Res Pública

En honor de Francia

El terrible suceso de los Alpes franceses obliga a reflexiones múltiples que van desde la seguridad en el transporte aéreo hasta la atención de las víctimas y sus allegados, sin dejar de lado el funcionamiento de los servicios públicos. Todo eso ha llenado las páginas de los periódicos y los noticiarios de radio y televisión, a veces de forma desmesurada, por lo menos en España; pero hoy quiero referirme a un hecho positivo que, al menos para los españoles, debería ser lección y ejemplo del funcionamiento del Estado y sus servicios públicos que es lo que ha demostrado Francia en el tratamiento del problema y la investigación del suceso, que parece ha sido un crimen horrendo a manos de una mente perturbada. Nuestro vecino del norte ha estado a la altura y ha dado una prueba concluyente del valor del servicio público frente a los que, cansina e injustamente, lo consideran obsoleto cuando no impropio de los Estados modernos en aras del enaltecimiento de lo privado como valor absoluto. 

La llegada de la crisis financiera, con sus secuelas de todo orden, nos ha recordado que los países con Estados débiles han sido presa de abusos y de componendas a la medida de actores privados

El discurso negador del Estado refutado en Francia

Durante décadas se ha expandido un discurso que niega a los Estados su papel capital en el ordenamiento de las naciones, incluso de aquellas que por su escaso nivel de desarrollo y por la pobreza de la iniciativa privada necesitan que lo público actúe como instrumento dinamizador del conjunto de la sociedad. En Europa ese planteamiento ha tomado carta de naturaleza de forma indiscriminada, aunque la llegada de la crisis financiera, con sus secuelas de todo orden, nos ha recordado que los países con Estados débiles han sido presa de abusos y de componendas a la medida de actores privados que no habrían tenido esas oportunidades en naciones estructuradas donde lo público conserva su valor y su dignidad. Ese es el caso de Francia, a la que, en el aspecto que  nos ocupa, conviene tener presente para refutar las mil y una simplezas que venimos oyendo los españoles, proclamadas desde tribunas varias, algunas procedentes de las zonas públicas o gubernamentales.

Francia es una república veterana y jacobina en la que, a pesar de su pérdida de influencia en la esfera continental, el Estado conserva un vigor envidiable y su sector público industrial se puede codear sin complejos con industrias privadas del propio país o de los mercados internacionales. Con todos los claroscuros que se quiera, se trata de un país que conserva aún resortes públicos importantes en los sectores estratégicos de su economía y no se recata de defenderlos ante propuestas privatizadoras que tienen escaso valor añadido para el conjunto de la sociedad; por eso, los gobernantes franceses se cuidan mucho de poner en almoneda una de las pocas cosas que conservan en medio de un ambiente de retroceso de los Estados.

Porque, aunque no se quiera reconocer, son los Estados nacionales los que, en última instancia, están apechando con las deudas y con las garantías de los empréstitos que están haciendo posible el mantenimiento de unos mínimos vitales para la población. En realidad, el denostado poder público es el que ha tenido que salir al paso de los desmanes creados por agentes privados que, a la hora de la verdad,  se muestran incapaces de contribuir a la salida de la crisis. Los ejemplos son numerosos en la Europa más castigada por la depresión, en la que España no es excepción, sino regla.

La respuesta de los poderes públicos de Francia, con el presidente de la República a la cabeza, ha sido ejemplar y eficaz

El débil Estado español tiene deberes pendientes para ser eficaz

La respuesta de los poderes públicos de Francia, con el presidente de la República a la cabeza, ha sido ejemplar y eficaz: la policía, el ejército y los servicios sanitarios, todos bajo la unidad de mando y de competencias han actuado satisfactoriamente y el broche lo ha puesto la Justicia, con la actuación enérgica y transparente del fiscal de Marsella. Con independencia de valoraciones futuras cuando terminen las labores de rescate, en la mente de todos quedarán estos primeros días de tragedia, enmarcados en un halo de atención a los ciudadanos que resulta envidiable para quienes sufrimos las consecuencias de un servicio público poco valorado y sumido en un bucle perverso de dispersión de competencias que lo convierten en ineficaz, a pesar del celo profesional de sus servidores.

Los españoles, que hemos sufrido un número de víctimas elevado en el presunto crimen de los Alpes, tenemos motivos para estar agradecidos a Francia y también para reflexionar sobre lo que supone tener un Estado eficaz al servicio de los ciudadanos y contribuyentes en estos tiempos en los que tanto se denigra el servicio público para justificar negocios privatizadores de dudoso interés para el bienestar general. Lo dicho, honor a Francia.


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