Res Pública

Por fin llegaron las lluvias

En medio de la vorágine política y financiera que, en mi opinión, encubre un saqueo organizado de bienes y derechos de la mayoría de la población con la aquiescencia culpable de las minorías dirigentes, estos días de Semana Santa nos han traído las lluvias: son un bálsamo bienhechor y esperanzado para un país que está purgando excesos propios y ajenos, y que intuye que todavía seguirá oyendo excusas y sandeces de quienes tratan de justificar su falta de capacidad para ordenar la nación. Por lo menos entre esas excusas ya no podrá figurar la de la pertinaz sequía, tan al uso en otros tiempos ominosos de España. Y además, habrá un sector de nuestra economía, el agropecuario, que recibirá un respiro que otros sectores, que no dependen del cielo, ni vislumbran. Por algo se empieza, y debemos alegrarnos de que así sea. Ojala sea el anuncio de tiempos mejores.

Los casi cinco años transcurridos desde el aciago verano de 2007 en el que quedó al descubierto nuestra farsa no hemos salido del asombro: aparecemos inermes y convertidos en espectadores asaltados y esquilmados por los responsables de la gran estafa, que continúan haciendo y deshaciendo a su antojo y, lo que es peor, tratando de dar lecciones de moral y de gobierno, ahora los cursis dicen gobernanza, urbi et orbe. Con ese trajín, el tiempo atmosférico había pasado a un segundo plano y no habíamos caído en la cuenta de que en ésta España del sol también necesitamos un poco de lluvia para no darlo todo por perdido. Ahora las nubes, tan poco queridas por Max Estrella, protagonista de Luces de Bohemia, cuando decía ¿qué sería de éste corral nublado?, deberían suponer una inyección de optimismo para afrontar los meses venideros. Meses que, según dicen los enterados y los ministros, no traerán nada bueno. Espero que se equivoquen y que, además de las lluvias, se produzca la ira de los justos contra el desvarío imperante.

La marea totalitaria de los mercados

En Europa se esta librando una batalla que, con la excusa de la crisis financiera, persigue la destrucción de la democracia: los gobiernos nacionales son títeres a la orden de fuerzas y principios ajenos al control democrático, y aquellos que se resisten son sustituidos por los llamados gobiernos de tecnócratas, con el aplauso irresponsable de gran parte de los medios de opinión. Los parlamentos se han transmutado en meros aprobadores de Decretos-Leyes, como estamos comprobando en España desde hace dos años, demostrando su falta de autenticidad y de control democrático. Los responsables públicos domésticos y europeos proponen recortes al tiempo que piden perdón por sus consecuencias, confesando su impotencia para enfrentar el presente y prever el futuro. Es una espiral de despropósitos que parece no tener fin. ¿Alguien piensa que saldrá algo bueno de todo esto? Si alguien lo cree esta en la luna.

Los ciudadanos y electores han quedado convertidos en víctimas de la corrupción y del descrédito de las instituciones democráticas. De momento, parece que los nuevos poderes de corte totalitario, los llamados mercados, van ganando la batalla, gracias a amplias complicidades políticas y financieras en las instituciones europeas y en los gobiernos. Repásense las biografías de los gurús protagonistas. Pero no es descartable que se produzcan reacciones que impidan su victoria. Y surgirán probablemente en aquellos países cuyos Estado nacionales gocen de la fortaleza democrática suficiente para ello, porque muchos no deseamos que la arrogancia y el cinismo se prolonguen hasta el punto de provocar reacciones autoritarias de recuerdos tan amargos para todos los europeos. No obstante, cualquier cosa puede suceder, porque la evidencia más desoladora es que los gobiernos han abdicado, de grado o por fuerza, de sus responsabilidades para con las personas.

La indefensión de España

España participa en esta batalla con el protagonismo que le da ser miembro de la Unión Europea y tener el triste honor de ser uno de los países que padece la crisis económica y financiera más importante y más amenazadora para la supervivencia del propio proyecto europeo. Y eso se produce en unas condiciones penosas: nuestro Estado es débil, carece de proyecto nacional y se encuentra sometido a la presión externa de los acreedores y de las propias instituciones europeas, y a la interna que se deriva de la aguda fragmentación del poder público. En tales condiciones, como se dice coloquialmente con una mano o las dos atadas a la espalda, resulta suicida afrontar la batalla, que será larga y dura. Estos días se recrudecen los ataques y seguimos apurando el cáliz de la codicia sin freno de los mercaderes contemporáneos. Los portavoces oficiales balbucean y no se lo explican. ¡Que ingenuos o desprevenidos los gobernantes que esperaban la templanza de los codiciosos.

Pero no se trata hoy de empañar la alegría por la llegada de las lluvias; al contrario, las aguas bienhechoras deben ser un estímulo para que los débiles arroyos de la conciencia ciudadana se vayan fortaleciendo para apoyar otras políticas y otros liderazgos que, sin duda, aparecerán para conjurar las amenazas de la sinrazón y del saqueo. Al fin y al cabo, el republicano Abril siempre nos recuerda fulgores de esperanza.


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