Res Pública

De encuestas no se vive pero dan que hablar

La publicación de encuestas, las del CIS y otras, suelen alterar el gallinero político, bastante agitado por las elecciones en ciernes. En cambio, alteran poco o casi nada a los sufridos españoles que ya no saben cómo expresar su hartazgo con todo lo que se mueve en la superestructura del país. Esto es precisamente lo que se desprende un mes tras otro de las famosas encuestas: más del 80% de los encuestados está insatisfecho y no espera nada mejor en el futuro cercano. Las consecuencias políticas de ese estado de ánimo son las que están por ver, porque nadie parece en condiciones de adivinar dónde irá el grueso de los votos, empezando por los encuestadores, que caminan a ciegas y que se limitan a pegar algún que otro tiro al aire, esperando que suene la flauta del acierto, lo que casi nunca ha ocurrido en España, por razón de nuestros miedos atávicos que no impiden los desahogos vehementes de barra de bar. A pesar de eso, los posibles afectados se alteran con las predicciones sin pararse a analizar el estado de ánimo de los encuestados para intentar mejorarlo. Tengo para mí que eso no va a cambiar y que debemos hacernos a la idea de que en los púlpitos políticos abundarán la brocha gorda y las expresiones simples y efectistas.

El modelo social español se ha conformado sobre la base de dar poca importancia a las obligaciones y derechos cívicos, estimulando el conformismo con las directrices del poder, lo que antes se llamaba franquismo sociológico

Modelo conformista y tutelado

El modelo social español se ha conformado sobre la base de dar poca importancia a las obligaciones y derechos cívicos, estimulando el conformismo con las directrices del poder, lo que antes se llamaba franquismo sociológico, reconvertido después en una suerte de tutela democrática sin ambición alguna en pro de construir una sociedad de hombres libres. Con ligeras variantes entre regiones, ese ha sido el modelo oficial y debe reconocerse que a sus hacedores les ha permitido un disfrute prolongado de dominación política y social que ahora, por causa de los abusos y del mal gobierno que han devenido en una grave crisis nacional, parece, sólo parece, en peligro de saltar por los aires. Igual que los creadores e impulsores de las burbujas financiera e inmobiliaria pensaban que éstas no tenían fin, los partidos tradicionales españoles creían que sus clientelas eran cautivas porque ellos disponían del monopolio de la oferta. No se podían imaginar que el sufrido pueblo español les diera la espalda y la verdad es que todavía contemplan la posibilidad de que eso no ocurra. Y puede que tengan razón. 

Si ha habido un mercado cerrado, ese ha sido el de la política española: oligopolio de oferta para una demanda básica y poco exigente. Mientras los horizontes se ensanchaban en todo lo demás, el sistema de partidos que emergió de las elecciones de junio de 1977 ha llegado hasta aquí prácticamente incólume. Por eso es fácil de entender que los dueños y empleados de esas empresas políticas, acomodados en la confianza y la falta de competencia, teman que cualquier cambio, por leve que sea, afecte a sus privilegios y a sus empleos. Creo que esa es la principal de las preocupaciones y la causa de que se altere el gallinero con las predicciones de los sociólogos, aunque estén hechas casi a ciegas. Nada que ver con algún tipo de preocupación por el horizonte a medio plazo de España y con el sentimiento de abandono ciudadano que se deduce de las encuestas.

Las corrupciones grandes o pequeñas no suelen causar aquí desgarros electorales significativos. Los desgarros los pueden causar los agujeros negros abiertos en la economía de las familias y de las empresas

El miedo al por si acaso

Los murmullos noticiosos y las elucubraciones sobre el por si acaso han pasado a convertirse en el pan nuestro de los medios de comunicación, inundados con las corrupciones de unos y de otros, incluidos los recién llegados al patio de Monipodio, para recordarnos que en él apenas cabe un solo justo, como si los españoles fueran tan ingenuos para creerse que, de repente, aparecería una legión de ciudadanos honrados y benéficos para redimirnos de los males ancestrales. Esos milagros no tienen cabida en el mundo prosaico de la política, y la inmensa mayoría lo sabe desde tiempo inmemorial. Las corrupciones grandes o pequeñas no suelen causar aquí desgarros electorales significativos. Los desgarros los pueden causar los agujeros negros abiertos en la economía de las familias y de las empresas. Por eso me imagino que amplios segmentos sociales observarán divertidos la sobreactuación de los políticos que piensan que los ciudadanos están pidiendo peras al olmo.

En líneas generales, el que más y el que menos saben de qué va todo esto y sobre todo saben de qué ha ido. Por tanto, el común de las gentes está hecho a la idea de que queda por atravesar un desierto largo, con maná escaso, y la duda es si mantener los mismos pastores o incorporar otros de refresco, a ver cómo se les da. Desde luego, las predicciones de las encuestas seguirán dando que hablar hasta que lleguen las pruebas concretas a partir de marzo en Andalucía. Lo que parece es que el Apocalipsis del que hablan algunos está lejano, allá por tierras de Ucrania, porque por aquí lo que puede esperarse es que las empresas políticas dominantes adelgacen en la misma medida en la que lo han hecho las empresas mercantiles por causa de la crisis. Si eso sirviera para reconstruir el tejido político español, podríamos felicitarnos.


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