Res Pública

La despedida de Cataluña como colofón

Mientras el Estado se disuelve en medio de procesos judiciales por corrupción institucional y ajustes de cuentas en el seno de la derecha gobernante, una parte del mismo, Cataluña, va consolidando su propio guión para independizarse y buscar una vida mejor para los catalanes: el avance del nacionalismo desde la Diada de septiembre de 2012 está siendo espectacular, según cuentan los que viven y trabajan allí, no tanto por el mérito de los dirigentes nacionalistas como por la imagen de decrepitud y de falta de futuro que ofrecen las instituciones estatales españolas. La política española ha dejado de interesar en Cataluña y los partidos que se sustentan en la misma, PP y PSOE, van reduciendo su espacio electoral de forma significativa, cuestión verdaderamente grave en el caso del PSOE que hace bien poco era la primera fuerza parlamentaria allí. En el resto de España, triste y poco informado, las pulsiones de lo catalán se reciben como lejanas o sencillamente se despachan como chifladuras sin porvenir de cuatro nacionalistas. Un cuadro desenfocado que, a mi juicio, impide ver la nueva realidad política y social que emerge por una de las esquinas más ilustres del solar español, como colofón de ésta crisis española del siglo XXI.

El catalanismo político a la búsqueda de masa crítica

Después de la gran explosión de la última Diada, que sorprendió a propios y extraños, ya comenté que “la política del avestruz que parece inspirar la mayoría de las declaraciones gubernamentales no creo que merezca demasiado análisis, salvo el de constatar el grado de duda y de desazón que les plantea un proyecto de independencia que no estaba en su guión, aunque, como he tratado de resumir, no ha sobrevenido como una repentina tormenta de otoño, sino que es resultado y consecuencia de décadas de preparación”. Pero éstas y otras reflexiones análogas se han ido perdiendo en la selva del lenguaje administrativista de los portavoces oficiales, ¡como si la independencia catalana fuera un expediente administrativo más!, salpimentadas por un españolismo de brocha gorda, émulo del utilizado por algunos nacionalistas catalanes. Muy pocos han querido debatir y analizar el fenómeno desde la perspectiva social y constitucional para intentar su ordenación o corrección con el fin de evitar más daños al doliente cuerpo nacional. Por arte de esos comportamientos y con la ayuda inestimable de la depresión económica que no cesa, los catalanes parecen claramente decididos en pro de la independencia que, a su juicio, será el instrumento para aliviar sus problemas. La cuestión, por tanto, es saber con qué argumentos se les puede disuadir de su fijación. Me temo que nuestro Estado deshilachado tiene pocos por la vía democrática. Ni siquiera la hipotética e improbable apertura de un proceso constituyente sería bastante.

El catalanismo político cuenta más de cien años de existencia; siempre fue un proyecto nacionalista burgués, influyente pero no mayoritario socialmente, que era referente de la vida pública española y determinante en las etapas parlamentarias tanto de la Restauración canovista como en la Segunda República Española. Durante ésta última consiguió gobernar en Cataluña, aunque no obtuvo la anhelada mayoría social que es la pretensión de cualquier movimiento nacionalista para construir un Estado propio: la fuerza del anarquismo de entonces se lo impidió y, a la postre, fue una de las causas de la perdición de ellos, los nacionalistas, y de la propia República. El socialismo era prácticamente inexistente en Cataluña y las ilusas burguesías gobernantes en Barcelona fueron devoradas por los extremismos de una época trágica en España y Europa.

Con la Transición el nacionalismo ha conseguido la mayoría social

Pero ese cuadro tradicional ha ido cambiando a lo largo de la Transición: el nacionalismo burgués ha gobernado allí desde principios de los años 80 y ha sido referente importante de la vida parlamentaria en Madrid. Con gran decisión y no poca inteligencia ha trabajado todos estos años para obtener la mayoría social, que es un concepto distinto del de la mayoría electoral o parlamentaria; y en ese camino ha contado con la ayuda inestimable de los gobiernos españoles y la contribución definitiva del Partido Socialista de Cataluña, el socio del PSOE allí. Desaparecido el viejo anarquismo y devaluado lo español, resultaba más fácil aunar voluntades a favor del nacionalismo.

El cuadro político de la Cataluña de hoy se compone básicamente de dos fuerzas nacionalistas tradicionales, el centro derecha de CiU y el centroizquierda pujante de ERC, acompañadas por la izquierda nacionalista del PSC, de IU y de la CUP. Al margen de todos ellos, dos fuerzas no nacionalistas, el PP y Ciudadanos, que se disputan el mismo y exiguo espacio electoral. Ahora sí se puede afirmar que el independentismo tiene la masa social crítica suficiente para dar el paso hacia el Estado catalán. Y en esa tarea están los últimos nueve meses, aprovechando la crisis económica y la debilidad política y constitucional del Estado español. En los meses próximos, por consulta plebiscitaria o decisión del Parlamento catalán, podríamos asistir a la declaración de independencia. Saben de la incapacidad extrema de Madrid donde existe una mayoría absoluta que está siendo pulverizada por la insatisfacción ciudadana y las banderías suicidas de la propia derecha que la ostenta. Se han enajenado cualquier apoyo político o social con su arrogancia vacía.

Cuando se escribe el comentario estamos en la resaca de la declaración judicial del famoso tesorero que, cual nuevo Antonio Pérez, ha puesto en jaque al Poder, con la diferencia de que no existe Felipe II. Lo que existe es un presidente del Consejo de Ministros, ayuno de autoridad y asediado por los buitres de su partido, dispuesto a resistir y a ofrecer al Ruedo Ibérico el espectáculo a cámara lenta de su caída con la incógnita de qué se llevará por delante, además de a su propio partido. Las oposiciones parlamentarias, desconcertadas, acusan la rigidez del sistema y parecen bloqueadas para desatascar la situación. Volvemos a reeditar los finales de Felipe González que precipitaron, no lo olvidemos, los nacionalistas catalanes cuando le retiraron su apoyo. Ahora los nacionalistas no van a retirar apoyo alguno, sencillamente se van a marchar mientras aquí seguiremos discutiendo, o mejor dicho, lo discutirá el establishment castizo, si el PIB continuará más o menos plano o si la prima de riesgo sube o baja unos enteros. Nos duele la estampa dramática de un país que hace mucho que perdió el oremus.


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