Res Pública

Tras las elecciones: comienza la guerra falsa

Después de una semana de la celebración de las elecciones querría estar comentando los propósitos y los proyectos del nuevo gobierno, que habría tomado posesión o estaría a punto de tomarla. Vana ilusión. Estamos como en la que se llamó “la guerra falsa”, entre septiembre de 1939 y abril de 1940, fecha en la que Alemania abrió el frente occidental. Aquí ha habido elecciones, con un resultado inequívoco y contundente, pero, a pesar de la situación de España, ni el gobierno se marcha ni los que tienen que formar el nuevo parecen tener prisa en hacerlo. Todos invocan los reglamentos y los plazos. Los mismos que fueron capaces de reformar la Constitución en 48 horas son exquisitos con los términos de un sencillo Real Decreto, fácilmente modificable. No sé si será miedo escénico o el aturdimiento producido por la victoria y su escaso efecto entre los temidos mercados. En todo caso, más parálisis y más sangría para un país paciente y pacífico.

La consulta electoral, que venía siendo reclamada desde el fatídico mayo de 2010, se había convertido en un talismán que, bien utilizado como arma electoral, ha dado unos frutos cuantiosos para aquellos que han sostenido, no sin razón, que España no solo estaba, y lo está aun, mal gobernada, sino que, como consecuencia de ello, existía una pérdida de confianza en nuestro país que, probablemente, se restauraría con la llegada de nuevos gobernantes. Lo que sucede es que el mecanismo de restauración de la confianza no ha funcionado como algunos, llevados de cierto mesianismo, esperaban: se creía que con el solo resultado de las elecciones habría una disminución apreciable de la prima de riesgo, acompañada del saludo positivo de las bolsas de valores; y no ha sido así. De ahí, el desconcierto de tirios y troyanos y la pregunta ¿y ahora qué?

No vamos a ser tan pesimistas como para pensar que no hay confianza en que las cosas mejoren en España. A poco que se haga deben mejorar, pero, para ello, los que han pedido el apoyo de los españoles y la comprensión de los prestamistas, tienen que salir a campo abierto, con presteza y con decisión, para exponer sus propósitos inmediatos, que siguen siendo un arcano. Y no lo han hecho, con claro perjuicio para los intereses nacionales, sin tener en cuenta la situación de emergencia en que nos encontramos. Nadie autorizado ha explicado el por qué, salvo que se acepte como explicación el problema de los plazos reglamentarios. Esperamos que se subsane tamaño disparate y los días inmediatos permitan salir de la tierra de nadie de la parálisis y del vacío de poder, sabiendo, como sabemos, que el escenario es endiablado.

Mientras tanto, hemos vuelto al terreno bifronte de la política oficial y de la realidad. La primera, que merece toda la atención mediática, se resume en la crónica de las idas y venidas de los ministrables del partido ganador y de los avatares de los perdedores; asuntos ambos que se tratarán de estirar al máximo para no entrar en la realidad de un país huérfano y atemorizado, que espera ser convocado a la reconstrucción harto de recibir amenazas sobre los males que nos aguardan a la vuelta de la esquina, proferidas por las elites políticas y económicas, también académicas, que ignoran su gran parte de responsabilidad en los problemas creados. Eso sí, para aliviar decisiones futuras y aumentar la desconfianza, se produce el indulto de un banquero poderoso para recordarnos quienes tienen el poder. Cosas veredes.

De este tiempo de espera hay que extraer algunas lecciones: la primera y principal es que la crisis nacional se ha tratado solo como un problema de mal gobierno, que sin duda lo es también, sin pararse a pensar o a debatir que nos encontramos en el ocaso del régimen político que ha dominado España los últimos 35 años; la segunda es que este momento crítico español se produce en el contexto de una crisis europea de gran alcance, a la que ya me he referido en otros comentarios. Procuraré insistir en ello, de forma constructiva, sin caer en la simpleza de que el orden vigente en España y el propio orden europeo actual son permanentes e inalterables, como la vieja ley romana de las XII Tablas. Creo que se avecinan otros tiempos y otras políticas, que hay que procurar que sean mejores que lo que prometen las recetas de los que han fracasado y se niegan a reconocer su fracaso con la mayor de las desvergüenzas.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba