Res Pública

La crisis europea: la batalla de poder

A pesar de la costumbre y de la familiaridad con la que se observan las evoluciones críticas de la política comunitaria, sí parece que nos encontramos al final de un camino, plagado de problemas y de luchas de poder entre las potencias internacionales, que pone a la Unión Europea, y singularmente a su Unión Monetaria, ante la necesidad de revisar su insostenible situación actual bien desandando todo o parte del camino recorrido bien culminando la cesión casi absoluta de la soberanía de los Estados nacionales en beneficio de la potencia dominante, Alemania. Los términos medios no parecen tener porvenir en el tablero de juego de una Europa, que asiste incrédula a una crisis financiera sin precedentes, acompañada de un déficit democrático de sus instituciones que se ha transmitido como un virus pernicioso a algunos países como Grecia e Italia, donde gobiernos elegidos han sido sustituidos por otros, de origen dudoso, de forma abrupta. La pregunta es ¿cómo hemos llegado a esto y qué nos aguarda?

Echemos la vista atrás y recordemos cómo la experiencia horrenda de la Segunda Guerra Mundial, que fue la culminación trágica de una historia de guerras y de enfrentamientos entre las grandes potencias europeas, especialmente de Francia y Alemania, justificó las iniciativas de hombres como Schumann, francés, Adenauer, alemán, y De Gasperi, italiano, en pro de modelos de cooperación y unidad para lograr la reconciliación, sobre todo de alemanes y franceses.  Así se alumbró el Mercado Común Europeo, a finales de los años cincuenta del siglo XX, nucleado en torno a Francia y Alemania. Italia y el Benelux formaban el acompañamiento que facilitaba el entendimiento entre los dos grandes competidores y enemigos históricos. Los esfuerzos de sus fundadores y la mejora económica que se produjo atrajeron el interés de otros países hacia ese modelo de cooperación, llegando a un conjunto de 27 miembros después de un proceso de sesenta años.

Pero durante ese largo tiempo hubo un momento, en febrero de 1992, en el que la Alemania recién unificada, y por ello convertida en la potencia dominante, capitaneo, con la aquiescencia de Francia, la puesta en marcha del Tratado de Maastricht, que supuso la ruptura con el esquema de cooperación existente para ir más allá: se decía que había que impulsar la unidad política, pero se empezó por la unión monetaria y la cesión de soberanía de quienes se adhirieron a ella. Y así empezaron los problemas y la batalla del poder que, con altibajos, parece que se encuentra en su clímax.

Maastricht puso sobre la mesa las primeras discrepancias graves acerca de ese proyecto rápido, y un tanto forzado, de unificación política: El Reino Unido y Dinamarca obtuvieron un tratamiento singularizado, que se ha reforzado con su ausencia en la Unión Monetaria, a la que se sumo Suecia. Si consideramos que Noruega ni siquiera ha ingresado en la Unión Europea, es fácil constatar que hay una parte de Europa, compuesta por Estados ricos y desarrollados como el Reino Unido y los Países Escandinavos, que sí está por la cooperación económica, que nadie discute, pero que tiene reservas casi insalvables para ir más allá.

El hecho de que la Unión Monetaria no abarcase a todos los integrantes de la Unión Europea restó credibilidad al proyecto y dificultó los avances hacia la unión política que, en realidad, nadie quería. Toda la vis atractiva del euro para impulsar la unificación política se fue desvaneciendo, para dejar al descubierto que la moneda única y la política monetaria han devenido en instrumentos de dominación sin más: la expansión crediticia que ha acompañado los años del euro ha hipotecado gravemente a los países deudores, los periféricos, que ahora se encuentran atrapados en unas redes difíciles de romper. Todo ello adobado con un aumento de la influencia del capitalismo financiero que, como moderno Caballo de Troya, ha carcomido las bases sociales y políticas del proyecto europeo inicial. En palabras del reputado economista Pedro Montes “desde el momento en que se perdía la moneda propia, como instrumento de preservación de la competitividad de la economía, se ponían las bases para el acoso permanente a los salarios, la calidad del empleo, la fiscalidad progresiva, los servicios sociales, etc…”

Ese conjunto de circunstancias, unido a la crisis financiera de los últimos años, ha exacerbado una doble batalla de poder de la que todos somos víctimas. Por una parte, el mundo anglosajón o extracontinental, con su potencia financiera, tiene la gran oportunidad de cercenar el poder de Alemania, instrumentado a través del euro, poniendo en graves aprietos a la moneda única y a la deuda soberana. Por otra parte, crecen los problemas internos en la Unión Monetaria y las suspicacias de algunos países que se sienten maltratados o preteridos por Alemania y Francia.

De momento, Alemania y sus aliados centrales parecen inexpugnables y Francia los sigue; los demás, abrumados por las deudas y todavía dentro de la red, contamos poco. Desde fuera seguirán los ataques y no sabemos cómo terminará la batalla, o las batallas; lo que sí sabemos es que el proyecto europeo, con o sin moneda única, está condenado desde el instante en que se convirtió en un instrumento de dominación de unas potencias sobre otras. Una vez más, los dioses han cegado a quienes quieren perder. Todos hemos sido un poco o bastante ciegos.


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