Res Pública

En la decadencia ¿definitivamente?

Antes del espectáculo del sábado en Mallorca, los españoles y algunas minorías de fuera del país conocíamos la penosa situación de España, ahora ya la conoce todo el mundo para desgracia nuestra. A pesar de ello, podríamos atenuar sus consecuencias, si hubiera planes para superar las penurias y salir al ruedo internacional con la cara lavada para hacer frente en buenas condiciones a los cambios que se avecinan, especialmente en nuestro continente y en las instituciones europeas de las que formamos parte, porque serán cambios en los que los países más ricos y poderosos llevarán la voz cantante en perjuicio de los más débiles. Desgraciadamente, nosotros ya estamos en éste último grupo, para unos de forma transitoria y para otros por largo tiempo, vistas nuestras carencias educativas, nuestro decrépito cuadro institucional y nuestro dañado modelo económico. Son tres elementos que definen la decadencia contra la que hay combatir para que no se convierta en endémica, como le ha sucedido a otros países de la cultura española.

Despropósitos de Mallorca

Debía resucitar D. Francisco de Quevedo para relatar lo ocurrido en Mallorca donde la sobreactuación de las autoridades ha aumentado el crepitar de los medios de comunicación de todo el mundo y ha agrandado las certezas sobre el pobre estado moral de las altas instituciones españolas. Como se dice en los ambientes bancarios, se nos ha infligido un daño a la reputación de marca que costará superar, si es que no se empeora con nuevas hazañas judiciales o de otro orden. Como guinda, la Audiencia Nacional quiere detener nada menos que al expresidente de China ¡Alucinante! La verdad es que es difícil apostar en este terreno, por lo que resulta más aconsejable mantener abrochados los cinturones para soportar las curvas o las tormentas que surjan en el proceso que se vive desde hace cinco años. Nada hay más engorroso y devastador que un proceso judicial y este que comentamos promete ser largo -ya lo está siendo- y tortuoso. El problema añadido es que se desarrolla en tiempos de depresión económica aguda y de indignación social que en nada ayudan a mantener la serenidad y la templanza que requiere la administración de justicia. Son dos cualidades que han sido desterradas del ruedo español y parece empeño vano esperar que se recuperen en el medio plazo.

En ese ambiente de desconfianza y de indignación, los que dirigen el país, que se cuentan entre los principales responsables de los males que sufrimos, tienen enormes dificultades para hacerse oír y gobernar, aunque sus proyectos fueran beneméritos, que no lo son. Por eso, abundan los zigzagueos políticos y los recursos a medidas coyunturales, fundamentalmente recaudatorias, para mantener el tipo, sin que quede espacio para pensar en cuál va a ser el papel de España en el nuevo escenario que se va fabricando en Europa. Un escenario que, necesariamente, será distinto al que hemos vivido los últimos veinte años, teniendo en cuenta que el cataclismo financiero ha puesto de manifiesto las carencias del modelo de la UE, cuya incapacidad para responder con eficacia a los problemas es harto conocida. Y es por eso que aquellos países que disponen de economías e instituciones nacionales sólidas empiezan a plantearse la revisión, una vez que los agobios financieros de la primera fase de la tormenta han permitido comprobar la fragilidad de las estructuras comunitarias, que se intentan proteger con el aumento de la burocracia y de los reglamentos. El que lo dude, que consulte la producción legislativa de Bruselas o la reglamentación de la pomposa Unión Bancaria.

Los Estados ricos de Europa quieren soltar lastre

Y así, surgen voces y propuestas, cada vez más significadas, que ponen sobre la mesa dudas importantes acerca de la continuidad del modelo comunitario y de su relación con países terceros: en Francia, la fuerza que se presume ganadora en los comicios europeos relanza el proteccionismo y sugiere el abandono ordenado de la moneda única; en Holanda, el partido que encabeza la intención de voto acaba de hacer público un informe en el que se plasman las ventajas que tendría abandonar la UE para una economía exportadora como la holandesa; Suiza, por su parte, reniega de determinados acuerdos con la UE, porque prefiere cuidar sus propios intereses. Son sólo tres ejemplos, por supuesto hay más, que indican la inquietud sobre el presente y el intento de las naciones para recuperar autonomía y labrarse un futuro mejor. Los Estados ricos empiezan a buscar salidas, sin excluir nada, y los demás no deberíamos quedarnos al albur de las decisiones que aquellos pudieran adoptar.

Todo esto coge a España en un momento de extrema debilidad y de desfallecimiento social. Por eso son tan preocupantes los espectáculos como el de Mallorca o similares, que dan la impresión de que los hados se han conjurado para que los españoles arrojemos la toalla y nos abandonemos a sobrevivir en la decadencia asidos a lo supranacional, sin preocuparnos de fortalecer nuestros cimientos nacionales para resistir cualquier cambio de escenario. Para un observador ajeno, nuestro país da la impresión de haberse desentendido de su propia cohesión política y social, renunciando al proyecto de reconstrucción nacional, porque el discurso oficial es el de esperar las mercancías de unos trenes, los grandes expresos europeos, que no está claro que lleguen con la prontitud y generosidad que se proclaman. No se trata de no estar, de lo que se trata es de estar prevenidos y preparados para no quedarnos en el lazareto de los menesterosos.


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