Res Pública

En dirección desconocida

Entre la escasísima fiabilidad de las encuestas y una realidad sociopolítica de gran confusión, no es raro concluir que nadie está en condiciones de aventurar qué decidirá el pueblo español en los meses próximos. Creo además que, cuando se analiza con frialdad en qué manos está la dirección del país, y no me refiero sólo al Gobierno, la impresión de incertidumbre se agudiza, a pesar de los mensajes oficiales, con los que se pretende extender la idea de que todo está bajo control, acompañados de predicciones demoscópicas que afirman la continuidad de lo existente, un poco corregida, ya que, según se dice, España ha salido de una especie de infierno financiero para subir al cielo de la credibilidad y de la certidumbre. Para esos mensajeros oficiales u oficiosos, lo de la deuda, el paro y los continuos e incesantes despidos colectivos son peanuts. Junto a eso, los discrepantes o emergentes aparecen como un galimatías sin sustancia que podrían apuntillar el caos nacional. En realidad, se trata de un cruce de mensajes que se corresponden con el ambiente de superficialidad propio de una sociedad acrítica, susceptible a las emociones momentáneas, pero poco dada a la reflexión y a la búsqueda de las causas de sus problemas o de sus éxitos, que también los hay. Casi todo ha pasado a ser de usar y tirar y la política no podía ser menos, así que cualquier predicción no vale más allá de unos días o semanas

Lo viejo está casi inane y bastante esclerotizado, pero lo que se presenta como nuevo, primero no lo es tanto y segundo carece de atractivo para lograr apoyos suficientes

Disconformes y resignados a emular a Argentina

En lo que sí existe un acuerdo generalizado entre los analistas es que el sistema español no parece estar en condiciones de salir de las cenizas en que se ha convertido, dejando de paso a la sociedad ayuna de alternativas positivas: lo viejo está casi inane y bastante esclerotizado, pero lo que se presenta como nuevo, primero no lo es tanto y segundo carece de atractivo para lograr apoyos suficientes de un pueblo que se ha sentido engañado y que tiene poca fe en general. Realmente, España está experimentando la definición genuina de la crisis que consiste en que lo establecido resiste y los que aspiran a sustituirlo, dadas sus carencias, no consiguen la primacía. Es una de las pocas cosas claras que se ve en las encuestas, si es que a éstas se les puede otorgar algún valor. Sin embargo, lo más llamativo que se observa en ellas es el abultado porcentaje, superior al 70%, dedisconformes, que contrasta con los apoyos significativos que parecen conservar algunos de los presuntos responsables de ese estado de ánimo. Esa es la resignación o la argentinización, según se mire, porque lo nuestro no será Grecia o Venezuela, tiene más papeletas de imitar a Argentina, sumida en la decadencia desde los años 50. 

Las contradicciones demoscópicas, aparentemente inexplicables, sólo se pueden enjuiciar desde la perspectiva de que se producen en una sociedad modelada durante décadas para considerar lejanos y poco relevantes a los poderes públicos, valorando a los gestores de los mismos como profesionales al servicio de sus intereses personales o de sus organizaciones y que las corrupciones descubiertas así lo acreditan. Un esquema disuasorio para los verdaderos interesados en la cosa pública, que ha funcionado mientras la grasa fiscal y financiera circulaba por él, pero que, al faltar estas, carece de propuestas y de vigor para resolver los múltiples problemas creados. No es necesario repetirlos porque son conocidos de todos, siendo alguno de ellos, como es Cataluña, determinante para el ser o no ser del Estado español. Tan es así que quienes están más obligados a enfrentarlo lo rehúyen o se refugian en la legalidad y el resto lo fía a la suerte o a algún golpe de fortuna. Hasta se pervierte el lenguaje, utilizando soberanismo, denominación inventada, para no decir independentismo e incluso se pone de ejemplo al País Vasco, que es independiente de facto, gracias a los privilegios fiscales conocidos. Un lujo que no podría extenderse a Cataluña, porque no saldrían los números para seguir atendiendo a las regiones españolas receptora de fondos solidarios, certificando definitivamente la inviabilidad del Estado autonómico.

En lo que no hay azar ni incertidumbre es en el manantial inagotable de la corrupción, con el insultante encogimiento de hombros de sus máximos responsables

El reino del a ver qué pasa

En lo que no hay azar ni incertidumbre es en el manantial inagotable de la corrupción, de la que se nos da cumplida cuenta cada día en los medios de comunicación, con el insultante encogimiento de hombros de sus máximos responsables, que casi se lo toman a chacota. Realmente, es como oír llover sabiendo que esas aguas se perderán sin provecho para nadie y sin castigo para los autores del diluvio. Tampoco hay azar en lo que sucede en nuestro hábitat europeo, que vive su crisis particular y que alguno de sus integrantes más preeminentes, Francia, sugieren, tímidamente, pensar en su refundación. Es una esperanza que podría agrandarse si se suman a la iniciativa los que mandan de verdad en el negocio. Para nosotros españoles, endeudados hasta las cejas, sería una bendición. 

Nunca como este mes de agosto ha sido tan evidente el preguntarse a ver qué pasa en septiembre, ya saben a qué me refiero, sin tener respuestas fiables de ningún tipo. Quizá la única posible en este andar en dirección desconocida sea la de reconocer que cada día sabemos menos, porque la propaganda prevalece sobre la información y el análisis, demasiado aburridos como entretenimiento veraniego. Lo dicho, puede ocurrir cualquier cosa. Esperemos que buena.


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