Res Pública

La crisis del PSOE entre Bárcenas y Corinna

Es lo que faltaba en éste Ruedo Ibérico del siglo XXI, que ha convertido España en un escenario tragicómico, esperpento puro, para escarnio de los españoles y pasmo de los extranjeros. Nuestra capacidad de asombro ante lo que viene sucediendo va subiendo de nivel, no se colma, pero no debe oscurecer la reflexión y el análisis, provocando que hagamos mutis por el foro y esperar, inactivos, que lleguen tiempos mejores. Por eso, hay que insistir, de forma racional y con sentido político, en la urgencia de que cese el delirio que se ha adueñado de las instituciones y de los medios de comunicación a su servicio, para restaurar la cordura y, si es posible, iniciar el camino de la restauración de la dignidad democrática. Camino que no puede ser emprendido por aquellos que nos han conducido a la indignidad. La tarea es difícil y exige una suma de voluntades excepcional, aunando y vertebrando los movimientos ciudadanos sectoriales al servicio de ese objetivo. España lo merece.

Gobierno y Corona enfangados

De aquello que afecta a la Presidencia del Consejo de Ministros, el caso Bárcenas, qué se puede añadir a las abundantes informaciones y opiniones expresadas. Quizá recordar, en medio del tumulto, cuáles son los usos y costumbres de los países democráticos cuando un dirigente público, por acción u omisión, se encuentra inmerso en alguna situación análoga a ésta: normalmente dimite y se le sustituye sin dramas ni aspavientos. Si no se hace así, y también hay ejemplos de ello, el proceso de degradación avanza en perjuicio de las instituciones y de la paz del propio interesado. Por el momento, estamos en lo segundo, a causa del componente franquista que impregna la política española: la inexistencia de la dimisión anula, a mi juicio, cualquier intento de trasladar a la opinión pública que España goza de un régimen democrático y parlamentario, ya que, con las prácticas descritas, se está negando. No sólo en éste caso, ha sido lo habitual durante tres décadas, hasta el punto de pasar a convertirse en lo normal. De ahí el asombro que causa pedir dimisiones en nuestro país. Nadie cree que se vayan a producir y así nos va.

Los asuntos de familia de la Casa Real, casos Corinna y Urdangarín, nos ponen ante la realidad de la Dinastía, muy distinta a la que se había venido enseñando: el cordón sanitario que protegía a la Corona se ha roto, mostrando a los españoles su faz verdadera. Para muchos de nuestros compatriotas ha sido un verdadero choque emocional. Todavía  no dan crédito a lo que ven y a lo que sospechan. No vale la pena enumerar la lista de corrupciones y de agravios que dañan a la jefatura del Estado y a la propia Monarquía. Ni el disimulo, ni los intentos de hacer comulgar a la opinión pública con ruedas de molino, podrán conseguir que los españoles sigan depositando su credulidad y buena fe en favor de quienes la han defraudado de manera ostensible. Se intentarán las componendas, vía abdicaciones o renuncias, pero su recorrido será corto, más en la medida en que la situación general de la nación no mejore. Antes o después, España tendrá que manifestar su voluntad de mantener la Monarquía o saltar a la orilla de la República, recuperando su mayoría de edad democrática y constitucional.

La crisis del socialismo en el contexto español y europeo

La cuestión catalana, y la marea independentista que lleva aparejada, ha terminado golpeando al PSOE: su partido hermano, el PSC, ha optado por el futuro de su territorio, Cataluña, y pretende ser una de las izquierdas actuantes en ese Estado emergente que, no se olvide, será consecuencia de la descomposición del Estado español. Una lanzada más a la crisis del socialismo, agudizada desde su salida reciente del poder. Crisis que viene de atrás, de muy atrás, desde principios de los años 90 cuando el socialismo español, capitaneado por Felipe González, se unió a sus homólogos europeos y abrazó los dogmas del capitalismo financiero, sembrando Europa de una ideología extraña e insolidaria que se ha cobrado ya dos piezas importantes: ha destruido a la socialdemocracia y ha arruinado el proyecto de la Unión Europea. La realidad actual así lo demuestra y no cabe rehuir las responsabilidades de los socialistas europeos en el desaguisado. En España, lo de Rodríguez Zapatero, con sus políticas erráticas, ha sido un paréntesis o pausa mal aprovechada para cambiar el rumbo de perdición iniciado por su antecesor, Felipe González. Las aguas del socialismo español han vuelto al cauce del río decadente del socialismo europeo, que ha sembrado la confusión y la orfandad en el centroizquierda del Continente.

Los fundamentos de la caída del Estado español  los tenemos delante de nosotros: sus protagonistas, desde la Corona al primer partido de la oposición, pasando por el Gobierno y su partido, han puesto al poder público en el fango y carecen de capacidad para manejar con serenidad y acierto los asuntos del país. Es prácticamente imposible esperar nada bueno de todo ello pero, como la esperanza es lo último que se pierde, es necesario seguir bombardeando el bunker con propuestas de regeneración democrática, con el fin de conseguir apoyos crecientes de los españoles. En algún momento, los propios medios de opinión mayoritarios, que siguen renuentes a cruzar el Rubicón, tendrán que prestar su concurso al proyecto de restauración nacional. Entre el dilema de la descomposición y el freno a la misma, de forma civil y democrática, habrá que elegir. Los españoles tenemos derecho a decidir si deben prevalecer los intereses de una familia o de determinados partidos o grupos de poder sobre la libertad y el bienestar de la nación.


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