Res Pública

La pelota volverá al Rey

Es lo previsible si finalmente naufraga la investidura y el Congreso de los Diputados, a través de su presidente, devuelve el balón a la Casa Real. En ese supuesto, el encargo a Sánchez quedará decaído, de acuerdo con la Constitución, artículo 99 apartados 4 y 5, y con los usos parlamentarios, correspondiendo al Rey renovarlo, explorar otras candidaturas o, simplemente, dejar transcurrir los plazos. Será la primera vez que ocurra y desconocemos las razones por las que el Monarca hizo un encargo con tan escasas garantías de éxito, salvo que el mismo tuviera un mero carácter instrumental para que pudieran correr los plazos hasta unas nuevas elecciones. Al no haber explicaciones, sólo cabe elucubrar.

Como las consultas fueron opacas por parte de los partidos y de la Casa Real, salvo en el caso de Podemos que sí hizo público lo que le dijo al Rey, no sabemos si este rectificará y a partir de la próxima semana contaremos con elementos de juicio para valorar las decisiones pueda adoptar la Jefatura del Estado. En democracia, cuantas más explicaciones mejor para todos, porque parece claro que el intento fallido menoscaba el crédito de las instituciones implicadas, Corona y Congreso de los Diputados, ante la perplejidad fundada del pueblo español que podría transformarse en desafecto a los valores democráticos. Sería la peor consecuencia de la falta de transparencia y de las marrullerías de unos y otros.

Los dos meses transcurridos se han caracterizado por el intento de repetir el guion y las conductas que fueron pulverizados en las urnas de diciembre

El viejo guion y las mismas conductas

La realidad es que los dos meses transcurridos se han caracterizado por el intento de repetir el guion y las conductas que fueron pulverizados en las urnas de diciembre. Antes de aquellos comicios se alardeaba de que se iban a producir cambios, pero, llegado el momento, se optó por actuar como siempre: los partidos dinásticos y sus decrépitos líderes se enrocaron en las desavenencias, más aparentes que reales, dicho sea de paso, y escribieron la partitura institucional para castigarnos con un proceso de investidura a la vieja usanza, consultas regias opacas con un perfil bajo del Jefe del Estado en las mismas. Pero ese experimento en una situación como la española de hoy tenía pocos visos de prosperar y de hecho puede que se derrumbe a finales de semana como pasaba con las pruebas de los primeros globos aerostáticos. Nadie sabe cómo se administrará el fracaso, ni siquiera los autores del ingenio y, por tanto, asistiremos a un nuevo impasse hasta que se intente probar fortuna con otra candidatura o, simplemente, se deje transcurrir la primavera sin que las Cortes legislen, que podrían y deberían hacerlo de acuerdo con lo establecido en el artículo 87-1 de la Constitución, y que el Gobierno en funciones vaya flotando sobre las inercias, todo ello adornado con un festival de declaraciones y de lugares comunes, con alguna que otra opinión procedente de Bruselas, para rellenar noticiarios y periódicos.

Ante un panorama así, parece que iremos a elecciones y la cuestión es preguntarse si a ellas se presentarán los chamuscados en la farsa o, por instinto de conservación, sus partidos decidirán renovar personal y programas. Me temo que es pedir demasiado a quienes siguen desenvolviéndose en la espuma de la liviandad política e ignoran de forma notoria los problemas que impiden un mejor futuro para España: la deuda, el paro y la atomización de los poderes públicos, amén de las políticas provenientes de la gris Bruselas. En el documento que sirve de base al candidato y en su propio discurso están las pruebas de lo que afirmo, porque supongo que nadie creerá que el problema territorial consiste en suprimir o cambiar de nombre a las diputaciones provinciales y negar la existencia de la cuestión catalana, por citar lo más relevante. Lo demás, hojarasca cansina como es costumbre.

El peligro es que germine la idea de la obsolescencia de la política democrática y de la esterilidad de las elecciones con actores e instituciones semejantes

Elecciones con otra ley electoral

Ya se está demostrando lo complicado que resulta romper los corsés que impiden la salida de la crisis española y se siente la tentación de afirmar que esto no da más de sí. Y eso sería cierto si sólo se pone el foco en los actores de la obra de teatro que estamos presenciando: la Monarquía, cuyos valedores y aduladores le niegan margen de maniobra, poniendo así de manifiesto lo que cabe esperar de una institución anacrónica sin legitimidad democrática y, por otra parte, las Cortes Generales que no están precisamente nutridas con los mejores perfiles de la sociedad española. Una sociedad mucho más rica, dinámica y prometedora que los que aspiran a gobernarla. Son las contradicciones de un régimen político desbordado por la realidad y enredado en sus miserias. El peligro de ello es que germine la idea de la obsolescencia de la política democrática y de la esterilidad de las elecciones con actores e instituciones semejantes.

Algo de eso es lo que se trasluce cuando se oyen o se leen opiniones hostiles acerca de unas nuevas elecciones dado el bloqueo existente. Sin que sea lo deseable, es la única opción democrática para intentar romperlo, aunque sería conveniente ir a las mismas con algunos cambios de las normas electorales, aprobados por iniciativa de las Cortes en pleno uso de sus competencias. Así podrían abrirse las puertas a un escenario diferente que permita enfrentar en serio la aluminosis que padece el modelo político e institucional español. Es lo menos que se puede pedir a los representantes elegidos el 20D.


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