Res Pública

El dilema de Alemania

La rebelión griega ha supuesto una advertencia sobre la viabilidad de la unión monetaria con las hechuras actuales, fundamentalmente por la falta de unión política y fiscal, conceptos ambos que forman parte del objetivo ideal pero que resultan quiméricos en la heterogénea Europa de hoy. Por tanto, parece claro que Alemania, artífice del euro y principal sostenedora del mismo, tiene en su mano una patata caliente de la que desearía desprenderse. Algunos miembros influyentes del conglomerado industrial y financiero germano no tendrían reparos en apoyar la tesis de su ministro de finanzas, partidario de provocar la salida de Grecia, aunque ello pase por cortar el oxígeno a los bancos griegos y causar el colapso del país. Y es probable que una parte significada de la opinión pública alemana, también lo apoyaría, pero esa decisión quirúrgica, no exenta de crueldad, no se puede afrontar en solitario, dados los antecedentes históricos del país germano: se necesitarían aliados del calibre de Francia y de Italia, que son fundadores del proyecto europeo. Sin embargo, no parece que esas dos naciones estén por la labor, según lo oído al inquilino del Elíseo y vista la puesta de perfil de Roma, y, por otra parte, tampoco hay garantías de que consiguiera la pacificación monetaria. Así que es posible que Berlín empiece a valorar el abandono del modelo actual, bien reduciéndolo en el número de partícipes o bien desmontándolo de forma ordenada. En mi opinión, ese es el dilema.

El contraste entre el ser y el deber ser es cada vez más agudo hasta el punto de que el ser, es decir la realidad, se va imponiendo crisis tras crisis

Siete años de crisis de la eurozona

Lo sucedido durante estas últimas semanas era algo previsible, aunque se haya venido negando su verosimilitud: es poco atinado consolidar una moneda única sin unión política y fiscal de países con economías y estructuras políticas diferentes. La prueba de ello es que de los quince años de existencia del euro los siete últimos son de crisis permanente sin que, por mucho voluntarismo que se ponga, se vislumbre su superación. Es cierto que alrededor de éste proyecto monetario se ha creado una importante red de intereses de todo tipo, desde institucionales a burocráticos y financieros, cuyas inercias e influencias son muy poderosas, pero no es menos cierto que la acumulación de problemas y sinsabores están arrinconando las expectativas positivas del euro. El contraste entre el ser y el deber ser es cada vez más agudo hasta el punto de que el ser, es decir la realidad, se va imponiendo crisis tras crisis, sobre todo desde que se ejecutaron los rescates, cuya sublimación es Grecia, convertida en el paradigma de los errores propios y ajenos.

Aquello que se pensaba que no ocurriría, ha ocurrido: impagos y corralito, junto con el enfrentamiento entre socios, traducido en disputa de acreedores y deudores, que supone el reconocimiento de que la unión ha crujido cuando han llegado las vacas flacas.¿Alguien puede pensar en un escenario así entre länders alemanes o comunidades autónomas españolas? Cerrar bancos y controlar capitales en una región o país del euro no requiere mayores exégesis o explicaciones para certificar que la máquina no funciona, por mucho que nos empeñemos en señalar su carácter episódico o meramente disciplinario como respuesta al desafío del gobierno ateniense. Pero ni siquiera eso ha surtido el efecto deseado y ahora, con las urgencias que nos caracterizan, hay que taponar como sea la vía de agua y conseguir pasar el paréntesis veraniego con algunos papeles firmados. 

Parálisis institucional mirando a Alemania

Creo que no vale demasiado la pena insistir en lo que es Grecia y en las millonadas que se han enterrado allí. Tanto los responsables griegos como los foráneos han sido conscientes de estar alimentando un negocio fallido que ha quedado al descubierto cuando han aparecido nuevos administradores en el país, que corren también el peligro de ser engullidos por el inmenso desaguisado. Discutir si van o no a pagar sus deudas no deja de ser un ejercicio académico o contable, porque la empresa está quebrada y su viabilidad es prácticamente imposible dentro de la eurozona. Como dice el economista Pedro Montes, autor del ensayo La historia inacabada del euro, el reconocimiento de que la nueva moneda griega quedaría devaluada entre un 30 y un 50% significa que Grecia carece de capacidad para conseguir competitividad con un euro sobrevalorado en esa proporción. Su permanencia en el mismo exigiría transferencia de fondos constantes desde el resto de la eurozona y su salida de ella supondría explicitar las pérdidas acumuladas. Grecia, quedándose, sería a la eurozona lo que Andalucía es a España, con la diferencia de que aquí existe un Estado que vela por el equilibrio y la solidaridad y en la eurozona no hay tal. Si los griegos se marchan o son expulsados, me imagino que para atenuar o digerir el caudal de pérdidas habría que cambiar determinadas normas contables o regulatorias para que los Estados acreedores no incurran en déficits y los tenedores institucionales no vean afectados sus recursos propios. Eso sería una cuestión menor.

La caja de Pandora abierta en Grecia, junto con el empobrecimiento y desindustrialización de otras naciones de la eurozona, obligará a Alemania a cavilar ante una cosecha demasiado costosa para cargar con ella

Desde mi punto de vista, la situación creada trasciende a la controversia sobre más rescate o menos. Para la eurozona, fabricar 50.000 millones más, a condición de que no haya quitas, no sería problema, eso sí, sabiendo que a esos le seguirían otros, salvo que se produjera un milagro económico imprevisto en aquel país. Y esa caja de Pandora abierta en Grecia, junto con el empobrecimiento y desindustrialización de otras naciones de la eurozona, que están en la sala de espera de más recortes o de cambios políticos indeseados, obligará a Alemania a cavilar ante una cosecha demasiado costosa para cargar con ella, por mucho que sea la primera potencia del continente. Supongo que en esa cavilación de Berlín reside la explicación de la parálisis de las instituciones comunitarias, cuyas reuniones recuerdan cada vez más a las de la Sociedad de Naciones de Ginebra en el período de entreguerras con el conflicto de Abisinia.

Es comprensible que nadie quiera apechar con las consecuencias de un proyecto fallido y extremadamente costoso en términos políticos, económicos y sociales. Por eso, las miradas se dirigen al que manda que, lógicamente, se tomará su tiempo antes de resolver el dilema.


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