Res Pública

De la mentira al insulto

La campaña de propaganda iniciada después del verano para frenar el deterioro político y remendar la paz social, no parece tener suficiente vigor para los autores y acompañantes de la misma y se ha empezado a recurrir a la brocha gorda del desprecio a la inteligencia o, directamente, a los insultos: en pocos días hemos oído las afirmaciones del ministro de Hacienda sobre el crecimiento de los salarios y la poca calidad del cine español; por su parte, la portavoz del Gobierno ha hecho una sobreactuación en materia de lucha contra el fraude y se le ha ido la mano en relación con las presuntas irregularidades de los parados. Ha habido protestas de los afectados y poca gallardía de los portavoces para asumir sus errores o justificar el porqué de los mismos. Es la arrogancia del poder a la que se nos va acostumbrando para que seamos sumisos y comulguemos con las ruedas de molino que van fabricando los genios del marketing político. Mucho humo y poca sustancia, a ver si cuela, y eso puede explicar los graves deslices que comentamos. No son nada para los que nos esperan, si la situación no remonta en los meses próximos.

La costumbre de la mentira

Deberíamos estar acostumbrándonos a este tipo de cosas, porque desde que la rueda de la fortuna dejó de girar, va para siete años, la política española se ha instalado en los subterfugios y las mentiras para cubrir su enorme vacío y la falta de previsión ante el hundimiento: primero fueron los gobiernos de Rodríguez Zapatero, de infausta memoria, empeñados en negar la existencia de los problemas hasta que al aludido le hicieron en Bruselas una oferta que no pudo rechazar y después el gobierno del PP, deseado por tantos que confiaban en sus planes y proyectos. Desgraciadamente no había nada, simplemente un suma y sigue de lo anterior, con mayor carga de lenguaje tecnocrático y más desparpajo para subir impuestos que les garantizasen el flujo de recursos mínimo para continuar en el camino a ninguna parte en el que andamos y sufrimos desde 2007. Nunca ha habido plan B ni C, porque ni siquiera había plan A: hemos flotado durante décadas en la vida y dulzura de las burbujas especulativas, sin prever un futuro distinto al del crédito fácil, que anegaba cualquier disposición para fortalecer la estructura productiva del país sobre bases más firmes.

Se dice que todo el mundo participó del engaño, lo que no deja de ser una verdad a medias para encubrir las responsabilidades más llamativas en el desastre. Estas han sido, a mi juicio, las de los gobernantes en amor y compaña con la pléyade empresarial y crediticia españolas, a la que se sumaron algunas cajas de ahorros dominadas por los primeros. Fue una gigantesca conjunción de intereses que, según parece, pasó desapercibida a los organismos obligados a velar por el buen funcionamiento del crédito y la trasparencia y seriedad de los mercados de valores. Como es notorio, ya se ha corrido un tupido velo y los autores principales, prácticamente indemnes, se aprestan a recorrer un camino nuevo en el seno de la economía de supervivencia en que se ha transformado la española. Un proyecto en el que se da por descontado que la bolsa del paro permanecerá prácticamente inalterada, junto con la pauperización de las clases medias. Aquello que se prometía de que nadie sería abandonado a su suerte es justo lo que no está sucediendo y lo que subyace debajo del ruido de la propaganda y de la mistificación: la vieja estampa de los que viajarán en primera, unos pocos, con un trasvase importante desde la segunda a la tercera.

La pérdida de la seguridad y de los derechos

Desconozco si la sociedad española se tragará sin rechistar el proyecto, por llamarlo de alguna manera, que se pretende ejecutar. Puede que inicialmente sí, porque la apisonadora del poder y de la comunicación dispone de una potencia enorme, pero eso no parece suficiente para restaurar el sentimiento de seguridad que necesita cualquier nación para vencer los obstáculos de su caminar, con la convicción de que está en la buena dirección. Frente a la propaganda oficial, la realidad es cada día más dura y destructiva: las empresas y negocios siguen desapareciendo, los ahorros de las familias van disminuyendo y el consumo, que antes representaba casi el 60% del PIB, sigue cayendo, como consecuencia del temor y de la inseguridad. Y con ese panorama, al ministro de Hacienda no se le ocurre otra cosa que denigrar a la industria del cine y a la portavoz del Gobierno cargar las tintas sobre los parados. No se si calibran la trascendencia corrosiva de sus declaraciones. Olvidan lo que decía Stefan Zweig, en sus Memorias de un europeo, al referirse a lo que había sido en materia de seguridad el Imperio Austro-Húngaro antes del cataclismo de la Gran Guerra, pronto hará un siglo: “sólo aquel que podía mirar al futuro sin preocupaciones gozaba con buen ánimo del presente”. Nada de eso hay aquí, sólo ligereza y mal estilo, para acentuar la oscuridad. Un verdadero oprobio.

Como he dicho en alguna ocasión, estamos sufriendo una guerra sin cañones que va devastando las zonas más débiles del continente europeo, y nosotros, recién llegados a los mínimos del bienestar, hemos sido emparedados entre la codicia y la incuria: los escasos derechos sociales, de los políticos ni hablo, se van pulverizando y se anuncia urbi et orbi que el derecho al trabajo pasa a convertirse en un privilegio que cientos de miles de los que han engrosado las listas del paro no alcanzarán. No lo digo yo, lo dicen las previsiones oficiales para los próximos años y los propagandistas de la recuperación pasan sobre ello, como si fuera un aspecto marginal del cuadro macroeconómico. Para ellos es agua pasada que, mientras no se revuelva, no moverá molino. Nadie pide milagros, pero hay derecho a exigir que no se abuse de la propaganda y, en ningún caso, se caiga en el insulto. En resumen, respeto para los dolientes.


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