Res Pública

Los partidos ya no son lo que eran

Una de las cosas que va cambiando aceleradamente es la percepción que se tenía de los partidos políticos: durante más de treinta años han sido una especie protegida por la Constitución y, al amparo de sus preceptos, se habían transformado en la partidocracia con ribetes autoritarios y cesaristas en el interior de las propias organizaciones, que hemos sufrido largo tiempo. Eran las épocas de la frase lapidaria, “el que se mueve no sale en la foto”, que, con su apariencia de chanza, desvelaba la desconfianza profunda hacia las prácticas democráticas. No digo que en el desierto español de los años 70 y primeros 80 no estuviera justificada la prevención sobre cómo debían restaurarse los partidos políticos, tras la larga sequía de los mismos y la falta de experiencia democrática de los españoles. Pero aquella prevención tuvo efectos perversos y dañó el objetivo fundamental de los partidos que es ser instrumentos abiertos de participación y ordenación de la política en democracia. Y como han fallado estrepitosamente, y algunos se han corrompido también descaradamente, ahora se encuentran en entredicho, cosa que es peligrosa para la libertad. Por su parte, dentro de las propias organizaciones, los pocos afiliados que participan de la vida orgánica ya no tragan con facilidad las decisiones que les suenan a imposición. Lo del PSOE de Madrid es un ejemplo, pero no el único. Impensable hace poco tiempo.

Cualquiera que se incorpore al juego político ya debe saber que las viejas prácticas están arrumbadas y que, probablemente, desaparecerán por entero junto con el sistema de partidos actual

Partidos y sindicatos esenciales para la democracia

Lo primero que hay que subrayar es que sin partidos políticos y sin sindicatos no se puede hablar con propiedad de la existencia de un sistema democrático. Esto conviene tenerlo claro, a pesar de las experiencias tan poco edificantes que nos han proporcionado los unos y los otros en estos años. La consecuencia positiva de lo vivido es que podemos estar curados de espanto y que cualquiera que se incorpore al juego político ya debe saber que las viejas prácticas están arrumbadas y que, probablemente, desaparecerán por entero junto con el sistema de partidos actual. Un sistema que está en trance de disolución, aunque no se sabe cómo será el nuevo y qué agentes se incorporarán al mismo, porque el sentido asociativo de los españoles no ha crecido como debiera durante las décadas democráticas. También es verdad que nadie se ha preocupado de ello, porque resultaba más ventajoso mantener una cierta endogamia en las organizaciones políticas, que proporcionaba confianza y seguridad a sus jefes.

Todo el aparato legislativo, empezando por la Constitución, ha protegido a los partidos y sindicatos, mejor dicho, a los dirigentes de los mismos. El objetivo era dotar de autoridad a las direcciones primitivas, después de las legalizaciones de 1977, para conseguir la consolidación del sistema e irlo abriendo paulatinamente. Por eso la ley electoral, que trae causa de un Decreto de 1977, es la que es. Lo que pasa es que han cambiado en España muchas cosas menos las referidas a los partidos, con sus listas cerradas y bloqueadas y el mandato imperativo en las Cortes, y ahora todo se puede ir al traste como las casetas de la feria una vez terminados los festejos. Aquí no ha habido festejos, han sucedido cosas peores y veremos cómo se digieren sin sobresaltos las amargas despedidas, que vaticinan los augures, de tantos barones y líderes de cartón piedra, con sus mesnadas correspondientes. El espectáculo promete y no me cabe duda de que muchos lo esperan con regocijo, pero los afectados no darán facilidades, aunque parezcan tigres de papel.

Hay prisa, y se nota: los mensajes bullen y la liviandad crece más de lo debido. Son las consecuencias del desmoronamiento acelerado de los partidos dominantes y de la escasa experiencia política de gran parte del electorado

Lo nuevo deberá ser distinto pero no se sabe

Es pronto para saber cómo se desenvolverán las fuerzas emergentes en la derecha y la izquierda, porque las inercias en los comportamientos pesan tanto que pueden condicionar la revisión certera del sistema de partidos, aunque es verdad que el mundo ha cambiado y que las redes sociales se han convertido en un instrumento poderosísimo para transmitir mensajes y captar seguidores. No obstante, estamos en una fase primaria de construcción de alternativas, por mucho que los procesos electorales las estén acelerando tanto en la izquierda como en la derecha. Hay prisa, y se nota: los mensajes bullen y la liviandad crece más de lo debido. Son las consecuencias del desmoronamiento acelerado de los partidos dominantes y de la escasa experiencia política de gran parte del electorado, que había confiado ciegamente en ellos y que ahora se encuentra desnudo en una intemperie bastante desolada.

La aceleración histórica es un hecho en todos los órdenes, el español y el internacional, y la emulación o el puro mimetismo abundan en la política y en la economía. Son fenómenos que prenden con mayor facilidad en sociedades con niveles educativos y cívicos poco desarrollados. España es una de ellas y por eso oímos discursos y propuestas tan variopintas como trasladar aquí los modelos del otro lado del Atlántico, me refiero a los Estados Unidos de Norteamérica, o el modelo danés de la envidiada Escandinavia. Sin duda, son ejemplos a seguir, pero no olvidemos que en el Ruedo Ibérico no hay americanos ni daneses, sino 47 millones de españoles con sus vicios y virtudes, que lo están pasando mal y que piden un poco de buena administración y algunas certidumbres para su porvenir. Y lo quieren ya, para poder pensar con sosiego en proyectos de mayor alcance.


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