Res Pública

Los españoles aceptan las medidas y se aguantan, palabra de banquero

Me ha llamado la atención la expresión que da título al comentario. Según se ha  publicado, corresponde a un importante banquero de nuestro país en la última reunión del G-20 en Méjico. Lo ha dicho cuando alguien manifestaba su preocupación acerca de la reacción social ante los recortes sociales y subidas de impuestos promovidos por el nuevo gobierno: el banquero pretendía tranquilizar al auditorio, afirmando “no se preocupen, los españoles aceptan las medidas y se aguantan” El tono puede interpretarse como un intento de quitar hierro a las preocupaciones, recurriendo a la manida expresión de la “madurez del pueblo español”, o también como un recordatorio del escaso aprecio hacia los españoles por parte de sus elites dirigentes. La realidad es que tanto una interpretación como otra denotan el grado de desfondamiento imperante en la sociedad y la relativa facilidad con la que, si llega el caso, se podría recurrir a actuaciones expeditivas para conjurar cualquier intento de alteración social. La máquina de la propaganda se va engrasando al socaire de las primeras protestas.

Tranquilidad viene de tranca

En 35 años la sociedad española ha evolucionado hacia un modelo social pacífico y poco exigente, en términos civiles y políticos, inspirado y tutelado por un sistema que velaba por mantener el poder en las manos de siempre, sin necesidad de sostener o recurrir a los principios autoritarios de la etapa anterior: ha sido un tiempo de exaltación de los valores democráticos y del pluralismo, si bien es verdad que la traducción práctica de tales proclamas ha dejado bastante que desear. Las quejas y lamentos sobre la ausencia de la separación de poderes, sobre el ejercicio del poder por partidos escasamente democráticos y sobre la apropiación del Estado por parte de las clases dirigentes, políticas y financieras, representan un memorial de agravios constante sobre la pobreza de la democracia española. Decía Dom Bosco, fundador de los Salesianos, que “al final de la vida se recoge el fruto de las buenas obras”; yo añado desde la política, también de las malas, en éste caso de años de mal gobierno en España.

La labor de ingeniería social que ha permitido lo anterior se ha fundamentado en algo tan tosco y prosaico como la mera consecución del bienestar económico. Pero no de un bienestar producto de la transformación económica y del desarrollo educativo del país, sino de un mero crecimiento a caballo del endeudamiento fácil y de la especulación financiera. Entre otras cosas, ese modus operandi ha permitido que los retrocesos salariales sobre el PIB de los pasados 15 años se hayan compensado con el espejismo de la expansión crediticia. Por eso, ahora surgen los problemas y la inquietud acerca de la respuesta de una sociedad desvalida que se encuentra, de repente, con la devaluación de sus activos, la pérdida del trabajo y la cancelación del crédito; y a esos males sobrevenidos se añade un esfuerzo fiscal significativo para mantener la estructura de un Estado hipertrófico, que aparece como el patio de Monipodio, cuyos beneficiarios no quieren cambiar. Se sigue clamando, con el mayor cinismo, contra la hipertrofia autonómica sin enfrentar su revisión. De la regeneración democrática, ni se habla.

Reaparece, por ello, el discurso olvidado, pero no desaparecido, del palo y tentetieso o el más castizo de tranquilidad viene de tranca, tan queridos del pensamiento autoritario español. Nadie parece desear que eso suceda, aunque las circunstancias muy adversas en lo económico combinadas con el instinto de conservación del sistema, o de su bunquerización lisa y llana, lo pueden hacer posible. Precisamente, creo que la respuesta de nuestro prócer bancario apunta en esa dirección, si el aguante que se presume no es suficiente.

Resistir no siempre es vencer    

Quienes dirigen el país, gobierno y grupos de poder, pueden errar el cálculo si piensan que la escasa densidad civil y política de la sociedad española les garantiza la inmunidad para ejecutar políticas muy depresivas en lo económico y lesivas socialmente, recurriendo, en su caso, al talismán del orden público para cercenar las protestas sociales. En mi opinión, no sería así, porque una sociedad pacífica y poco vertebrada, que ha perdido la memoria de las violencias políticas y sociales, se rebelaría contra su regreso. No hay más que ver lo sucedido en Valencia que, en otros momentos, no hubiera pasado de ser un incidente menor entre policías y manifestantes: la conmoción provocada nos indica que lo de más guardia civil es una vieja receta poco apta para el presente.

Este período de convulsión económica y de inanidad política no se supera con el principio conservador de que resistir es vencer. Numancia resistió y fue masacrada. Son, pues, aconsejables otras políticas para abordar, con inteligencia y con templanza, la revisión de todo aquello, ya sea público o privado, que impide desatascar el canal de la actividad y de la confianza. Pensar que esto se resuelve con unos cuantos cañonazos fiscales y más miseria y desesperanza para la mayoría, asumiendo los despropósitos de Bruselas donde a nuestro gobierno ya le pretenden aplicar la medicina Papandreu, es el camino franco para provocar la ira de los justos.


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