Res Pública

El horizonte electoral: la izquierda (II)

Nunca como ahora las condiciones generales de España han sido tan propicias para plantear cambios: el modelo político y económico de los últimos treinta años ha quebrado y quienes lo dirigen no parecen acertar con la tecla que lo saque de su decrepitud. Sin embargo, en el mundo de la izquierda o el centroizquierda no se detectan proyectos integrales para enfrentar ésta circunstancia española que, a mi juicio, requiere unas cuantas ideas claras y pocos prejuicios, para que los que han tenido protagonismo realicen autocrítica y los nuevos superen las inercias de lo políticamente correcto, con el fin de alumbrar, entre todos, un proyecto de país atractivo, que suscite la adhesión de tantos millones de españoles que están disconformes con lo existente o, lo que es peor, que se sienten abandonados a su suerte como consecuencia de la reestructuración social derivada de los problemas de los últimos ocho años. Por supuesto, la antorcha de los cambios no es sólo patrimonio de la izquierda, pero, salvo que renazca el republicanismo azañista, cosa improbable en la España actual, la parte del león de las propuestas corresponderá a la izquierda que conocemos, PSOE, Podemos e Izquierda Unida.

La experiencia histórica nos enseña que los problemas del socialismo pueden influir, a veces de forma decisiva, en el porvenir democrático de España

La decadencia del PSOE condiciona todo

El PSOE ha sido la referencia de la izquierda española durante las etapas democráticas de la España del último siglo, lo fue en los años finales de la Restauración, siguió siéndolo en la Segunda República y lo ha sido en la Transición. Por eso, tanto sus aciertos como sus errores merecen análisis y consideración, porque la experiencia histórica nos enseña que los problemas del socialismo pueden influir, a veces de forma decisiva, en el porvenir democrático de España. Y en eso estamos, cuando vemos el grado de decadencia en se encuentra actualmente. Declive que ha abierto un agujero negro en el segmento del centro izquierda que tiene dificultades para enderezarse, a la vista de su evolución electoral. Es verdad que el resto de la socialdemocracia europea adolece de lo mismo, pero, en el caso español, la crisis del PSOE está trufada con el nacionalismo, que es un fenómeno autóctono con enorme relevancia en la política de la Transición. Lo que pasa en Cataluña es la demostración más clara de ello.

Frente a los que opinan que los problemas del PSOE provienen de la etapa de Rodríguez Zapatero creo que, sin negar la influencia de este último, aquellos vienen de más atrás. Para algunos historiadores y politólogos la primera piedra miliar de la decadencia fue la huelga general de diciembre de 1988 a la que siguieron las perturbaciones económicas de los años 1991/92 que agudizaron las desavenencias internas en el liderazgo del partido, provocando la salida de Alfonso Guerra del Gobierno de entonces. Con ello, Felipe González tuvo las manos libres para ejecutar en España las políticas europeas que tomaban cuerpo en la UE, cuyos fundamentos principales eran la desregulación y el debilitamiento del Estado como pieza clave para el desenvolvimiento de las políticas económicas y sociales. Al abrigo del Tratado de Maastricht, de febrero de 1992, empezó la larga marcha de la globalización y su acompañante el capitalismo financiero hacía el objetivo de convertir el espacio de la UE en el gran laboratorio europeo de la liberalización sin barreras. Los gobiernos socialdemócratas de la época, que dominaban en muchos países de la UE, se volcaron en predicar los evangelios neoliberales y arriaron sus banderas ideológicas en la creencia de que no eran adecuadas para los nuevos tiempos. Los resultados se comentan por sí solos.

