Res Pública

El dilema del rey (I): las alianzas

Una vez recogidos los farolillos y las guirnaldas de la proclamación real, parece llegado el momento de analizar y de prever en qué escenarios se puede desenvolver la actuación del nuevo jefe del Estado, que ha recibido el cargo de forma abrupta e inesperada a causa de la marcha urgente de su padre, el rey Juan Carlos I. Un cambio en la cúspide del Estado que, dadas las características personales de la ejecutoria del monarca saliente, obliga al nuevo rey bien a reconstruir el sistema de alianzas de su padre o bien a buscar otras nuevas que le permitan afrontar, con mayores probabilidades de éxito, el nuevo tiempo o, mejor dicho, la nueva monarquía, a la que se refirió en su discurso de toma de posesión.

Y, de entrada, no lo tiene fácil, porque su auctoritas está inédita y su poder se separa años luz del de su progenitor, que trascendía con mucho al que le atribuía la Constitución. Pero la situación del país y de los propios agentes políticos y económicos no permite el menor respiro, porque todos saben, o deberían saber, hacia dónde circulan las corrientes profundas de la sociedad española y cuál es el margen de maniobra para asumir las consecuencias de aquellas. Apoyarse en las inercias o en la propaganda tiene un corto recorrido, especialmente para el que aspire a sobrevivir en el medio y largo plazo, que es el caso de la monarquía.

La herencia envenenada

Demasiadas veces los que se enfrentan a su muerte política son bastante crueles con los vivos y es notorio que el monarca recibe una herencia envenenada, definida por la situación social de España y la amenaza de independencia de Cataluña y del País Vasco, con urgencia en el caso de los catalanes, a la vuelta del verano. Y así, la sustitución al frente del Estado se ha producido en vísperas del presunto estallido catalán sin que se conozca qué guión tiene el Gobierno y qué pensamiento tiene el nuevo rey, más allá de las proclamas de respeto a la legalidad que, aun siendo obligadas, no son óbice para reconocer la magnitud del problema y la necesidad de buscar solución, aunque el pudrimiento de la cuestión catalana nos impide ser optimistas sobre la resolución que se adopte.

Pero no se trata de nuestros sentimientos optimistas o pesimistas, sino de que, al menos, podamos conocer cómo el rey y su Gobierno heredado van a tratar el asunto. Y digo lo del Gobierno heredado, porque, ni siquiera por cortesía parlamentaria, el presidente del Consejo de Ministros ha puesto su cargo a disposición del nuevo jefe del Estado para facilitarte la apertura de una ronda de consultas que, sin duda, le resultarían útiles para echar a andar en la tormenta perfecta que acaba de recibir. Ello, sin perjuicio de que pudiera encargarle de nuevo la formación de gobierno.

El rey Juan Carlos I era el fundador y artífice del régimen de la Transición. Su alianza con los dos partidos dinásticos turnantes, que incluía a los nacionalistas burgueses catalanes y vascos, le ha garantizado casi 40 años de reinado durante los cuales tejió, además, una red amplia de intereses con las más importantes empresas económicas y financieras de la nación, sin descuidar cierta cercanía con la población, redondeada con  la actitud reverencial de los grandes medios de comunicación.

Por encima de todo ello, contó con la confianza inequívoca de las grandes potencias occidentales hasta el final de la Guerra Fría en 1989 cuando España ya estaba incrustada en la UE y en la OTAN. Sin haber perdido esas tutelas internacionales, éstas se han ido deshilachando en la última década, precisamente cuando los problemas del modelo político y económico del juancarlismo empezaban a aflorar, rompiendo aguas durante el último septenio del PSOE. A pesar de ello, el conglomerado dirigido por el rey saliente confiaba en la permanencia de éste para manejarse en la tormenta, pero el patrón ha decidido abandonar el buque y les ha dejado con dos palmos de narices.

Las primeras divisiones en el conglomerado del poder

Como en tiempos lejanos, oímos que, desaparecido el rey, están las instituciones, representadas ahora por la Constitución, y eso lo dicen muchos que la consideran gravemente dañada y necesitada de algo más que un simple calafateado. Es uno de los problemas de Felipe VI, que debe iniciar su reinado con unas instituciones carcomidas y profundamente desacreditadas entre los españoles. Sólo confían en ellas, por lo menos de puertas para fuera, el Gobierno y su partido, el PP, que todavía conservan la mayoría absoluta obtenida en noviembre de 2011 y puesta en cuestión después del 25 de mayo. Pobres mimbres para fabricar el cesto de la nueva monarquía, razón por la cual el monarca tendrá que emplear toda su inteligencia para aprovechar la inercia del poder heredado de su padre y la capacidad que le brinda el ser un instrumento necesario del establishment, una especie de talismán,para superar el vacío de liderazgo y obtener un poco de oxígeno para los meses próximos.

Desconozco hacía dónde se dirigirá el rey, pero imagino que, como habrá pensado su padre tras el 25 de mayo, pensará que con éstos lópeces, las seguridades de futuro son escasas. El espectáculo que le acaban de brindar con su entronización y el subsiguiente aforamiento de la Familia Real son indicativos de desconcierto y de falta de previsión. Como coda, el procesamiento de su hermana Cristina añade más leña al fuego de éste auto sacramental hispánico. Terrible.

Ante la eventualidad fundada de que el rey intente buscar su sitio en éste tablero empiezan a surgir dos corrientes en el seno del régimen: la primera es la del Gobierno y su partido, que hablan con arrobo de la monarquía parlamentaria y desdeñan cualquier reforma o cambio constitucional, creyendo que el nuevo rey, a diferencia de su padre, debe limitarse a sus tareas representativas; la segunda corriente es la de los convencidos del estado herrumbroso del orden constitucional pero que, sin abjurar todavía de él, pretenden un lavado de cara, bastante impreciso por el momento, utilizando para ese objetivo los deseos de modernización expresados por Felipe VI el día 19 de junio en las Cortes Generales. Suena a deja vu para los que ya vivimos los comienzos de la Transición: el búnker de entonces son ahora los fervientes defensores del statu quo y los aperturistas de aquellos años son hoy los valedores de imprecisas reformas constitucionales. Si le dejan, el monarca está en su derecho de buscar un lugar al sol en el Ruedo Ibérico, pero los que sí tenemos derecho a decidir nuestro futuro en plena libertad somos los españoles, también si nos dejan.


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