Res Pública

Ni quiebra Grecia ni Rajoy hace crisis

Salvo imprevistos, parece que la quiebra griega y la crisis del gobierno Rajoy perderán protagonismo mediático y el verano se iniciará con sosiego a la espera de las serpientes veraniegas que, con seguridad, no faltarán a su cita anual. Pero eso no significa que estos días hayamos asistido a tormentas en vasos de agua, simplemente se habrá demostrado una vez más que el horno europeo no está para más bollos y que la política nacional ya sólo espera que el presidente del Consejo de Ministros convoque las elecciones generales y a ver qué pasa. La quiebra de Grecia puede esperar a ser declarada formalmente, porque, en realidad, es un hecho tiempo ha y la cacareada crisis del gobierno español, tres cuartos de lo mismo, desde que hace un año se constató que el partido del gobierno había perdido el favor de los electores. Para cualquiera que analice las dos cuestiones que han inundado los medios de comunicación, la sensación de alivio es inmediata y, así, en medio del silencio y sin hojarasca tertuliana, se podrá profundizar en el alcance de los vaivenes políticos y sociales que discurren por ésta Europa nuestra y por la España eterna que siempre nos sorprende, para bien o para mal.

Lo de Grecia se estudiará en los libros de historia como una suma de errores y de incompetencias que pusieron en peligro la democracia y que pudieron dar al traste con la construcción europea

Que los griegos atiendan tranquilos su turismo

Lo de Grecia se estudiará en los libros de historia como una suma de errores y de incompetencias que pusieron en peligro la democracia y que pudieron dar al traste con la construcción europea. Prefiero dejarlo así, con la esperanza de que, a diferencia de otras crisis europeas del siglo XX, ésta termine pacíficamente y que el buen sentido aparezca, aunque ello suponga que los predicadores de los evangelios de los mercados y de las finanzas plieguen algunas velas para no acabar dramáticamente con el invento. Un invento que nos trae de cabeza y que es claramente perjudicial para las naciones europeas que han apostado por él, sobre todo aquellas más deficitarias en el terreno industrial y educativo. No es necesario dar nombres, solo basta mirar el mapa de la UE para saber de qué estamos hablando.

En el caso de Grecia observamos que un país tutelado por Francia y Alemania desde la caída de los coroneles en el verano de 1974, razón por la que entró apresuradamente en la UE y en el euro, se ha convertido en la probeta pequeña del laboratorio financiero europeo, pero no hay manera de que se alumbre un resultado mínimo que estimule a continuar con las pruebas. Aunque no se renuncie a seguir insistiendo con ellas, lo único que se puede pedir es que las instituciones de la antigua Troika se tomen unas vacaciones y permitan que los griegos atiendan en verano su industria turística, que representa casi el 20% de su PIB y que es lo poco que les queda, aparte de su posición estratégica en el polvorín de los Balcanes. Por cierto, es digno de destacar el silencio ominoso de la socialdemocracia española sobre lo que viene ocurriendo en ese país.

No creo que la montaña de la deuda europea necesite soplos dogmáticos o autos de fe para recordarnos que vivimos sobre un volcán, porque sabemos cuál fue el coste de la erupción de 2008, Lehman Brothers, cuyas consecuencias estamos pagando con creces en la Europa continental mientras al otro lado del Atlántico nos miran asombrados por nuestra incapacidad para salir del atolladero. Asombro que se agranda, y no sin razón, con motivo del desfile de personajes e instituciones, Juncker de la CE, Lagarde del FMI, Draghi del BCE etc., por la escena de los problemas helénicos, inundada de montañas de papeles y de propuestas irreales que no estarían mal como justificación de burócratas, si no fuera por las consecuencias desastrosas de las mismas. Imagino que los espectadores foráneos pensarán que Bruselas y Fráncfort, aparte de mirarse el ombligo, están dispuestos a atracarnos de regulaciones y de exigencias para convertir en misión imposible cualquier propósito de desarrollo económico.

Nuestros problemas domésticos han impedido a los gobiernos españoles diseñar un discurso europeo que tuviera presente los intereses nacionales en los tiempos de las vacas flacas

Que España consiga presidir el Eurogrupo

Ya me gustaría que los españoles fuéramos espectadores de ese galimatías. Pero estamos dentro de la función, aunque nuestra voz y nuestro voto no se correspondan con la dimensión de España. Quizá se deba a que nuestros problemas domésticos han impedido a los gobiernos españoles diseñar un discurso europeo que tuviera presente los intereses nacionales en los tiempos de las vacas flacas, porque los gobernantes han seguido instalados en el europeísmo de las épocas lozanas de los fondos estructurales y de las facilidades crediticias. Y es ahora cuando se empieza a caer en la cuenta de que, si no defiendes tus intereses, nadie lo hará por ti. Por eso, nuestro jefe de gobierno desea algún puesto de relevancia para España en las instituciones comunitarias, el Eurogrupo parece a tiro, se supone que para llevar otra voz y otras exigencias a cónclaves tan distinguidos. A eso y a preparar las elecciones va a dedicar el tiempo que le queda y no a ver qué ministros quita o pone para fabricar un gobierno de balneario.

Realmente, el señor Rajoy sabe lo que puede esperar en materia doméstica y, como es lógico, va a tratar de que, al menos sus colegas europeos, le reconozcan los méritos que le niegan sus compatriotas. Con ese afán administrará los meses veraniegos y dejará con tres palmos de narices a los que proclamaban grandes vientos de cambio. Desde luego, de su mano, no vendrán. Es verdad, que tampoco parece que de las otras manos. Es lo que hay.


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