Ahora el PSOE que, junto con el PP, ha sido artífice de las políticas, cuya cosecha negativa se está recogiendo, se enfrenta a mantener su liderazgo en el seno de la izquierda

Ahora el PSOE que, junto con el PP, ha sido artífice de las políticas, cuya cosecha negativa se está recogiendo, incrementada con un grado de corrupción ominoso, se enfrenta a mantener su liderazgo en el seno de la izquierda. Para ello ha cambiado a los dirigentes e intenta precisar un discurso renovador con el fin de recuperar el favor perdido durante años y años de olvido de principios y de sentido del Estado y de la moral pública, pero todo indica que su travesía del desierto aun será larga, sólo disimulada por algunos pactos electorales recientes, porque, desde mi punto de vista, no han calibrado el grado de desapego de sus electores y la escasa credibilidad que les otorga su falta de vigor para enfrentar la revisión de las políticas de la Unión Monetaria y la transformación en positivo de nuestro modelo estatal. Siguen presos de demasiados compromisos con el statu quo de lo que se conoce coloquialmente como los pactos del 78, que son medicina caducada para los problemas nacionales.

Podemos e Izquierda Unida comparsas en el declive

Aparentemente, Podemos nació para cubrir el inmenso agujero abierto por la decadencia del socialismo y ofrecer una alternativa tanto a los disconformes como a aquellos que normalmente no participan en las elecciones: su discurso pretendió actuar como revulsivo en la política española en general y en la izquierda en particular. El primer ensayo se produjo en las elecciones europeas de mayo de 2014, que eran un ámbito poco exigente e impreciso. Tuvieron un éxito inesperado, pero, según lo ocurrido después, da la impresión de que sus dirigentes han sido víctimas del miedo escénico y, también, ¿por qué no decirlo?, de sus carencias y servidumbres ideológicas para enhebrar un proyecto de transformación nacional en el que la educación, el mérito y la profundización democrática, así como el valor del Estado nacional, sean las bases de una partitura alejada de los tópicos del discurso de la izquierda tradicional. Su fracaso en Cataluña es prueba de ello y, si no se esfuerzan en cambiar, carecerán de importancia para promover los cambios que dicen querer.

Izquierda Unida, salvo en la etapa del liderazgo de Anguita, es la imagen pura de la crisis del comunismo español que se ha mostrado incapaz de salir del reducto político en el que quedó situado a partir de 1977. Su evolución electoral siempre estuvo condicionada por los crecimientos o disminuciones del PSOE, aunque sin la menor oportunidad de superarlo. Y creo que así lo tienen asumido: gozan de la fidelidad casi religiosa de un electorado que bascula entre el 5 y el 10% de los votos y que, por  razones generacionales, irá menguando. En cualquier caso, su papel en la política española carecerá de enjundia y no pasará de ser el testimonio de un mundo periclitado.

La corrupción política e ideológica han causado tantos estragos en España que, sin asumirlos y proponer un modelo de país diferente, será difícil despertar la ilusión

Desde mi punto de vista, esos son los mimbres con los que la izquierda española se apresta a comparecer en las elecciones generales. Como se dice vulgarmente, “con estos bueyes hay que arar”. Cada lector sacará sus conclusiones, la mía es que los problemas nacionales y la corrupción política e ideológica han causado tantos estragos en España que, sin asumirlos y proponer un modelo de país diferente, será difícil despertar la ilusión y el afán de participación de los ausentes.

No obstante, conviene mantener la esperanza y no caer en el pesimismo, sabiendo que las carencias actuales impulsarán la búsqueda de otras opciones democráticas, como ya ocurrió en anteriores etapas de nuestra historia. Me refería al principio al republicanismo azañista, o simplemente al neoazañismo, como posible inspirador de los cambios. Y nada mejor que terminar con unas palabras del político republicano con motivo de la crisis de la Restauración:

“Sería erróneo suponer que en el régimen constitu­cional de España solo han fracasado ciertos hombres, ciertos partidos y organiza­ciones. Han fracasado también, y sobre todo, ciertos métodos, hijos naturales de los consejos turbios y de las amalgamas imposi­bles. Tales métodos eran anteriores a los hombres mismos que los aplica­ban. Por eso no bastará quitar unas personas para que entren otras; habrá que restaurar en su pureza las doctrinas y acorazarse contra la transigencia. La intransigencia será el síntoma de la honradez (…) Nosotros creemos en la vitalidad del pueblo español y en sus futuros destinos, pero ha de buscar­los por rutas diametral­mente opuestas a las que ahora sigue".


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