Res Pública

La gripe española y el mal negocio del euro

La utilización de los males de España por parte de dirigentes de otros países socios de la Eurozona nos recuerda el fenómeno de la llamada gripe española de 1918 durante la Primera Guerra Europea, que no era sólo española pero los países en guerra censuraban su existencia y únicamente en España, que era neutral, se daban noticias de la misma. Ahora ocurre algo parecido: la Unión Monetaria y el euro están de capa caída, por no decir a punto de derrumbe, y eso afecta a todos sus integrantes, empezando por el más poderoso, Alemania. Y, como ocurre casi siempre, estamos presenciando la escenificación del sálvese quien pueda, cuyo final nos podemos sospechar como no andemos listos. Sería, por ello, muy conveniente abrir un debate nacional sobre qué hacer con el mal negocio del euro y sopesar los pros y los contras de permanecer en él o de salir del mismo, procurando ignorar la jerga camelística que pretende encubrir un gran fracaso.

El evangelio de Bruselas

Creo que los cinco años que llevamos de problemas que, lejos de resolverse, se agudizan mes a  mes, justifican una reflexión seria sobre el alcance de los mismos y las posibilidades reales de mejora manteniendo las políticas depresivas a que nos obliga la permanencia en la eurozona. Para empezar, habría que despojarse del dogmatismo y de la mitología que se han construido alrededor del euro por quienes, fundamentalmente políticos y eurócratas, han montado una perfecta red de intereses mutuos, para evitar su puesta en cuestión. A diario observamos la displicencia casi inquisitorial con la que se despachan las dudas sobre la viabilidad de la moneda única: es, a mi juicio, la señal más evidente de la inseguridad que la rodea, acrecentada por el fracaso reiterado de las políticas instrumentadas para su defensa. Las pruebas más cercanas y más lacerantes las tenemos en dos países que han sido rescatados a mayor gloria de la estabilidad del euro, Grecia y Portugal.

Los caminos de la miseria

Hace ahora dos años se produjo el primer rescate de Grecia y ¿cuál es el resultado de lo acontecido en éste tiempo?: un Estado destruido, una sociedad indignada y una economía sumida en la depresión. El PIB de Grecia ha caído 6 puntos en 2011 y sigue cayendo.  No es extraño que los responsables del desaguisado recelen de las elecciones; por eso se permiten afirmar, ante la convocatoria de las mismas para el 6 de mayo, que existen unos compromisos que limitan el margen de maniobra del gobierno que pudieran elegir los griegos. Vamos, que si los griegos intentan algo diferente, su voluntad será ignorada para preservar el status quo. Un mensaje demoledor,  porque su crudeza antidemocrática es a cambio de nada: el país debe seguir caminando hacia la pobreza y la exclusión social para purgar sus culpas y servir de laboratorio para otras experiencias. Se podrá matizar lo que se quiera y se podrán poner de manifiesto los despilfarros y las corrupciones que llevaron a Grecia al rescate, pero todo eso no justifica el estado de cosas actual y la arrogancia inmisericorde ejercida para no obtener mejora alguna.

Portugal, rescatada con posterioridad, sigue un camino análogo: la depresión avanza, los últimos datos de su PIB lo confirman, el caudal emigratorio hacia las antiguas colonias, Angola y Mozambique, aumenta y las expectativas de mejora ni se vislumbran. Y se trata de un país en el que España tiene importante intereses, que se ven afectados negativamente por lo que allí suceda. Con independencia de ello, que puede parecer prosaico y nada más lejos de mi ánimo que quedarme ahí, tanto Grecia como Portugal, también España, son ejemplos de adonde llevó la expansión crediticia de los primeros siete años del euro y de la incapacidad demostrada hasta el momento para corregir los daños causados. Porque no creo que se pueda entender por corrección estimular la miseria social y destruir las instituciones democráticas. Si esas son las propuestas de la eurozona para salir de la crisis, hay que tentarse la ropa.

En mi hambre mando yo

Cualquier debate requiere operar con datos para construir un proyecto que, en éste caso, perseguiría la búsqueda de salidas a una situación difícil, que requiere disponer de todos los instrumentos necesarios para superarla. Tanto la permanencia en el euro como su abandono son asuntos que obligan a cavilar, sobre todo a los dirigentes políticos y económicos de nuestro país, sin descartar una consulta a los españoles sobre el camino a seguir. De ahí, la importancia de un debate que parece necesario y urgente. Cuando vienen mal dadas hay que poner en tela de juicio todo, porque lo único incuestionable es la muerte.

Ya sabemos las resistencias que existen para debatir en la España de la Corte de los Milagros ésta u otras cuestiones; pero alguna vez habrá que empezar. Los años pasan, la inquietud aumenta, la depresión se ahonda y cuando se pregunta se suele obtener por respuesta que quedan años, bastantes, para estabilizarse en la mera supervivencia, y que tiene que ser así porque hemos perdido nuestra soberanía. Se amenaza, de forma pueril y vergonzante, con que pueden venir otros señores peores Ahí termina el discurso ante el que se predica la resignación y la comprensión, la versión secular del Dios se lo pagará.

Recuperar la soberanía es complicado, y esa es la otra parte del debate, pero no imposible. Por eso interesa conocer si esta opción, con todas sus dificultades, nos permitiría salir antes de la incertidumbre y arrostrar con mayor soltura los desafíos de desprendernos del mal negocio del euro. Podríamos tomar nuevos rumbos sin las limitaciones de aquel, haciendo los cambios y sacrificios necesarios, con templanza no exenta de energía, para dar vigor al país, no para hundirlo en la pobreza, que es lo único que ahora se ofrece. Al fin y al cabo, si de administrar penurias se trata, podríamos recordar la frase del campesino cuando le decía a su señorito en mi hambre mando yo. Mientras no nos encaremos con el dilema, continuaremos subiendo al Gólgota griego o portugués, sin esperanza de redención alguna.


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