Res Pública

El porvenir de España: ¿Continuidad o ruptura?

A diferencia del debate político cuando murió el general Franco en 1975, centrado en la reforma o la ruptura, que se saldó con la victoria de la primera, lo que hoy se podría plantear en España, como hipótesis teórica, ante el agotamiento de la Transición es su continuidad a cualquier precio o la apertura de un proceso constituyente que nos devolviese la esperanza democrática y la fe en el futuro de la nación. Como digo, es un ejercicio teórico, porque en 1975 estaban perfectamente identificados los defensores de la reforma o de la ruptura; en cambio ahora el escenario es bastante turbio por la carencia de proyectos en uno u otro sentido: los partidarios de la continuidad tienen el poder, que no es poco, pero no se toman la molestia de decir cómo piensan afrontar la ruina de su régimen y los pocos o muchos que deseamos el cambio carecemos de medios y organizaciones, más allá del ejercicio de la libertad de expresión, para hacer crecer el debate y conseguir la masa crítica favorable. En un escenario así puede ocurrir cualquier cosa, por lo que hay que esforzarse en acotar las incertidumbres.

El bloqueo del régimen y la Tercera Restauración

Existe la impresión, más bien la certeza, de que los asuntos de España van de mal en peor. Hasta en la campaña electoral americana los dos candidatos presidenciales se han referido a la crisis española como ejemplo de mal hacer. En realidad, parece probado que el sistema español carece de resortes para hacer frente a sus problemas propios y sobrevenidos. Estos crecen como setas venenosas y sumergen al gobierno del país en una batidora incontrolada de la que no se sabe qué producto saldrá. Vamos, que no hay orden ni concierto, aunque se trate de justificar con la voracidad y la exigencia del día a día. Suele ser la excusa que ponen algunos responsables cuando se les comenta esta realidad turbadora. Y digo excusa, porque lo que subyace, en mi opinión, es la ausencia de programa o proyecto, aunque sea de mera supervivencia. Prevalece el presente, el eterno presente del que hablaba el filósofo López Aranguren, que impide vislumbrar el porvenir. Pero esa incapacidad no es reconocida, al menos en público, y el instinto de supervivencia les aconseja resistir con la confianza errónea de que estamos ante males pasajeros y no estructurales.

La continuidad que defienden tiene cimientos poco sólidos, salvo el de la argamasa del poder. Y este se está resquebrajando a causa, entre otras cosas, de los propósitos independentistas acaudillados por las burguesías catalana y vasca que han conseguido un amplio apoyo social. La perversión del lenguaje, que llama al independentismo soberanismo, expresa el vacío y no puede ocultar la marea. Se trata de la amenaza cierta a la continuidad sin más, lo que, probablemente, obligará al establisment a improvisar una operación de calafateado bajo el paraguas de la Monarquía y la potenciación del Príncipe de Asturias: procurarían mantener las pautas fundamentales del régimen, edulcorando con tintes confederales la separación de dos de las regiones más ricas de España. La operación, que podríamos definir como Tercera Restauración o Segunda Transición, se vendería como la panacea para ahorrar episodios de violencia que agravarían las penurias económicas de los españoles. En resumen, oxígeno para continuar instalados en la decadencia.

Los tabúes que frenan el proyecto constituyente

Cuando se levanta la vista de ésta realidad cercana, tan pobre y tan desesperanzada, que según el Rey “es para llorar”, y se otea el horizonte viene a nuestra mente lo que se suele hacer en los países democráticos y civilizados para buscar salidas a situaciones críticas, políticas o económicas. Normalmente se reforma el modelo e incluso se cambia por otro cuando el existente no da más de sí. Desde mi punto de vista, este es el caso de España, lacerada por dos crisis, la económica y la política e institucional. Y digo más: sin la resolución de la crisis política y constitucional no saldremos de la ciénaga económica. Creo que hay evidencias abundantes que avalan ésta tesis; sin embargo, todavía no ha calado la convicción del cambio ni en los núcleos dirigentes ni en los medios de opinión, a pesar de que las realidades política y económica son estremecedoras, con el paro rampante, y en las encuestas sociológicas se expresa un alto grado de disconformidad con el sistema.

La desinformación, el temor al vacío ¡como si ya no estuviéramos en él!, y el vértigo ante la aceleración histórica parecen impedir la consolidación de la propuesta constituyente para que España busque su acomodo democrático en las nuevas realidades derivadas del fracaso del régimen imperante durante los últimos treinta y cinco años. A lo más que se llega es a promover maniobras de distracción como la petición de un pintoresco referéndum o expresiones desvertebradas de reformas. Es verdad que se formulan propuestas de cambios, incluso se expresan voluntades constituyentes, pero hay dos tabúes que, a mi modo de ver, impiden cruzar el Rubicón en dirección al proceso constituyente: la revisión de las políticas impuestas por la Unión Monetaria y la abrogación de la Monarquía. Serían la versión actual de lo que Salustiano Olózaga llamaba los “obstáculos tradicionales” al progreso de España.

En relación con la Unión Monetaria, las alusiones a España de los dos candidatos a la presidencia americana deberían estimular a un gobierno serio español a plantear la revisión, solicitando el auxilio y el concurso de la gran potencia atlántica para salir del círculo de hierro de Berlín. Sobre la Monarquía española, no se trata de recordar sus fracasos históricos, incluyendo el actual, y su carácter anacrónico y antidemocrático, de lo que se trata ahora es que España, amenazada de disgregación, necesita una jefatura del Estado elegida directamente por los españoles, dotada de facultades precisas para contribuir al buen gobierno del país. Pero cualquier debate de ambos asuntos en los círculos de pensamiento se suele agostar, eludiendo las evidencias sociológicas y las insatisfacciones, todavía pacíficas, de la nación. Deben ser las inercias del poder y también la falta de organizaciones que apuesten por el cambio genuino. En ese terreno, tengo que reconocer que los independentistas van ganando la batalla de la imagen, porque intentan dar respuesta, aunque sea falsaria, a las inquietudes de sus regiones. A su modo, han cruzado el Rubicón y han roto los tabúes.

Hace un año, el que tiene Vozpopuli, inicié estas crónicas republicanas, que espero recopilar en breve, con el deseo y la esperanza de contribuir al debate sobre la mejora de nuestro país, cuyo agónico gobierno de entonces estaba en despedida. Ahora me gustaría ver un panorama distinto, pero, con los elementos de conocimiento y análisis de que dispongo, el proyecto del cambio democrático, regenerador y republicano no cuenta aún con suficientes valedores para promoverlo. Habrá que seguir insistiendo y esperar que surjan organizaciones que lo avalen, sin descartar que vaya a producirse: lo que me temo es que, cuando ocurra si ocurre, será después de muchos males añadidos que podrían ahorrarse si se aplicaran la razón y el sentido democrático para superar la triste realidad.


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