Res Pública

Los mercados llaman al fascismo

El vendaval financiero, y todo lo que le acompaña, va deprimiendo las economías europeas y erosionando sus instituciones democráticas. Se siembra con ello la zozobra y la inquietud de los ciudadanos y votantes, que se sienten indefensos y ninguneados por sus propios gobiernos, que dicen obedecer órdenes de fuera. La caída de sucesivos gobiernos europeos a lo largo de este año, unos por iniciativa autóctona y otros por claro mandato exterior, que son sustituidos por gabinetes más maleables o “técnicos”, se ha convertido en norma. Esta versión financiera de la vieja diplomacia de la cañonera nos indica que estamos ante un proceso de degradación democrática que no traerá nada bueno a Europa. Por eso, resulta sorprendente observar la naturalidad y la ligereza con la que se está viviendo el fenómeno, que va desde la indiferencia al alborozo, como si se estuviera radiando o presenciando un partido de fútbol. Los países se han convertido en fichas de un dominó que se nutre del saqueo.

Los recientes casos de Grecia e Italia expresan los males que aquejan a la política europea, con independencia de las simpatías o antipatías que despierten los gobiernos de esos dos países. En mi opinión, es una de las consecuencias de la pérdida excesiva de autonomía de los Estados sin tener clara la alternativa a dicha pérdida, como se está comprobando. Si además se ha hecho entrega del poder a unas instituciones, las europeas, encorsetadas por la burocracia y alejadas de los intereses de los pueblos, la cosecha es una suma de incapacidad y de desconcierto. Eso es lo que perciben los mercados y lo que los estimula para seguir golpeando las zonas débiles de la UE que, a este paso, serán todas. Y ese es el temor de Francia y de Alemania, claramente sobrepasados por un experimento, la Unión Monetaria, que los puede devorar. A los demás, incluidos nosotros los españoles, ya casi nos ha devorado.

Conviene recordar que los países que forman la Unión Europea representan en conjunto el núcleo más desarrollado de Europa y también el más socializado, aunque con diferencias notables entre ellos. Pues bien, con motivo de los objetivos de saneamiento de las cuentas públicas acometidos en su día por los gobiernos europeos para alumbrar la unión monetaria, buque insignia de la construcción europea, se hizo almoneda de valores como el equilibrio y el bienestar social, amen de la propia seguridad, devaluando y desprestigiando al Estado y a las ideas benefactoras, en contraposición con el individualismo tecnocrático, patrocinado por el capitalismo financiero, que ha supuesto, en la práctica, el menosprecio de la política y el desamparo de amplias capas de la sociedad.

Los logros y avances obtenidos en Europa, sobre todo aquellos que han promovido el desarrollo de los países y regiones más deprimidos de la Unión Europea, no pueden justificar la abdicación apresurada de responsabilidades de los políticos nacionales, cuyo primer deber era y es atender a las necesidades de sus ciudadanos, además de velar porque el Estado cumpla con los objetivos fundamentales que están en el origen de su existencia: la libertad, la seguridad y la justicia. A esa dejación se ha añadido el error de ponerse en manos de un Leviatán financiero, los mercados, cuya ideología, aparentemente liberal pero en verdad totalitaria, puede provocar la reacción de todos aquellos que sufren sus efectos.

La historia nos enseña que los pueblos se rebelan, antes o después, contra lo que creen que está en el origen de sus desgracias, y lo que estamos viviendo no va a ser una excepción. El ir y venir de gobiernos, el colapso de las instituciones europeas y la actuación descarnada de los mercados financieros, son una bomba de relojería para la supervivencia de la democracia en Europa. Cada cesión ante los poderosos y cada recorte a los débiles preparan las tormentas sociales y políticas futuras.

Recordemos que precisamente Italia, que se sentía maltratada y humillada tras la Primera Guerra Mundial, fue, en los lejanos años veinte, la avanzada de los movimientos fascistas que arrasaron las democracias parlamentarias europeas de la época. Ahora, se dirá que eso no es posible. Así pensaban también nuestros antepasados antes de que sobrevinieran los cambios. En el caso de Italia, no olvidemos la debilidad de alternativas a la fuerza creciente de las ideologías de carácter nacionalista y populista del Norte del país. Con ligeras variantes, me temo que esas son las fuerzas que crecerán en Europa al calor del fracaso colectivo de quienes, liberal-conservadores y socialistas, han abandonado sus postulados y abierto el camino al avance totalitario.


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