Res Pública

El desaliento por la sinrazón

Cada semana procura uno estar atento a la aparición de puntos de apoyo para transmitir un poco de confianza, y no resulta fácil: nuestro país sigue pendiente abajo y del continente llegan noticias y pronósticos desesperanzados sobre el medio plazo. A pesar de ser esperados, suponen un mazazo en el ánimo de quienes, de buena fe, todavía esperan algo de nuestros socios y vecinos, porque, desgraciadamente, de quienes no se espera nada es de los que están al mando aquí. Solo basta oír sus declaraciones y los comportamientos espasmódicos ante la acumulación de los problemas. Van a rastras de ellos cuando el clamor social o corporativo los convierte en ineludibles, como sucede con los jueces y los suicidios por los desahucios. Es solo un ejemplo trágico que nos obliga a preguntarnos adónde vamos y a qué políticas obedecemos. Creo que estamos en manos de la sinrazón, aunque un amigo politólogo, Jorge Palacio, me dice que no, porque, según él, todo esto responde a una nueva forma de “solución final” que busca el empobrecimiento masivo, incluyendo a las clases medias, para conservar los privilegios y la exclusión fiscal de las minorías que detentan el poder. Y me cita insistentemente el caso de Grecia, sumida en la pobreza más absoluta, mientras la troika sigue todavía discutiendo cómo van a seguir pagando sus deudas. Se mire como se mire, una locura y una advertencia sobre lo que nos aguarda si no reaccionamos.

El desbarajuste europeo y la esperanza americana

Siempre se dice que lo ocurrido con motivo de anteriores crisis sociales y políticas no se va a repetir, aunque el desarrollo de ésta en la que estamos no permite afirmarlo con rotundidad: puede que lleve más tiempo, porque se parte de niveles mayores de riqueza y de bienestar, pero, de continuar el rumbo actual, me temo que acabaremos mal. Laconfianza en los que gobiernan, es un decir, ha desaparecido. La última encuesta del CIS lo atestigua y el miedo avanza, estimulado, a mi juicio de forma irresponsable, por una profusión de discursos y de amenazas a los derechos de la mayoría que, en general, son recogidos de forma acrítica, cuando no entusiasta, por numerosos medios de comunicación. Casi nadie quiere desenmascarar el enorme fraude político que se esconde debajo de la mayoría de las políticas de estos años de plomo. A lo más que se llega es a pedir un poco de árnica para hacerlas más soportables; pocos, muy pocos, ponen de manifiesto sus fundamentos perniciosos para el conjunto de la nación. Si alguien se atreve a hacerlo, es tachado de antisistema, y a otra cosa mariposa…

El ejemplo de Estados Unidos, y del discurso de su recién reelegido Presidente, al que se refería Jesús Cacho, Rajoy Obama y la tristeza del discurso español, debería hacernos pensar en que hay otras maneras de gobernar y, sobre todo, otras ambiciones cuando se trata de movilizar las fuerzas de una nación. Lo que en la ciencia política se llama liderazgo, tan escaso por estos lares, que habrá que recuperar para sacudirnos el determinismo negativo que nos ahoga. Y no me refiero a cambiar el discurso cansino y pedestre con el que se nos castiga a diario por otro ilusorio o panglosiano, como el de los “brotes verdes” que acuñó una ministra de infausta memoria; lo que hace falta es plantear cuál es el proyecto español y qué instrumentos y esfuerzos se requieren para alcanzarlo, desterrando todo aquello que pueda impedirlo. Sin limitaciones ni rigideces, porque ya somos mayores para saber lo que nos conviene.

Honradez política para proponer el cambio

No nos engañemos. Si algo inquieta tanto dentro como fuera de España es que no se sabe qué camino llevamos, salvo que se entienda por tal el de la reducción draconiana y quimérica del déficit público y el estrangulamiento del consumo privado. Y aparte de eso, nada. El propio jefe del Gobierno se niega a proponer reformas que cambien, de verdad, al Estado: sus propósitos son de menor calado, tienen más el aroma preliquidatorio de una empresa, la española, cuyos sectores más débiles tendrán que soportar el empobrecimiento, no sólo material sino también cultural y educativo, sin esperar mejoras en los años próximos. El horizonte de éstas se va alejando, antes era el próximo semestre, luego el próximo año, ahora ya el bienio siguiente. Es decir, ni idea.

Va siendo tiempo de exigir honradez política e intelectual a los que dirigen el país: si se sienten desbordados y ayunos de proyectos, deberían reconocerlo y que la nación, informada y libremente, decida qué rumbo quiere seguir. ¿Acaso carecemos de personas capaces para convocar al país en otra dirección? Mantener la incertidumbre y el desánimo social producirá más estragos que dedicar un poco de tiempo, tampoco demasiado, a proponer los cambios que están en la mente de la mayoría y que lo único que requieren es que las organizaciones políticas y sociales sean capaces de asumirlos y encauzarlos para evitar la disgregación y la anarquía.

Parece claro que lo que tenemos no vale y cuanto antes se reconozca, mejor para todos. Los que resolvieron, PP y PSOE, reformar la Constitución en una noche de agosto, no tienen excusa para mantener cerradas las compuertas al cambio real. Tampoco la tienen para marear la perdiz ante el drama de los desahucios ni para justificar que la banca propiedad del Estado no haya recibido todavía órdenes sobre la materia. Si prevalece el autismo de las élites y la defensa a cualquier precio de ésta suerte de “solución final” que nos viene inducida, no saldremos bien librados.


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