Res Pública

La perversión de la moción de censura en España

Los problemas que motivan la sesión parlamentaria de este jueves han sacado a relucir la moción de censura contra el Gobierno, instrumento prácticamente desconocido en la democracia española porque desde su creación fue desnaturalizado o pervertido: la censura es habitual en las democracias parlamentarias y nadie se sorprende de su uso por parte de las oposiciones, menos en España, donde se ha establecido una autolimitación del Parlamento, basada en el hecho del carácter constructivo que la Constitución otorga a la moción de censura. Con ello se ha extendido la especie, asumida por tirios y troyanos, de que la moción sólo es útil si tiene posibilidades de ser ganada por los que la presenten. Como se requieren un candidato y mayoría absoluta, los gobiernos, incluso minoritarios, no sólo no son censurados, sino que ni siquiera se molestan en utilizar la cuestión de confianza. Y así se soslayan las crisis políticas, entre la verborrea y la impotencia de las Cortes. Este jueves se comprobará y se reforzará el argumento para solicitar o exigir el cambio de escenario y de reglas de juego.

La censura constructiva constriñe al Parlamento

Las cautelas y prevenciones que rodearon el otorgamiento de la Constitución de 1978 tienen uno de sus exponentes principales en la regulación de la moción de censura al Gobierno: con la manida excusa, llena de resabios franquistas, de la estabilidad gubernamental se importó de la Constitución alemana, conocida como Ley Fundamental de Bonn, la institución de la censura constructiva que obliga a quienes la presenten a incluir en la misma un candidato y un programa alternativo al del gobierno que se censura. En Alemania se hizo así, bajo la tutela de los aliados, para evitar las experiencias de la República de Weimar, cuya inestabilidad estuvo en el origen del nacionalsocialismo, pero en el modelo constitucional español, que establecía un bipartidismo levemente corregido, no se justificaba, a mi juicio, despojar al Parlamento del sistema tradicional de la censura que consiste en censurar al Gobierno y, si la mayoría lo aprueba, éste dimite y el jefe del Estado, tras las consultas de rigor, encarga formar gobierno al dimisionario o a otro candidato. No obstante las limitaciones, la censura al Gobierno es posible y deseable, dejando aparte que se gane o no.

Pero desde que se hizo la primera moción de censura contra el Gobierno de Suárez, en la primavera de 1980, que se perdió parlamentariamente, aunque se ganó políticamente, como quedó demostrado más tarde con la abrumadora victoria del PSOE en octubre de 1982, ha habido una tendencia muy restrictiva en relación con la censura a los diferentes gobiernos, bien por desidia o por falta de ambición, ignorándose que lo principal es censurar, cuando hay razones para ello, y lo accesorio todo lo demás, incluido el engorroso trámite para presentarla. Es claro que las malas prácticas parlamentarias han sido dañinas para el Parlamento y han facilitado la creación de un pseudo presidencialismo, que tiende a desnaturalizar las funciones genuinas de las Cortes. Cuando éstas quieren recuperar su papel se encuentran constreñidas por la rigidez constitucional y por el desdén del Ejecutivo. Esas son las circunstancias que rodean la sesión parlamentaria, mejor migaja parlamentaria, que han forzado las oposiciones.

Sin censura se desvanece la esperanza

A pesar de las limitaciones y del pseudo presidencialismo, conviene insistir en que es posible la censura siempre que la firmen 35 diputados, por lo que no parece lógico negarla de plano como ha venido ocurriendo. En tal sentido, merece atención la propuesta que formuló UPyD para que los grupos parlamentarios negociaran la presentación de la moción de censura con su correspondiente candidato para, en su caso, desalojar al Gobierno y convocar a la apertura de un proceso constituyente para cambiar y ordenar todo aquello que ha esclerotizado el sistema y está poniendo en riesgo la viabilidad de la democracia en España. Porque no cabe engañarse, sin cambiar las reglas de juego y las leyes electorales, cualquier iniciativa, como le ha ocurrido a la de UPyD, se estrella contra el muro construido por los que ven peligrar tantos años de poder y de privilegios.

Me imagino que los partidos políticos presentes en las Cortes son conscientes del “entusiasmo” que despiertan en la sociedad; por eso resulta raro y poco práctico que no preconicen con energía el cambio de unas reglas que les niegan o dificultan su labor de control al Gobierno. Para ello tienen que volcar toda su fuerza, censura incluida, para resquebrajar los muros de cartón piedra de la dictadura de lo políticamente correcto, aunque me temo que ese mensaje de cambio carece de caudal en la Carrera de San Jerónimo y que la sesión parlamentaria de este jueves, sin mediar la censura, no contribuirá a devolver la confianza perdida.


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