Res Pública

Ante la conjura del gran rescate: ¿Resistirá Rajoy?

El deseo de mejorar el futuro de España, que tendrá que construirse con otras políticas y otros dirigentes, obliga a reflexionar y a pronunciarse sobre todo aquello que pueda entorpecer ese objetivo, y el rescate de que se habla, blando lo llaman, es el ejemplo más característico de lo que un régimen desahuciado no debería hacer. Es verdad que el jefe del Gobierno no parece decidido a comprometer aún más al país, pero también lo es que la presión de los acreedores y sus terminales mediáticas, y quizá la de algún miembro destacado del Consejo de Ministros, le hagan flaquear, como ya sucedió con el rescate bancario, cuyos efectos, sin haber llegado el dinero, se están mostrando demoledores para el sistema crediticio, completamente paralizado. El colmo de la impostura de quienes abogan y presionan a favor del rescate es venderlo a la sociedad española, aturdida y atemorizada, como el bálsamo de Fierabrás para curar nuestros males. Es falso, otros países socios nuestros ya lo han sufrido, por lo que, como mínimo, habría que abrir un debate nacional serio y fundado sobre la conveniencia del mismo. Nada de una nueva videoconferencia. De paso se ayudaría al jefe del Gobierno en su resistencia y se evitarían mayores hipotecas a la nación.

La venta a precio de saldo del país

Conviene hacer un poco de memoria para recordar cómo España, de la que nadie duda que está mal gobernada y peor administrada, ha sido puesta en almoneda por la conjunción de los acreedores extranjeros, que no vigilaron sus créditos, con actores españoles, políticos y no políticos, que esperan ver recompensados sus servicios por los pingües negocios que se están haciendo y se harán con la crisis española. A los gobiernos que toleraron y estimularon la especulación gigantesca que ha dominado y arruinado nuestra economía les han sucedido otros, el anterior y éste, que, incapaces de reaccionar en defensa de los intereses nacionales, se han puesto en manos de quienes dicen tener la solución…para sus problemas, no para los nuestros, como a la vista está. El guión se va cumpliendo, repásese lo acontecido desde el mes de febrero: declaraciones del ministro de Economía sobre el agujero de la banca, falta de recursos para cubrir las exigencias imposibles impuestas por el ministerio, estallido de Bankia y, primer paso, rescate bancario.

Todo fueron parabienes para quienes consiguieron esa primera mercancía, cuyas presuntas bondades están por demostrar. Y el mismo coro e idénticos actores, sin haber culminado la faena, se aprestan a un descabello rápido, con el gran rescate, a la vista de lo fácil, poco más de tres meses desde las primeras declaraciones del ministro, que ha resultado la venta de humo. Desde mi punto de vista, lo que parece entorpecer esa blitzkrieg es la actitud renuente del Presidente del Consejo de Ministros, que está probando la hiel del sedicente rescate bancario y de la insolidaridad de los benefactores exteriores. Por eso, la presión va subiendo de grados ante la vista de un país que asiste atónito a una batalla de poder y de intereses espurios para controlar y “administrar”la riqueza presente y futura de la nación, sin que ésta tenga ni voz ni voto. Como dice el reputado economista Pedro Montes en El síndrome de Vichy “el rescate condenaría a nuestro país a décadas de estancamiento y destrucción, de  degradación e ignominia”.

Comprendo al jefe del Gobierno, atrapado en esa tela de araña, y creo que no debería desechar plantear alternativas, que las hay, al discurso que le imponen los conjurados y que la sociedad opine. Algo de eso intentó Papandreu y le aplicaron a él y a Grecia la solución final. No obstante el riesgo, Rajoy debería intentarlo y buscar apoyos para ello.

La rectificación como último servicio

A estas alturas no hacen falta grandes dotes académicas y de sapiencia económica para reconocer que el problema español pasa por calibrar la envergadura de la deuda total del país, pública y privada, y concluir en la necesidad de su reestructuración. Otros comentaristas de Vozpópuli, especialmente Juan Laborda, lo han afirmado y justificado con rigor. Las medicinas aplicadas no resultan y conducirán a ese final inevitable, tras causar graves daños a España. Y este gobierno, sobre todo su jefe, al que se le presiona para que siga la senda equivocada está obligado a rectificar tanto en sus compromisos con la eurozona como en las políticas internas que orillan el cambio del Estado y la verdadera liberalización del país. Hemos hablado bastante de ello y lo seguiremos haciendo, porque la esperanza y el futuro pasan por ahí.

No vale la pena tomar en serio los discursos y propuestas de los zombis que, eso sí, en su agonía pueden seguir causando daños. Desgraciadamente, lo comprobamos a diario. Este viernes nos han hecho otra demostración con la reforma bancaria, la tercera en lo que va de año, que tiene un sustrato de gran procedimiento concursal sin asomo de modelo de gestión alguno para la banca pública, que va a ser casi toda. Es desolador que el Gobierno se niegue a utilizar un instrumento tan potente para hacer el mejor uso de los recursos que se están dedicando a la banca, teniendo en cuenta que los capitales privados de los que tanto habla el ministro de Economía no tienen, en este momento, más interés que la pura depredación. Veremos qué hace el Parlamento, es un decir.

Quizá sea pedir demasiado a los que parece que han tirado la toalla del interés general, pero el temor al estallido de la caldera nacional debería obligarles a hacer siquiera un intento de negación de las pretensiones de los conjurados y dejar que el país decida con entera libertad. Ese sería el último servicio de Rajoy.


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