Res Pública

Entre el drama y la ópera bufa

El que creyera que lo había visto todo en la política española, descubrirá que estaba equivocado: los últimos días, a propósito de la situación de Cataluña, se han producido secuencias más propias de una ópera bufa que de un desenvolvimiento serio de las iniciativas relacionadas con los propósitos independentistas y la respuesta del Gobierno a los mismos. Los primeros han aprobado su Ley de Consultas que el Ejecutivo anuncia que recurrirá ante el Tribunal Constitucional para suspenderla. A partir de ello, se ha desencadenado toda una picaresca legal, parecida al filibusterismo parlamentario, consistente en apurar los plazos de publicación para mantener durante unos días la tensión.

Mientras, el gobierno, convencido de la ilegalidad, se tensiona expectante para alumbrar los recursos. Un juego por las alturas del poder público que indica lo que importan los problemas del país y cuánta energía se vuelca en discusiones legales y reglamentarias para escamotear la realidad disparatada que se ha fabricado en Cataluña, gracias a la vehemencia de los nacionalistas y la permisividad de los sucesivos gobiernos nacionales. Unos y otros conseguirán terminar hartando a sus parroquias, dejando expedito el campo para el que venda otro crecepelo diferente.

Artur Mas como Ulises el astuto

Hace mucho tiempo que lo de Cataluña se veía venir, porque el nacionalismo gobernante allí nunca ocultó sus propósitos de construir su propio Estado, aunque es verdad que, sin renunciar a ese objetivo, convivían confortablemente dentro de los pactos de 1978. Pero una serie de circunstancias, especialmente los problemas económicos y sociales de estos años, han hecho posible el impulso de la independencia como alternativa para escaparse de la crisis española. Desde hace dos años las cartas han sido puestas sobre la mesa y la bola de nieve no ha hecho más que crecer; sin embargo, la única respuesta ha sido dejar que siguiera creciendo con la esperanza de que se disolviera sola, cosa que no ha ocurrido, o zanjar su recorrido con resoluciones administrativas o sentencias. En ello parecen estar y el espectáculo está siendo inenarrable. Por supuesto, muy atractivo para juristas y constitucionalistas, pero absolutamente lamentable para las gentes normales, con problemas mil, que no entienden a qué se dedican sus gobernantes.

El presidente de la Generalidad se nos descuelga como una especie de Ulises, el astuto, en su lucha contra Polifemo, haciéndole luz de gas al Gobierno sobre la publicación de las normas de la discordia. El Gobierno sigue en plan de observador y a lo sumo reconviene al presidente díscolo porque le va trastocando su agenda e impidiéndole dedicar más horas al análisis de la prospectiva electoral que es, a estas alturas, lo que parece importar a todos los actores de la trama.

Los grandes medios de comunicación, que están tan confundidos como los gobernantes, no saben a qué carta quedarse y muchos adoptan la posición de estar retransmitiendo un partido de tenis o de ping pong; otros, en cambio, se desentienden del asunto y se centran en Esperanza Aguirre y su multa de la Gran Vía. Para aderezar el guiso, se salpimenta con unas gotas de Podemos, una ración de federalismo curalotodo y, si viene al caso, se comentan las penas de Gallardón que por fin ha dimitido. Otro que huye de la quema.

Los gobernantes en sus asuntos

Mientras, los parados ¿qué tal?, las empresas luchando por las ventas y por el crédito en medio de una fiscalidad agobiante, la educación emprendiendo su enésima reforma y la sanidad manteniendo el tipo, gracias a la profesionalidad del personal sanitario y a pesar de tanto depredador que aletea alrededor de ella. Desde el BCE llegan mensajes de preocupación sobre la parálisis de la Eurozona, sin reconocer que algo tienen que ver en ello. En fin, seguiríamos y no pararíamos de poner ejemplos de cuánto se preocupan de nosotros los de aquí y los del extranjero.

Volviendo a la partida de ajedrez que se juega en Cataluña, cabe preguntarse que si el Gobierno tenía la convicción de que el proceso emprendido hace dos años era manifiestamente ilegal ¿por qué no asumió sus responsabilidades ejecutivas para impedirlo? y ¿en qué se fundamenta su convicción de que el Tribunal Constitucional le va a sustituir en sus obligaciones? Son las preguntas que haría cualquier persona normal o miembro de una empresa si observara que los gestores y administradores de la misma incumplieran sus obligaciones.

En realidad, hacerse esas preguntas sobre el devenir de la política española son ganas de preguntar, porque, sintiéndolo mucho, no hay respuestas. Se irá trampeando, se enzarzarán en discusiones legales y reglamentarias ad infinitum y todos los actores desearán que pase pronto el cáliz de la impostura y de la locura. Lo malo es que ya es incontrolable y ninguno de ellos está en condiciones de tascar el freno, el que menos, el astuto Ulises de Barcelona, a pesar de que el Polifemo de Madrid ni está ni se le espera.


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