Res Pública

El Estado ya es el primer banquero de España, pronto será mucho más

Confieso que, cuando en mi comentario anterior decía que el Estado podría convertirse en propietario del 40 por 100 del sistema crediticio, me quedé corto: creo que la crisis de Bankia ha abierto la caja de Pandora de la desconfianza en los activos bancarios españoles hasta un punto de no retorno y, en consecuencia, procedería ejecutar un plan nacionalizador que evite el naufragio del sistema. Sin embargo, las decisiones apresuradas del Consejo de Ministros de éste viernes continúan en la línea de otras anteriores, con el añadido sorprendente de los evaluadores independientes. Suenan rancias y parecen espasmos legislativos que impiden cualquier programación seria a las empresas bancarias y que ignoran, en mi opinión, dos realidades: la economía española está deprimida y sin actividad y el sistemabancariono genera suficientes recursos para hacer frente a la degradación progresiva de sus activos y al aumento de provisiones casi indiscriminado. Porque se podrán aumentar las exigencias de estas, se podrá estimular la ingeniería financiera y societaria, se podrán emitir bonos cocos al 10 por 100 de interés etc., pero, como me pregunta un viejo amigo y excelente gestor, ¿dónde esta la tela? Pues, salvo que alguien demuestre otra cosa, el único que puede obtenerla es el propio Estado, aunque a continuación hay que decir que no lo podrá hacer por sí mismo y tendrá que buscar la ayuda exterior bien de la Unión Monetaria Europea bien del Fondo Monetario Internacional, o de ambos.

El caso Bankia y las crisis bancarias

Hace poco más de una semana que se puso al descubierto el problema de Bankia, y fueron los auditores de una firma multinacional los que lo hicieron. Si no hubiera sido por eso, seguiríamos instalados en la complacencia y en las fabulaciones sobre las grandes expectativas de las políticas practicadas con nuestras entidades de crédito. Ahora se dice que si se pensaba en ello hace dos meses, que ha habido importantes reuniones sobre cómo hincar el diente al problema, en fin, toda clase de justificaciones para no reconocer que no había guión, por expresarlo de forma benevolente. Pero no vale la pena porfiar sobre ello, porque lo importante, a mi juicio, es que ahora hay que torear el toro de la crisis bancaria con energía, realismo y sentido común. Ya no hay barreras ni excusas.

Este lamentable suceso sí que es el inicio del inicio, como expresó hace unos meses la vicepresidenta del gobierno, y hay que poner en la tarea que se avecina toda la inteligencia y la templanza que se requieren para gobernar el pandemónium que se ha desatado. De la sorpresa se ha pasado a la desconfianza y de ésta al temor, me refiero lógicamente a la opinión pública, que no tenía conciencia del alcance del magma que bullía debajo de las capas complacientes de la reestructuración financiera. El inicio de una crisis bancaria siempre sorprende y, además, tiene unas características peculiares: los agujeros de las entidades afectadas suelen resultar notoriamente mayores a los apuntados inicialmente, porque la capacidad que existe en el negocio bancario para embalsarlos y disimularlos es infinitamente mayor de la que disponen otras empresas o negocios. Lo hemos visto en ocasiones anteriores y, por desgracia, lo vamos a comprobar en el asunto Bankia.

No pretendo sumarme al coro de los que marean y asustan con cifras que están en la mente de mucha gente, y especialmente de los más cercanos al negocio bancario. Lo que afirmo es que las políticas seguidas hasta ahora ya no sirven. Son estertores. ¡Cuántos hoy lamentarán no poder regresar a la situación anterior a las concentraciones bancarias de los pasados tres años y poder hacer las cosas bien con entidades manejables y no sistémicas! No es posible, pero sí lo es evitar que el fenómeno siga creciendo. Hay que tascar el freno, reflexionar y poner sobre la mesa las necesidades de recursos del sistema financiero, cuya cuantía seguro que excede de nuestra capacidad. No me cabe duda de que el Banco de España, tan vituperado ahora, estaría en condiciones de cuantificar tales necesidades, sin tener que recurrir a los consultores independientes, que parece algo propio de países poco institucionalizados o bananeros.

El pase a la órbita estatal de un número creciente de entidades, que debería hacerse con diligencia sin esperar más sobresaltos o a que dejen de pagar los bonos coco, permitirá un conocimiento cabal de la situación y la puesta en marcha de un proyecto estratégico de gestión y de saneamiento que, durante los próximos diez o quince años, contribuya a la reconstrucción económica de España. Gestores para ese proyecto nos sobran. El llamado para Bankia es un ejemplo. Hablar de privatizaciones a medio plazo y de cuadernos de venta parece un insulto a la inteligencia colectiva. El Estado, con ese proyecto estratégico de alcance nacional, tendrá que hacerlo valer ante la Unión Monetaria o el Fondo Monetario Internacional para obtener recursos y apoyo, negociando con la fortaleza que dan la seriedad y, por qué no decirlo, nuestra posición sistémica.

La competencia y el interés nacional

Creo que conviene insistir en que, al igual que Bankia es sistémico para España, nuestra nación lo es para la Unión Monetaria Europea. Una nación que, por haber estado mal dirigida y mal gobernada, se enfrenta no a una crisis coyuntural más o menos larga y profunda sino a la tarea de reconstruir su Estado y su economía. Puede pensarse, al mirar arriba, que es mucho arroz para tan poco pollo, ypara los descreídos de lo público será chocante que esa tarea la tengan que capitanear el gobierno, éste u otro, y el resto de los poderes públicos, pero la falta de densidad de la sociedad civil y la inhibición probada del capitalismo castizo español lo hacen inevitable

Ya se que pensar en un Estado gestor, que esté dispuesto a poner la potencia de la mayoría de las entidades bancarias de su propiedad al servicio de una política crediticia adecuada a las necesidades del país, suscitará amplias reservas y hostilidad, sobre todo de aquellos que esperan beneficios de un hipotético desmantelamiento de sus competidores. Craso error, porque la puesta en almoneda de gran parte del sistema crediticio ahondará la depresión económica y perjudicará también a quienes se creen inmunes al desastre. Solo basta mirar lo que ha ocurrido estos días con las cotizaciones bursátiles de toda la banca española y con la prima de riesgo.

Hay momentos y circunstancias en los que los Estados tienen que ser sombrillas protectoras para la sociedad e instrumentos para superar trances críticos. Estamos en uno de ellos que, como decía recientemente la que fuera Ministra de Asuntos Exteriores, Ana de Palacio, se ha producido en parte por la ausencia de los Estados. No es una cuestión ideológica, es algo más: la defensa del interés nacional.


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