en sus doctrinas, porque el nuevo tiempo pide claridad en beneficio de todos. Por mi parte, pienso que la República no debería ser la consecuencia fatídica del hundimiento de la monarquía, como lo fue en ocasiones anteriores; tampoco sería la mera sustitución de la persona del jefe del Estado. Habrá de ser mucho más, un proyecto civilizador inspirado en las mejores tradiciones humanistas, liberales y democráticas de nuestro país. No sé en qué modelo pensarán otros. Tampoco sé cómo los monárquicos se plantean sacar a la monarquía del pozo en que ella misma se ha metido. Por eso, sería muy saludable y esclarecedor saberlo. En cualquier caso, lo que sí sé es que el camino abierto el 25 de mayo obliga a adoptar iniciativas para que los logros de libertad y solidaridad, claramente amenazados ahora, no sean tirados a la basura por el inmovilismo de unos y el sectarismo trasnochado de otros.


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